La Vorágine, cien años de vigencia

Muchos encontramos en la obra de Rivera un filón poético. Ciertamente, José
Eustasio juega entre las dos vertientes más importantes de la literatura.

Carlos Arturo Arbeláez Cano
A los doce o trece años, mi padre me entregó el libro de Rivera,
seguramente con la certeza de que me deslumbraría su lectura, como a él.
Fue un pesado ladrillo que cargué por unos días y que al final no sé si
terminé de leer. Hoy, celebrando cien años de su publicación, he tenido la
oportunidad de enfrentarme a esta obra maravillosa y de grandes alcances
estilísticos y sociológicos, devorándola con verdadero placer y reconociendo su
vigencia.
Arturo Coba, protagonista y narrador presente, desde el principio se
muestra quién era y cuál la naturaleza del personaje que encarnaría.
Poético, lírico, romántico y en lucha existencial. Contrapuesto, si se quiere,
a una vida ordinaria, está dispuesto a transitar hacia la aventura para resolver su
problema judicial. Y lo hace desdoblándose como maestro de las hipocresías
generalizadas y comunes en el escenario de la novela.
A Alicia la describe como frágil. Vulnerable, melindrosa, débil. Niña de casa
planteando las diferenciaciones de clase y de género en la sociedad de su tiempo.
En todo caso, el relato avanza como el camino al exilio de los protagonistas,
apareciendo personajes anecdóticos en principio, pero luego descubiertos como
parte de la realidad socio económica y política del territorio. Territorios exuberantes
en sus paisajes y sus contenidos biodiversos. La descripción que Arturo Coba
hace de ellos es detallada y precisa; cuadros y escenas verdaderamente idílicas,
salvajes, sí, pero poéticas. Una novela que, según algunos, abre las puertas a un
estilo narrativo regionalista. Espacios virginales y prístinos, pero de un realismo
sobrecogedor pues visibiliza la gente de la selva, nativos y colonos, en una
violenta relación de intercambio y explotación, abuso y dominación del más fuerte.
Los personajes van transformándose, y la relación entre los dos amantes se
adentra en la comprensión, en la solidaridad y el cuidado mutuo. Es como una
respuesta a la tragedia, no tanto con resignación, sino con tolerancia y adaptación
a la nueva vida: la manigua.

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El protagonista
Sin embargo, la historia sigue progresando y nos va descubriendo al
protagonista como un personaje siniestro. Cargado de machismo y resentimiento,
irracional: sus actitudes de bajeza y ruindad contradicen las cualidades del
supuesto poeta. Alicia, su mujer, presumiblemente en cinta, ya, es objeto de
muchas agresiones, así que el hechizo se rompe y la desconfianza prospera,
aunque se verán enfrentados a la vorágine de su destino.
Puede ser que Arturo Coba esté enfrentándose a sí mismo para salir
indemne de las adversidades y los peligros, surgidos de la selva y sus creaturas.
La narración es una historia a veces fragmentada o discontinua, por la
minuciosa descripción de escenas y circunstancias, a veces marginales que
exigen mucha atención al lector, poniendo en riesgo la claridad de la historia.
También el léxico accidenta una lectura llana y fluida.
La primera parte del libro termina con una relación pormenorizada y
detallada de episodios locales, que conectan análisis sociológicos, históricos y
políticos, invitándonos a reflexionar sobre las conexiones e implicaciones de ese
periodo histórico y lo que hoy vive la sociedad colombiana y sus territorios.
Muchos encontramos en la obra de Rivera un filón poético. Ciertamente,
José Eustasio juega entre las dos vertientes más importantes de la literatura. Por
un lado, una prosa fogosa, llena de descripciones que sorprenden por su
minucioso tejido de elementos, circunstancias y actores, pero también por la
deriva poética, ese curso narrativo donde la estética, la emoción y la crudeza de
las escenas son diestramente conseguidas con metáforas pertinentes y precisas.
Reconocida como una obra icónica en la literatura hispanoamericana, el
argumento que sostiene la novela puede presentar algunos deslindes en su línea
narrativa. El regionalismo, el léxico, la redacción de diálogos y el traslape de los
tiempos y los hechos, siguen siendo atendidos por los académicos y editores
haciendo revisiones y explicaciones de los asuntos gramaticales de la época, sin
alterar su original.
El poeta
Continuando con la segunda parte, en un monólogo interior desde el fondo
del alma de Arturo Coba, aparece el poeta que dice ser, pero que en la práctica lo
contradice. Hay una búsqueda interior de su sensibilidad. Explora los efluvios de
un misticismo sumo y de un lirismo existencialista que nos recuerda al poeta
Novalis con sus largas lucubraciones, buscándose a sí mismo y a la plenitud de
una existencia pura.
Busca la venganza en medio de la selva plagada de bellezas, de
esplendores, de sobrecogedoras formas, deambulando por los extravíos de la
naturaleza idílica, viva y vibrante, que somete también al hombre quien a su vez
mancilla su pureza y su virginidad. ¿Dónde quedan los hombres mendaces,

