El Belén en una balanza

Las costumbres que quedan, las que se transforman, las que se pierden, las que se recuperan, las que se incorporan y las que se inventan.

Jáiber Ladino Guapacha

En cada diciembre, lo busquemos o no, gravitamos entre la mística y el mercado. Bien sea ante un plato de natilla con buñuelo, o entre los aguardientes que invocan los fantasmas del amor ido y de los familiares ausentes, por elección personal o construcción social, circulamos entre una disposición del espíritu y un ordeño del bolsillo. Ahora bien, para comprender mejor lo que pasa o para ayudarnos a tomar partido por la una o el otro, la literatura tiene muchas historias para encender algo menos efímero que la pólvora.

No estoy pensando en los clásicos de la niña de los cerillos, el fantasma de las navidades futuras, el cascanueces y los ratones ni los enlatados gringos que salvan a Santa Klaus o en los que se obtiene el regalo perfecto como requisito para creer en lo sublime. 

Esta vez prefiero guiarme por la antología preparada por la Universidad EAFIT, Navidad en la memoria (1915-1964), publicada por vez primera en el 2020 y que hace parte de la colección Rescates. Allí se encuentras cuentos, relatos y estampas de Tomás Carrasquilla, Blanca Isaza, José Restrepo, Rocío Vélez y Jaime Sanín, entre otros. Esta es una ventana que nos lleva a la primera mitad del siglo XX y nos siembra la nostalgia por las tradiciones de nuestros abuelos y bisabuelos, joyas que detienen el vértigo de la temporada y alimentan las ascuas de la nostalgia.

Mística y mercancía

La Navidad, desde su propia raíz semántica, la de nacimiento (Navidad, natividad, natalicio), dispone el ánimo para el misterio y el milagro. En el misterio entran en tensión la fe y el escepticismo, mientras que, en el milagro, la gratitud se derrama generosa. No obstante, cada argumento que destapamos sobre las antiguas fiestas romanas, los dioses solares, Cristo como Nuevo Sol, si bien resultan un barniz de cultura que no está demás, poco ayuda para lidiar con el afán, la trivialidad y lo que de verdad queda. 

El misterio de la Navidad, de la cristiana, es sencillo y cada villancico suele ser una explicación más. Pienso por ejemplo en Quietud, interpretado por Elsa María Elejalde: “la madre espera tranquila, bajo la luz de una estrella, Dios en su hijo va a nacer”. 

Ahora bien, otra cosa es el milagro. Uno que sucede precisamente, a pesar nuestro. Al pesebre llegamos con preguntas que suben el tono hasta el reclamo: ¿Por qué creer que Dios se hace bebé? ¿Por qué el mito de una comunidad de creyentes debe tomarse el tiempo y el espacio de los demás? No, ya no tienen por qué seguirnos perpetuando valores foráneos cuando podemos apelar a redescubrir los nuestros.

Sin embargo, la sociedad de consumo tiene estrategias más arraigadas que las posturas decoloniales. El mercado ha encontrado modelos neutrales, políticamente correctos, con los cuales vender-comprar-desechar sin entrar en controversias ideológicas o teológicas. La propaganda con renos, papá Noel, Mamá Noel, los pinos atiborrados de luces y los juguetes acompañan muy bien los eslóganes de felicidad en los que el amor resulta una mercancía más.

La música, a todo volumen en cualquier esquina, nos obliga a sonreír y a considerarnos de fiesta. Las películas nos juzgan por no participar del fervor colectivo. A todos se nos invita a creer que seremos amados. Pero ¿hay tiempo para que acontezca el dios-amor en la historia con tanto movimiento en el que nos vemos inmersos?

Las narrativas del asado, de las novenas bailables, de la cena, del ir a ver los alumbrados en tal sector, en tal ciudad. El “estrén” del 24, del 25, del 31, del primero de enero. La fiesta en la empresa. El paseo familiar. Las vacaciones de los que estudian y los que enseñan. Los que regresan. La angustia de las deudas para quedar bien aquí y allá. El fin de un contrato más y la espera ansiosa de que el otro no tarde. ¿Qué es la Navidad? ¿Se justifica tanto alboroto? El discurso del pesebre resulta hilarante frente al triunfalismo de Santa Klaus en su trineo. 

La artesanía de lo imposible

Bajo el disfraz del compartir, de la solidaridad, de la alegría, de la ternura, diciembre termina por ser el mes más corto —y más caro— del año. Eso lo convierte en un hervidero de vida. Allí bulle. Es la paradoja que busca un buen narrador: ¡hay tantas tramas superpuestas en estas festividades! La riqueza de personalidades está a la mano, así como los contrastes socioeconómicos. Es un carnaval de apariencias, de aspiraciones, de frustraciones y de derrotas.

Por eso, los cuentos de Navidad en la memoria tienen tanta vigencia. De un lado, nos recuerdan que el establo, la pesebrera, en la que un dios se hace creatura, está ubicando el milagro del lado de los marginados, los excluidos, los refugiados. La revelación acontece para los pastores y moviliza a los intelectuales que buscan lo eterno en los movimientos de la física. Del otro, resultan un documento sobre el dinamismo de las festividades: las costumbres que quedan, las que se transforman, las que se pierden, las que se recuperan, las que se incorporan y las que se inventan.

Frente al torbellino de los últimos días del año, regalarse tiempo para leer no es más que la artesanía de lo imposible. La lectura, ese placer lento y sereno, doloroso e incendiario, resulta imprescindible frente a las dinámicas alienantes. Un verdadero alimento de rebeldes que nos invita a pensar en tomar lo que realmente necesitamos de estas horas y de estas mesas.

Algunos fragmentos 

«Y hay un momento en que bajo la triste mirada del padre Martín, los dos juguetes se insinúan como símbolo mudo de una filosofía que aún no han inventado los hombres, cual concreción lejana y cariñosa de algo que se anhela ver y que nunca se verá». Ilusiones (1922), José Restrepo Jaramillo

«—¿No ves, papá, qué tan picarito es el Niño Dios? Como supo que estabas enfermo, te dejó a ti el regalo que me traía. Y ¡qué lindo! —Los padres lo comprendieron todo, y sus cabezas se juntaron, en la emoción de un abrazo, sobre la cabecita de rebeldes cabellos castaños». Cuento de Navidad (1926), Blanca Isaza.

«No nadaban los patos de celuloide. No había una Virgen de brazos maternales ni un san José perplejo. Alguien faltaba allí, y sin embargo, estaban todos, pero todos estaban tristes. Ni faroles ni pólvora ni paja en el establo, solamente un buey al cual le faltaba un cuero y una mula a la cual le faltaba una oreja. Tristes también como ellos, el papá cejijunto y la mamá dormida». El cinco de oros (1948), Jaime Sanín.

«[…] primero un hilo y luego otro y otro y los esponjaba alrededor de la imagen, hasta que el Niño, siempre sonriendo, desapareció entre aquella nube espumosa de hilos de celofán». Evaristo y la hoja de celofán (1964), Rocío Vélez.

SUSCRÍBETE A NUESTRO BOLETÍN INFORMATIVO

Para estar bien informado, recibe en tu correo noticias e información relevante.

 
- Publicidad -

LO ÚLTIMO

- publicidad -