La máquina del tiempo

La experiencia era asombrosamente acogedora. Llegaban a su mente respuestas
claras y serenas, como si alguien estuviese respondiéndolas, alguien con una
infinita sabiduría. Eran tan sabias y llenas de luz que no cabía duda. Pero había
que regresar.

Armando García
Alguna vez le dijeron a Vincent: “No te cuestiones tanto por la vida, simplemente,
vívela y trata de ser feliz”. Pero él tenía un espíritu indomable. Aunque intentó
hacerlo muchas veces, siempre afloraban en su mente preguntas difíciles de
responder. Estas preguntas aparecían fugazmente y, otras veces, se clavaban
como espinas en su pecho.
¿Por qué estamos aquí? ¿Quiénes somos realmente? ¿De dónde venimos?
¿Existe Dios? ¿Podremos viajar en el tiempo?
Vincent comenzaba a sentirse diferente a las grandes multitudes, personas que,
según él, se levantaban cada día a tratar de subsistir como esclavos en un mundo
que parecía cada vez más cruel. Algunos escapaban de esta realidad de
diferentes maneras: emborrachándose, drogándose, o, los más lúcidos, leyendo
para hacer más llevadera su existencia. Afortunadamente, pensaba Vincent, a mí
solo me basta con observar la naturaleza y mirar el firmamento en noches
estrelladas para trasladarme a mundos fantásticos.
Mientras contemplaba el firmamento, se preguntaba: ¿Algún día podremos viajar a
otros planetas? ¿A otras estrellas? ¿Podremos viajar a la velocidad de la luz?
¿Acaso podremos viajar en el tiempo? Estas preguntas lo sumergían en profundos
pensamientos, buscando resolver los grandes problemas de la física.

Un obstáculo
Empezó a buscar respuestas en libros viejos que sus profesores le
recomendaban. Leía mucho: desde Platón, Sócrates, Kant, Aristóteles, Santo
Tomás de Aquino, Newton, Berkeley, Einstein, Kauffman, hasta Stephen W.
Hawking y Carl Sagan. Eran sus autores favoritos. Hasta cierto punto, les daban

respuestas a sus interrogantes, pero no eran suficientes. “¿Cómo aceptar
afirmaciones como esta?”, pensaba.
“Nada puede viajar a más de la velocidad de la luz” (Albert Einstein). Esta
afirmación significaba, de alguna manera, un gran obstáculo para sus sueños, un
límite no solo para él, sino para la existencia de la humanidad. Significaba la
imposibilidad de viajar a otras estrellas y galaxias. ¡Pero a la vez era un gran reto
que estaba dispuesto a afrontar!
Entonces tomó la decisión: diseñaría una nave capaz de viajar más rápido que la
luz. Para entonces, ya había leído muchos libros de ciencia ficción que no
acababan de dar respuestas creíbles a sus interrogantes. Tendría que argumentar
teóricamente su funcionamiento de forma tan convincente que todos quisieran
fabricarla.
Así pasaron días, meses y años entre libros, dibujos, escritos y cálculos inexactos.
Hasta que, de pronto, justo cuando estaba por abandonar sus sueños, ¡la chispa!
¡El déjà vu! Algo que siempre había estado allí se repitió nuevamente,
generándole una idea increíble, lo que había buscado durante tanto tiempo. Su
corazón parecía querer salir de su pecho y su aliento se entrecortaba. “¿Sería
posible?”, pensaba. Algo que siempre ha estado con nosotros, tan rico como el
aire que respiramos, y nunca le habíamos prestado la suficiente atención como
para conectarlo con la posibilidad de viajar en el tiempo.
Esto definitivamente no podía comentarlo con nadie, al menos no hasta estar
completamente seguro. Entonces Vincent empezó a trabajar en secreto en este
nuevo diseño. Sin darse cuenta, se sumergió profundamente en el proyecto, y
ahora los cálculos empezaban a coincidir, pero le surgían nuevos interrogantes
aún más profundos que la simple idea de superar un límite de velocidad que la
humanidad había aceptado como ley universal.

