Siente la carga de un montón de ojos que la asedian, la enjuician a diario y la vulneran por su simpleza. Parece que es demasiado castigo para una mujer que a duras penas está cruzando abruptamente el límite de su inocencia.
Jefferson Echeverría
Escrita con una prosa hipnótica, Rebeca Marsa nos retrata de un modo preciso, magistral y crudo las vicisitudes de un alma en pena. Son tantas las problemáticas que enmarca en saltos de tiempo imprevistos, pero decisivos, que nos confronta no solo como lectores sino también como seres sociales sobre qué tan dispuestos estamos de tender la mano a quien la vida le ha marcado heridas de abandono profundas.
Narrar el sufrimiento en diferentes tiempos, cuyas voces por momentos se enlazan en un ritmo continuo que, a raíz de conflictos nacientes, asumen otros rumbos cada vez más trágicos y envolventes, es lo que hace grandiosa y descarnada la obra de la colombiana Rebeca Marsa. Más que una novela de denuncia, Camino de regreso es una historia en la que el dolor se introduce en el interior de cada uno a fuerza de injusticias y desprecios. Con solo advertir los nacientes detalles en donde el desamparo surge en forma de golpes certeros que atraviesan la piel indefensa y destrozan el alma confundida en alguien a quien la felicidad le ha dado la espalda, uno de lector no tiene más remedio que permanecer callado ante tanto dolor y apiadarse de su soledad.
La historia de Luisa, la voz principal de esta obra, encarna toda la injusticia humana a la que alguien, por un simple acto de escapatoria, decide entregar sus días de juventud al desamparo. Lo hace con la firmeza de alguien que no está preparada para encarar con el valor suficiente las penurias, sin embargo, asume su destino adverso y por eso se permite someter su condición a la desolación secreta: tal vez para muchos, puede ser el camino más cobarde, pero para otros, el más noble y sensato. No obstante, dentro del corazón de esta joven mujer se esconde una pasión ambigua, un deseo de escapatoria que se reafirma a través de unos actos desvergonzados para la mal llamada gente racional. Por eso se siente capaz de resistir la horda de injurias que recae sobre su triste figura, endurece su rostro ante la crudeza del mundo, se vale de toda argucia para no dejarse arrastrar por las garras de la vida común.
Núcleo familiar
Hablar del universo de Luisa es darle la razón a la estupidez humana disfrazada de buenas intenciones. Desde su núcleo familiar, el entorno de Luisa está marcado por la injusticia y la tiranía. Su padre es el ilustre doctor Ballesteros: el hombre de bien al que todos respetan porque ha sabido mantener el orden en el hogar, por inculcar los valores tradicionales basados en el maltrato infantil, en los abusos de autoridad y por prolongar esa imagen “adecuada” del hombre a quien reconoce en la mujer solamente las virtudes del cuidado ejemplar reducidos al silencioso acto de cocinar y cuidar de los hijos. A él todo se le permite, hasta los constantes abusos. Nadie (y menos su esposa, hija y servidumbre) tiene derecho a juzgarlo, pues por el simple hecho de ser quien es suficiente razón para omitir sus pecados, pero sí para corregir abruptamente los de los demás, principalmente los de su hija, la irreverente Luisa.
Su madre, la sumisa Ana, la mujer de la casa, la que siempre debe estar dispuesta a lo que su marido le ordene, la que nunca tiene potestad de opinar ni refutar las órdenes inamovibles del doctor Ballesteros, se alimenta de cobardía y convive con la frustración del silencio impuesto. Por eso permite que ocurran muchas cosas, entre ellas (y la más lamentable) presenciar la marcha de su hija por decisión del hombre de la casa y quedarse solamente con los recuerdos mal vividos y los destellos de compasión que hace, siempre a hurtadillas de su marido, para no sentir tan fuerte el peso de la culpa.
Pero el horror de Luisa no es tanto por los maltratos de su padre, tampoco por el carácter pusilánime de su madre, menos por la complicidad de su hermano, porque al fin y al cabo estos rumbos pueden trastocarse con el paso del tiempo. Es una circunstancia precisa lo que desmorona la suerte de su porvenir, lo que provoca una caída a un vacío irrefrenable difícil de superar. La aparición de Manuel a su vida ocasiona el principio del final. El falso amor convertido en halagos simples reafirma el impulso masculino por querer demostrar a su círculo la salvaje capacidad de destruir la vida de una mujer, sin importar cuán indefensa parezca. El fruto de los coqueteos sutiles, de las apariciones premeditadas, de los encuentros casuales y solitarios, nace Fernando. Es en esta etapa de su vida donde el martirio impregnado de vacíos y necesidades se torna en una prisión desgarradora y silenciosa. Empieza el verdadero abandono. Todo el mundo decide darle la espalda, estrellarla contra el mundo y entregarla al azar de las penurias.
Mundo desconocido
Llega a un mundo desconocido para ella: una casa de inquilinato cuya dueña, Margarita, la tía de Manuel, agrava la incertidumbre de sentirse viva. De un limbo intempestivo pasa a un infierno más certero y cruel. Siente la carga de un montón de ojos que la asedian, la enjuician a diario y la vulneran por su simpleza. Parece que es demasiado castigo para una mujer que a duras penas está cruzando abruptamente el límite de su inocencia. Es muy frágil para soportar tantos golpes, y de paso la inexperiencia de creerse madre de una criatura que no deja de llorar pidiendo amparo, sepulta toda esperanza de fuga. La única escapatoria que aflora en medio de la transgresión cotidiana es el apoyo incondicional de la sufrida Magnolia.
Más que una compañía, Magola se convierte en una confidente, en esa madre que quiso tener, en esa figura necesaria para sobrellevar la carga del mundo que diariamente se torna insoportable. ¿Acaso será porque Magola también ha sufrido el horror del desamparo? ¿Tal vez porque quiere compensar el tiempo perdido mostrando compasión por una mujer de quien comparte penurias similares? Nada se sabe, por ahora. Pero lo único cierto es que ella también carga con su propio pasado y asume el destino que el mismo destierro le ha impuesto como un modo de redención y culpa. Su historia, tal como la de miles de mujeres que han trasegado como nómadas debido a las heridas abiertas marcadas por el conflicto, renace en su memoria para sembrar una semilla especial en el porvenir de la joven Luisa, cuyo impulso posterior abre dentro de su carácter un dilema singular que debe resolver cuanto antes: ser primero madre o ser mujer.
En cuanto a Fernando, él es un sendero aparte. Tal como su joven madre, en sus facciones se refleja la soledad envuelta en un aire retraído, inmerso en su mundo. Se entrega a la extraña pasión de coleccionar coleópteros, tal vez para no recordar lo sufrido desde su nacimiento, cuando la muerte casi lo sorprende con la hambruna por culpa de un comprensible abandono por parte de su madre. Durante su corta vida se le ha impuesto la soledad como un arma contra la injuria externa. Es la única manera de soportar la tragedia prematura mientras las heridas del tiempo se encargan de curar un posible resentimiento.
Escrita con una prosa hipnótica, Rebeca Marsa nos retrata de un modo preciso, magistral y crudo las vicisitudes de un alma en pena. Son tantas las problemáticas que enmarca en saltos de tiempo imprevistos, pero decisivos, que nos confronta no solo como lectores sino también como seres sociales sobre qué tan dispuestos estamos de tender la mano a quien la vida le ha marcado heridas de abandono profundas.