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sanguinarios y astutos, dónde el hervidero de pasiones en el que todos andan
disputándose el poder y el amor?: regodeándose en la hipocresía y la mentira.
La tiene fácil Arturo Coba empeñado en encontrar la razón de su penar en
la reflexión existencial profunda, y en el ejercicio de la empresa retributiva en los
llanos orientales de Colombia: lugar de ensueño y conjunción de la potencia de los
elementos y de las sutilezas y devaneos de un alma que también quiere vivir
poéticamente. ¿Será una búsqueda inútil de sí mismo dentro de su propio yo?
Sigue vagando, pues, en la incertidumbre de su destino y, por qué no, de su
propio origen. ¿No era el amor por Alicia lo que lo empujó a indagar por la felicidad
en otras tierras? ¿Acaso ahora perseguido por la justicia, según la sospecha de
homicidio y otros delitos, habría de enfrentar el exilio y la fuga hacia un refugio
miserable en el seno mismo de la selva exuberante y deslumbrante del desierto
llano? Su corazón parece perdido; alejado de Alicia, y si se quiere, desprendido ya
del anhelo de una paternidad responsable, por la creatura que vaga por otras
dimensiones de la existencia terrena en las entrañas de Alicia.
El Pipa, personaje con el que la novela nos da un aliento, respira inocencia
aún en su primitiva condición. Continúa padeciendo aquí y allá las adversidades,
frente a los colonos que llegan al territorio de los indios esclavizados y doblegados
a sus intereses. Invadiendo sus tierras sin mediar ningún tipo de respeto o
compasión, al fin y al cabo, herederos de los bárbaros invasores europeos, que
siguen pateando el hábitat de los aborígenes, tres siglos después del infortunado
encuentro.
La ética
Cuadros narrativos de un preciosismo decantado. Con la estética y la
poética del paisaje, también la ética interviene en la descripción espontánea de la
naturaleza del nativo en su prístina esencia. Figuras poéticas que no solamente
nos permiten ver la escena, sino también sentir y aprehender, con disfrute y
emoción, la belleza del buen salvaje. De esa condición de la que Rousseau se
vale para definir el estadio más perfecto de la existencia humana, hoy echada a
perder por el marketing del holocausto.
Citando a Rivera en el pasaje de las “pollonas”, vírgenes dadas en
usufructo libidinoso al colonizador, relata: “El jefe de la familia me manifestaba
cierta frialdad, que se traducía en un silencio despectivo. Procuraba yo alagarlo en
distintas formas, por el deseo de que me instruyera en sus tradiciones, en sus
cantos guerreros, en sus leyendas; inútiles fueron mis cortesías, porque aquellas
tribus rudimentarias y nómades no tienen dioses, ni héroes, ni patria, ni pretérito,
ni futuro.”
Hasta aquí, la experiencia en la lectura es maravillosa en la voz de Arturo
Coba. Alicia, de quien se esperaba un protagonismo especial, brilla por su
ausencia. Como se ha dicho, aparentemente no fue más que un pretexto de José

