Diego Alexander . (1987). Es poeta, narrador, ensayista y crítico de cine. Licenciado en Español y Literatura, cursó estudios de maestría en Literatura Latinoamericana. Ha publicado los libros de poemas Elizabeth y las manzanas (Ediciones Oblicuas, Barcelona) y Para llegar a puerto (Diablura ediciones, México). Su novela Después el aire recibió El Premio Nacional de novela Aniversario Ciudad de Pereira 2016.
Después de mucho esperarla, después de los desastres de la muerte, creamos una vacuna para el virus. La salvación, es cuestión de tiempo para que regresemos a la opaca libertad de las calles. Poco a poco la cura se distribuye, gotea desde las cimas del poder y del dinero hasta las miserables casuchas de los barrios. Todo va a estar bien, el tiempo se encargará de curar los otros daños.
El mundo celebra, vuelven los abrazos, nos tomamos de las manos, nos besamos; poseídos por el tacto lo tocamos todo con la paz de quien ha resucitado. Los amigos se ven y sonríen, los novios se abrazan, las madres acogen a los hijos de nuevo en sus regazos, los niños a la calle, una fiesta de días y días nos repara.
Retomamos el ritmo de los tiempos pasados, con algunas lecciones bajo el brazo tornamos al mundo de siempre. Abunda la esperanza de que ahora seamos mejores, menos egoístas, más conscientes del valor de la naturaleza y de todas las lecciones éticas con las que se ilusionan los que siempre están felices.
Dos meses después, la noticia. Alarmados, los hospitales reportan un nuevo brote: aunque están vacunadas, cientos de personas siguen contagiándose. Todo un desastre, la cura no funciona y debemos volver a nuestras casas, exiliarnos adentro para no respirar el aire envenenado del afuera. El poder no sirve y el dinero es inútil en las manos, el hambre se apropia de las calles, la barbarie nos toma por asalto, la ansiedad, el desespero, los millones que mueren y mueren y mueren.
La inteligencia humana es persistente. Se diseña otra cura, los datos de su inefabilidad saturan las pantallas y corremos felices a buscarla. Todo marcha bien, el sistema respiratorio funciona, desaparecen la fiebre y el cansancio. Sentimos que la vida vuelve. A tientas, entramos en la luz para palpar con timidez el legado tenebroso del desastre. Alzamos la mirada de nuevo hacia el futuro.
Otra vez las noticias. En el norte reportan varios casos de contagios y muchas recaídas, ahora son mortales. El virus sigue sin ser curado. El eco de ese dolor se repite en el sur, en el este y el oeste. Lloramos por miedo abrazados al vacío.
Así otra, y otra, y otra vez. Los años pasan y se multiplican. Menguados por el virus, tratamos de sobrevivir adentro mientras luchamos contra el pálido demonio que nos grita en los espejos. Descartada la ciencia, la biología nos traiciona, el sistema no responde, no sana. A duras penas nos adaptamos a las paredes cerradas de la cueva. Afuera, la enfermedad lo sigue devorando todo.
Los infectados son aislados en campos de concentración que pronto se convierten en centros poblados por multitudes que caen como moscas vencidas por la última de las plagas. Miles de millones, millones, miles, cientos, decenas. Somos tribus con apenas el fuego. Huimos de las bestias que han vuelto por lo suyo a las ciudades, nos ocultamos tras los árboles o bajo las raíces de una selva nueva que se alza rompiendo siglos de piedra y de cemento.
En el único final de todos, los restos de la especie esperan sentados a la orilla de ríos y de mares. La serpiente devora a la serpiente.



