Hay libros que cantan porque sienten la alegría infinita de que han podido transmitir sus historias, sus secretos e incidencias a un lector.
Reinaldo Spitaletta
(A propósito de una pregunta que me formularon sobre la crisis de las bibliotecas hogareñas).
Las bibliotecas familiares, personales, son un síntoma de cultura, no de exhibicionismo o de pose. Obedecen a necesidades del saber, a estar en casa con unas posibilidades ineludibles de encontrarse con escritores, científicos, poetas, y con muchos muertos (de todos los campos del conocimiento).
Está probada su gracia, su efectividad y la necesidad insustituible de tener bibliotecas personales.
Umberto Eco, Borges, Hemingway y otros escritores han dado brillo a esas bibliotecas, a su necesidad de estar de huéspedes en el hogar…
Claro, eran otros tiempos cuando había casonas, espacios abundantes para albergar libros. También la virtualidad puso en evidencia otros formatos, otras posibilidades para la cultura, la lectura.
Pero, en mi caso, sigo siendo un fanático de la biblioteca en casa, de los libros en estanterías, como compañeros, como parte de la existencia. Todavía vivo en una casa a la antigua y que es también la casa de los libros.
Creo que ya nadie, o muy pocos, reciben bibliotecas, ni siquiera en las públicas. No hay espacio. Las nuevas generaciones botan los libros de sus padres y abuelos. Ya muchos libros, miles de ellos, caben en una memoria.
Una biblioteca familiar, casera, es síntoma de saber algo, de tener gusto por disciplinas del pensamiento y la cultura. Los que tienen bibliotecas en casa, o la mayoría de ellos, se mueren con sus libros.
Libros proscritos
Lo que pasa es que en apartamentos pequeños, o medianos, los libros físicos están proscritos. No caben, pueden hasta, por su peso, poner a flaquear el edificio. El formato de papel, para nosotros, los veteranos, los que crecimos entre libros, es inigualable. Irremplazable. No tanto para la mayoría de jóvenes que, además, muchos de ellos, apenas están en lectura de breves mensajes de redes sociales, casi todos desechables.
Las bibliotecas personales parecen ser, ahora, una antigualla, parte de una arqueología. Podría ser que en cada torre de edificios, en urbanizaciones, se creen bibliotecas comunitarias, con los libros de los mismos habitantes. También en los barrios. Esto sería una posibilidad de sobrevivencia de los libros, y de expansión cultural. Solo que habría que tener clara la alianza con el Estado, con bibliotecarios, alguien que pague y ponga a funcionar esas bibliotecas, catalogarlas… así que de la casa, los libros podrían pasar a una casa barrial, o estar al lado del “salón social”.
Qué gran compañía, qué amigos sinceros y leales son los libros caseros, los que nos han hablado, susurrado, revelado secretos. Los que están ahí, unos a la espera, otros acechantes, y así, en una reunión infinita de palabras, de historias y aventuras. De lo que se ha llamado el conocimiento, la ilustración, que es aquello que nos alumbra, nos pone en evidencia que hay oscuridades y, además, lugares de luz.
Doméstica
Los que gozamos de una biblioteca doméstica sabemos cómo, en ocasiones, los libros nos juegan “malas pasadas”. Se esconden, se camuflan y nos hacen creer que han desaparecido, que alguien fantasmagórico llegó de las tinieblas y los secuestró. Y cuando ya dábamos por extraviado, por perdido para siempre el ejemplar, de pronto se nos revela, se nos muestra, burlón, sonriente, listo para que lo acariciemos, pasemos sus hojas, le digamos que cómo nos estaba haciendo falta, tanta falta…
Dicen que la biblioteca real es la que uno ha leído, pero, igual, hay libros que no solo esperan, sino que existen para estar a solas. Sabemos que están ahí y que, en cualquier momento, el día menos pensado, nos abrirán sus páginas. Pasan con aquellos que denominan de referencia. Y también con textos literarios, poéticos, históricos. Tienen la virtud de la expectativa, una paciencia eterna.
En casa hay libros que apenas he hojeado, otros que he leído de modo parcial, y otros, muy silenciosos, que duermen desde hace tiempos. Y otros, muchos ya, que cantan porque sienten la alegría infinita de que han podido transmitir sus historias, sus secretos e incidencias a un lector.
Se abren
Algunos libros se abren para que uno lea solo una página, unas frases, ciertas sonoridades, descubra una metáfora. O para sentir cómo palpitan, como hasta se puede imaginar a quien lo escribió, sentirlo, hablar con ese alguien que está lejano, o que ya no existe, o sí, porque se prolonga en sus palabras, en su creación. Ya lo advertía Quevedo.
Una biblioteca, qué importa su tamaño, si es voluminosa, si apenas es una vitrinita o cuatro o cinco anaqueles, es un tesoro invaluable. Son universos que nos esperan con tantas galaxias, tantas estrellas. Son amigos que duran, que te acompañan para siempre.
Tenía razón don Borges: un libro es una extensión de la memoria, de la inteligencia, de la imaginación.
(Escrito en Medellín el 4 de octubre de 2025)
Publicado en: https://reinaldospitaletta.wordpress.com/…/el-incierto…/