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Eustasio Rivera. Experiencia de rituales sacros, de cosmogonías infinitas en el
orbe de la manigua, de conexiones metafísicas y orgiásticas de un atavismo
milenario que pervive y se repite en los tiempos siderales, o se confunde en la
espiral eterna de los tiempos; viajes fantásticos y psicodelias, desde el impacto del
yagé o la coca, hasta el desbarrancadero infernal de la cocaína o el fentanilo de
hoy.
¿Quién puede librar al hombre de sus propios remordimientos? La
Maporita. Mito poderoso del agua de la cuenca mayor del Orinoco, ensueño y
realidad, potencia telúrica, conjunción y borde de la realidad y la fantasía. ¿Cuál el
origen del mito? ¿Cuál la fuente para incluir esta historia en el relato de J. E.
Rivera?
Locura, lucha interior de las pasiones, tránsito hacia la explicación de lo
inefable en la vida de Arturo Coba. Poderosa admonición a la renunciación de lo
vivido y de lo por vivir: muerte. El desvarío, la conmoción existencial buscando su
realidad, su propio ser, le producía recelo. Eran las fiebres, y su amigo Franco, era
su línea a tierra.
Las fiebres de la malaria y el paludismo son un tránsito por las más
absurdas experiencias, fantasías y desprendimientos. Quienes hemos padecido
estos males, por haber sido anidados por el Plasmodium vivax o el falciparum (un
parásito que sigue vivo en el mundo y cuyo vector es el mosquito Anofeles), saben
de los misterios de la mente al quedar a merced de la locura. Por fortuna, la quina
estaba ya al alcance de los nativos y de quienes, por razones de trabajo, se
encuentran con la enfermedad.
Guaracú
Intentar llegar a las barracas del Guaracú parecía ser muy mala idea y se lo
advirtieron a Arturo Coba. Las caucherías ya estaban consolidadas en esos
territorios del sur de Colombia, hasta Manaos, Brasil, pasando por la Amazonía
peruana.
Entre tanto la narración es una obra de filigrana que nos permite visualizar o
imaginarnos, los raudales indomables, los resaltos profundos, los torrentes de
agua furiosa y atormentada, rápidos turbulentos, lechos de agua resbaladizos y de
mil colores por la presencia de flora y vida acuática de misterioso exotismo.
Aquí podríamos decir que Arturo Coba, en el juego de su corazón al azar,
les ganó la vida a las fiebres amazónicas, y se reincorpora a las prácticas sociales
del territorio: tierra de nadie, tierra de quien tuviera el gatillo más veloz, la astucia
más refinada y la sangre más fría para sobrevivir a las realidades de esa selva,
apenas vislumbrada desde las lejanías citadinas. Eran realidades algo parecidas,
quizás, a las del viejo oeste y sus forajidos enfebrecidos por el oro, relatadas en
las novelas breves de Marcial Lafuente Estefanía, que mi padre me enseñó a leer
para entender el origen de tanta barbarie.