El diseño
El diseño de la nave estaba terminado; solo faltaba ajustar algunos cálculos y
elementos para solucionar la maniobrabilidad. Pero ya otra idea comenzaba a
darle vueltas en la mente. “¿Qué sucederá al viajar en el tiempo?” Sus
pensamientos emprendían de nuevo otro viaje, y empezaban a tocar otras
puertas: preguntas, respuestas, dibujos, escritos, cálculos y libros se
enmarañaban en su mesa de trabajo.
Hasta que una de esas noches le sucedió algo extraordinario. Acostado en su
cama, en un estado profundo de meditación donde se mezclan la realidad con los
sueños, empezó a sentir que flotaba y que salía de su propio cuerpo. ¡Flotaba libre
de gravedad! Luego pensó en un lugar y simplemente ya estaba allí; saltó de un
lugar a otro con solo pensarlo.

El fenómeno fue tan real que le dio mucho miedo. Rápidamente regresó a su
cuerpo, despertándose sobresaltado y preguntándose qué le había sucedido. Para
beneficio de su cordura, Vincent trató de restarle importancia a la experiencia,
pero tras dos noches, volvió a sucederle. En esta ocasión no solo salió de su
cuerpo, sino del planeta. Se encontraba flotando en un estado de contemplación
alucinante, fuera de todo efecto gravitacional. Esta vez no sentía miedo, ni calor, ni
frío; solo estaba allí, flotando en un lugar que ni él mismo podía creer.
La experiencia era asombrosamente acogedora. Mientras flotaba, como un
embrión en el vientre de su madre, llegaban a su mente respuestas claras y
serenas, como si alguien estuviese respondiéndolas, alguien con una infinita
sabiduría. Eran tan sabias y llenas de luz que no cabía duda. Pero había que
regresar.

Por qué
Entonces su atención se volcó en estos estados alterados de conciencia que
estaba viviendo. “¿Por qué me está sucediendo esto?”, se preguntaba. “¿Acaso
estoy siendo contactado por una inteligencia superior?”, se cuestionaba.
A la mañana siguiente, preparó las preguntas que plantearía en lo que sería su
última entrada: “¿Existe Dios? ¿Qué es el tiempo? ¿Existe la vida eterna?”,
preguntaría.
De nuevo, entró en profunda meditación. Cuando regresó de lo que consideró la
experiencia más maravillosa que podía sucederle a un ser humano, se reflejaba
en su rostro una luz especial, como si poseyera una sabiduría infinita. Luego,
empezó a advertir una inmensa felicidad y, llorando sin consuelo, se encontró de
pronto en completo estado de éxtasis. ¡Por fin comprendía todo! Ya no habría más
preguntas. Había encontrado la razón de su existencia; ya comprendía por qué no
necesitábamos una máquina del tiempo.
Mientras tanto, sus sentidos se empezaron a potencializar. Escuchaba a larga
distancia, hasta el runruneo de los insectos; su olfato se optimizó a tal extremo
que olía aromas que jamás había sentido. Sus pupilas se dilataban y percibía
cosas que nunca en su vida había contemplado. Las sensaciones de los sabores y
del tacto se multiplicaron por cien y, al mismo tiempo, comenzó a sentir un
inmenso amor por todos y por todo.
Entonces, como un loco, corrió. Tomó todas sus notas, dibujos, cálculos y libros,
los llevó a lo alto de una montaña y, con ellos, hizo una gran hoguera. Luego, en
una escena exorcizante, gritando y llorando de felicidad, danzó alrededor de la
hoguera bajo las estrellas, con el universo entero. ¡Nunca se había sentido tan
feliz! Ya había comprendido por qué no necesitábamos la máquina del tiempo.

Fin.
“La verdad siempre ha estado ahí, esperando que tú, y solo tú, la descubras. A
medida que te hagas tus propias preguntas, encontrarás entonces tus propias
respuestas”. A. García.

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