El hombre es un incendio

Paul Brito

El descubrimiento del mapa genético del genoma humano y su parentesco con el de todas las especies no solo ha abierto nuevas preguntas y nuevos dilemas éticos sino también renovado viejas preguntas y antiguos debates.
La pregunta nueva más importante que se viene haciendo el hombre al respecto es qué tanto puede modificar su mapa genético, no solo para curar graves enfermedades hereditarias, sino también para mejorar y perfeccionar sus atributos y capacidades.

Filósofas como Juliana González Valenzuela en su libro ‘Bios. El alma del cuerpo y el cuerpo del alma’ considera que eliminar todo margen de error en la configuración psíquica y corporal de una persona disiparía posiblemente la franja nebulosa en la que el hombre se equivoca y se enferma, pero también en la que explora la plasticidad y autodeterminación de su libertad. Aunque nos minan de incertidumbre y vulnerabilidad, esos errores y defectos son al mismo tiempo márgenes de reinvención y autocreación, campos de prueba para la sensibilidad, que nos salvan de un campo cerrado de perfecta y consumada racionalidad.

Los viejos dilemas éticos que han vuelto a tomar protagonismo son los grandes dualismos y, frente a ellos, los monismos que la ciencia plantea para superarlos y que muchas veces caen en el otro extremo del dogma y el oscurantismo: el reduccionismo, el isomorfismo, la simplificación de la vida a planos meramente físico-químicos. González también nos da luces al respecto: “El chimpancé, apenas ocasional y muy escasamente rebasa sus medidas; el hombre, en cambio, se incendia –dice Heráclito– en su propia ‘hybris’ más que el incendio. Se incendia en destrucción y maldad”. Y remata reconociendo que aunque compartimos las mismas bases genéticas de todos los animales y plantas, hay en nosotros un salto cualitativo y una capacidad de autodeterminación, de invención y autocreación, compatible con la misma naturaleza del tiempo y del devenir: “Somos primates y planta y bacteria pero nos caracteriza un estado abierto”.

Como decía también Heráclito: cambiamos conservándonos y nos conservamos cambiando. El sujeto solo puede activarse y vivir a través de su compenetración con el entorno; la naturaleza ha moldeado al sujeto pero el sujeto, con las manos y la inteligencia que esa evolución le ha dado, viene transformando la naturaleza, en una retroalimentación que es en sí misma su única naturaleza.

La otra conclusión es que, al ser el ADN el sustrato indiferenciado de toda vida, vivimos en un mundo que ya no puede seguir siendo antropocéntrico; la casa del hombre debe ser el ecosistema, la Tierra con toda su diversidad, y ya no solo la sociedad y sus propios valores humanos. Pero al mismo tiempo vuelve a ser evidente que no puede haber ningún horizonte ni ninguna base diferente a la humana a la hora de reformular nuestras bases físico-químicas. El hombre ya no puede ser la medida de todas las cosas, es cierto, pero su humanidad sigue siendo el primer filtro de sus percepciones. De hecho haber descubierto la clave de nuestra estructura biológica no significa haber desentrañado el misterio del ser humano: el hombre sigue siendo una obra en construcción. Su misterio es y seguirá siendo nuestra única medida, nuestro único tope.

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