Nos despedimos. En el abrazo que me da, sé que se queda conmigo. Cada vez
que pida un mocaccino, será su testimonio el que beberé.
Jáiber Ladino Guapacha
He llegado al café media hora antes que mi fuente para pensar las preguntas que
puedo hacerle. Para eso evoco el mediodía en el que desvaraban el jeep de Suso,
al frente de la casa. El mecánico auscultaba los ruidos de arranque, mientras el
locutor de la emisora sintonizada actualizaba el informe sobre un bus volcado en
el kilómetro 41 de la vía Manizales-Medellín, repleto de pasajeros haitianos que
iban de Ipiales a Necoclí. Suspendí la lectura de Vargas Llosa que me entretenía
en ese momento para prestar atención.
El noticiero radial, entre canciones de John Alex Castaño y El Charrito Negro,
revelaba la crisis internacional a escasos minutos de Irra. El informe incluía
también la solicitud de una madre que, en la ambulancia de camino a la capital
caldense, preguntaba en un enrevesado español por su hijo. La recomendación de
los locutores fue la de permanecer atentos y llamar a las autoridades si se advertía
la posibilidad de rapto. Seguí atento a las redes sociales de la emisora y de
algunos periódicos hasta que di por hecho de que al niño debían de haberlo
encontrado. No fue mayor la ampliación del suceso.
Mariana Barranquero llega vestida de civil a nuestra cita. Sin embargo, quizá el
recato al andar, es el que delata su vida religiosa. La he querido conocer después
de que Consuelo me hablara de su trabajo con migrantes haitianos. Nuestra
conversación giraba alrededor de las imágenes de emigrantes atravesando el
tapón el Darién, cruzando México en el tren de la muerte: realidades que sucedían
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en otros paralelos, en otros meridianos. Y no es que hayamos sido indiferentes a
la realidad migrante que caracteriza nuestros tiempos. La diáspora venezolana,
andando nuestros caminos, nos ha involucrado de una u otra manera. Consuelo
entonces me sentenció: “Tienes que hablar con la hermana Mariana. Ella está en
trabajo de fronteras”.
Así que hoy estoy frente a una religiosa que elige muy bien cada una de sus
palabras y deja que las manos se muevan para trazar en el aire el mapa de los
lugares que menciona. Cuando nos traen los mocaccinos, la hermana interrumpe
la historia de cómo llegó de voluntaria al Urabá antioqueño para una foto pa’l
Face. Celebra al barista por el “artelate” de las tazas que junta para la instantánea.
Después, una selfie con la que enterará a sus amigos de este encuentro.
Entrevista
¿Por qué para ir a Panamá, estos viajeros habían llegado por Ecuador y
Colombia? Comienzo con mi entrevista.
Mariana me explica: Después del terremoto de 2010, Brasil abrió las puertas en
gesto de hermandad latinoamericana. Una vez allí, muchos haitianos pasaron a
Chile, en busca de las mejores oportunidades y, contagiados del entusiasmo que
en el Sur ejerce el Norte, apostaron por los Estados Unidos, recorriendo los Andes
y Centroamérica.
La hermana me cuenta entonces la historia de los Moise, a quienes conoció en
Necoclí y que son un ejemplo de lo que centenares de familias han vivido. En el
paso por el Urabá chocoano, el calzado que llevaba Marie le produjo una llaga que
se complicó por su condición de diabética. Charles tuvo que seguir adelante, con
el bebé, mientras ella se devolvía a Apartadó buscando atención médica. Por esas
cosas de que a la oportunidad la pintan calva, el hombre tuvo que dejar el hijo al
amparo de una familia, para continuar el rumbo, mientras la mamá se recuperaba
y lo alcanzaba ya en Panamá. Pues bien, el niño terminó en manos de las
autoridades con sus padres repartidos entre las naciones vecinas. La situación se
convirtió en un conflicto diplomático: el nené, como ciudadano chileno, tendría que
ser repatriado a una nación en la que no tendría familiares. Colombia no lo podría
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pedir ni recibir, aunque las razones fueran humanitarias. ¿Qué solución quedaba?
El encuentro de dos embarcaciones pesqueras para intercambiar el niño en
altamar.
La odisea
La comodidad de esta tertulia se me convierte en un placer culposo al
reconstruir esa odisea latinoamericana. Puedo degustar tranquilo el café y el
chocolate que se mezclan en nuestras tazas porque sé que, al despedirnos,
iremos a nuestras casas a seguir con un día que se engrana, sin problemas, a
otro. Encontraré mis cosas en su sitio. El flaco vendrá y veremos series,
pediremos domicilios. Hasta podríamos pelear por tonterías como los turnos de
escoba o quien debe hacer el mercado.
Mariana la tendrá menos fácil con las nuevas inquietudes que prevé: aumentan
los refugiados climáticos, aquellos a los que la crisis de la desertificación o las
inundaciones, las hambrunas y los incendios desplazan de un lugar a otro.
Además, ella lo sabe bien, atravesar Colombia no es fácil para los migrantes, sea
el camino que los haya traído. Sobre todo, por un defecto de esta idiosincrasia que
nos hace egoístas e insensibles: la “viveza”, esa astucia que saca provecho del
apremio del otro. La cadena de intermediarios que explota las necesidades de
transporte, alimentación y vivienda y les desangra los ahorros con que emprenden
el viaje, no habla bien de nuestra propia pobreza. Esa misma que ha exportado los
paga-diario, los gota-a-gota y que nos merece una nueva entrevista.
Nos despedimos. En el abrazo que me da, sé que se queda conmigo. Cada vez
que pida un mocaccino, será su testimonio el que beberé. Esta es una taza
mestiza: el chocolate americano, el café árabe, la asiática caña de azúcar y la
costumbre europea de la leche, reunidas con un nombre italiano. Manos indígenas
en el surco, brazos africanos en las haciendas, rostros mestizos y sambos en el
mercado, Sor Juana en su clausura recibiendo la visita de un cura poeta. Una
monja especialista en derecho internacional repensando la ética del cuidado en un
futuro de fronteras líquidas.