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Era la vida salvaje de oleadas de maleantes, capataces, hacendados y
colonos, llegados al maravilloso e inmensamente rico “desierto” amazónico,
inimitable en su copiosa biosfera, depredando su exuberante riqueza, instaurando
perversas prácticas de explotación humana, acudiendo a las prácticas más
indolentes de exterminio y dominación.
La Vorágine queda escrita como testimonio de un genocidio no concluido,
como el esclavismo en África, el desplazamiento forzado en Palestina o el
exterminio humano en Nueva Zelanda o Norteamérica, por nombrar solo casos
aislados.
La Vorágine nos abre a la investigación, a la búsqueda, a la exploración de
la verdad, y a la comprensión social y política de historias reiteradas, replicadas,
acumuladas, para desgracia de una humanidad condenada a su autoeliminación
por cuenta de la codicia.
“En el fondo de cada alma hay algún episodio íntimo, que constituye su
vergüenza. El mío es una mácula de familia: ¡mi hija María Gertrudis dio su brazo
a torcer”! Cuenta Don Clemente Silva en la novela, que, a este punto, y con su
relato trágico, nos puede invitar a sollozar de compasión.
¿A quién se hace alusión en la obra cuando alguien dice “escritorcitos
asalariados”? ¿A aquellos autores de grandes best sellers? ¿A cronistas expertos
en el maquillaje de las noticias? Pero hasta el paramilitarismo está insinuado en la
novela, por gracia de algún capataz deslenguado de El Encanto.
Esta segunda parte se arrima hasta los bordes del desprecio humano, la
agresión, la sumisión y el terror de mundos marginados y sometidos que
amenazan a la “civilización”, constructo humano del que el Homo sapiens se
siente orgulloso, por cierto, y que Voltaire denuncia en su célebre sentencia: “La
civilización no suprime la barbarie: la perfecciona”.
El final
El final de La Vorágine es simple y contundente: “solo fuimos los héroes de
lo mediocre”, dice don Clemente Silva. Un lamento, una súplica, una declaración
de la derrota. Un ser vencido, humillado por su propia voluntad, dolido por el
sufrimiento propio, de su hijo y de la naturaleza ofendida, depredada, esquilmada
y, a su vez, verdugo de sus propios victimarios.
En medio del marasmo selvático, indócil, inclemente, fantasmagórico,
letárgico, Arturo Coba camina preguntándose: “¿Cuál es aquí la poesía de los
retiros?, ¿dónde están las mariposas que parecen flores traslúcidas, los pájaros
mágicos, el arroyo cantor? ¡Pobre fantasía de los poetas que solo conocen las
soledades domesticadas!”
Pero es en esta parte de la novela donde más se evidencia el canto y el
ardor poético de José Eustasio Rivera. Prosa poética: el lenguaje haciéndole los

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devaneos líricos al paisaje crudo, vivo, que respira pasión, tragedia y regocijo
espiritual. Intima comunión con el curso sideral del cosmos y su trascendencia en
el tiempo. Celebración de la poesía de Walt Witman y de Novalis. Padecimientos
en el seno mismo de una selva de inocencias. Una maraña de tormentos en la ruta
imprecisa. Quién habría de calcular que el camino a la salvación era la pesadilla o
que la salvación era solo un espejismo.
Al fin vuelve a aparecer Alicia, por quién Arturo jugó su corazón, y que
perdió enfrentando la manigua.
Zoraida Ayram, despierta la lascivia, el amor carnal que resbala por el
dombo de sus flancos y el altivo derriére dispuesto a cautivarnos, así como el
abismo de sus senos rutilantes invitando a la cópula por una traición en cada
aventura. Sensualidad y lujuria de galanteo profesional, Arturo Coba, la rinde al
verbo libidinoso y matrero del peor poeta. Es un cuadro magistral donde confluye
el hambre y la carne lasciva. La madona, mitigándole el hambre a los mendigos y
a los sedientos de placeres carnales. Contrastes, encuentros del absurdo,
contradicciones y dualidades que ocurren sin explicación por las diferenciaciones
humanas y sus procedencias territoriales, culturales, existenciales. Qué pesar la
connivencia de la comedia y la tragedia y su inextinguible concomitancia.
En San Fernando de Atabapo, cada cual mata por cuenta propia. Es un
relato fantasmagórico, cargado de iniquidad, un genocidio, una matazón
indiscriminada. Lo único importante allí era el gusto al exterminio. Ni la deuda ni la
venganza ni el poder: solamente la sangre derramada en el polvo que queda del
exterminio humano. La madona disfrutando de los joyeles de Alicia y de Griselda.
Más que el lupanar y la miseria que se destila por las líneas de Rivera, La
Vorágine es eso, es el escenario donde transcurre la tragedia humana, repetida
una y mil veces en su indolencia y su misterio. Y para testimoniar lo dicho, cito las
frases del epílogo: “Ni rastro de ellos.” “¡Los devoró la selva!”.

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