Las crudas escenas que Páez Caro narra en esta novela no son fruto de la imaginación. Son historias reales, que miles de colombianos han vivido. Caza de Libros.
José Miguel Alzate
En un artículo titulado “Dos o tres cosas sobre la novela de la violencia”, Gabriel García Márquez afirmó: “La novela no estaba en los muertos de tripas sacadas, sino en los vivos que debieron sudar hielo en su escondite, sabiendo que a cada latido del corazón corrían el riesgo de que les sacaran las tripas”. Estas palabras del autor de Cien años de soledad, escritas en 1959, sirven para iniciar este análisis sobre Las águilas retornan en abril, novela publicada por Caza de Libros, escrita por Miguel Páez Caro, un autor nacido en Ibagué en 1973, que a su labor como novelista le suma la de cuentista con calidad literaria. Dos libros anteriores reafirman su pasión por la palabra: Genética de los nombres y La gloria efímera de los recogebolas.
¿Por qué razón tomo la frase de García Márquez para abordar desde el punto de vista crítico la novela Las águilas retornan en abril? Por una muy sencilla: la novela es un instrumento para contar los hechos que sacuden a una sociedad, buscando despertar la sensibilidad frente a las cosas que se narran y, al mismo tiempo, denunciando los traumas que viven sus personajes. En esta novela, escrita en un lenguaje moderno, con una narrativa que tiene fuerza testimonial, donde se expresa un escritor maduro, Miguel Páez Caro narra hechos que en diferentes épocas han conmovido a nuestro país. Lo hace desde el sufrimiento de las víctimas y, desde luego, de la rabia que produce en el alma ver cómo unos asesinos despiadados acaban con familias enteras.
Violencia política
En Las águilas retornan en abril la violencia política de los años cincuenta del siglo pasado está narrada desde el impacto que causan los asesinatos de colombianos por el simple hecho de pertenecer a un partido político. El impacto es, por supuesto, en los hogares. En primer lugar, por los desplazamientos hacia otros territorios huyendo de la violencia, que produce el desarraigo. En segundo lugar, por las ansias de venganza que surgen entre los hijos cuando les toca ver la forma cómo matan a sus padres, buscando apoderarse de las tierras. Miguel Páez Caro muestra aquí, en cuadros llenos de crudeza, la vida de dos personajes, Juan Taype y Gunther Vallejo, que obligados por las circunstancias toman distintos caminos. El primero se hace guerrillero, y el segundo paramilitar.
Juan Taype es hijo de un campesino que con sacrificio logra levantar un pedazo de tierra. Llega con sus abuelos, huyendo de la muerte, cuando era un niño, a una zona montañosa del cañón del río Combeima. Venían de una vereda en un municipio del sur del Tolima, donde fueron despojados de su parcela. Sin embargo, ahí no terminó el sufrimiento de la familia. Un miércoles de ceniza del año 1956 llegaron a su casa en Loma de Portales varios líderes liberales para reclamarle por haber recibido de seguidores de Laureano Gómez unas tejas y unos ladrillos para mejorar su rancho. Tuvieron que huir de nuevo, esta vez hacia Armenia. Lo hicieron para evitar eso que García Márquez denominó “el riesgo de que les sacaran las tripas”.
Gunther Vallejo, el otro personaje, nació en el Tolima. Su padre, Enoc Vallejo, había llegado del Valle del Cauca, huyendo de la violencia. Trajo un pequeño capital, y por su habilidad para los negocios, rápido lo incrementó. Como era bien plantado, allí enamoró a Gema Bosniacky, una estudiante de medicina de ascendencia alemana. Se casaron y tuvieron dos hijos. Gunther fue el segundo. A este, sus padres lo consideraron un bueno para nada. Pero, contra todo pronóstico, se hizo médico, aunque nunca ejerció la profesión. ¿La razón? Hirió a un estudiante universitario, en una fiesta, porque estaba conversando con su novia de la infancia. Para evitar ser encarcelado, se fue a vivir a México. Debido al asesinato de su papá y de su hermano, regresó para ponerse al frente de las tierras de la familia.
Técnica circular
Las águilas retornan en abril empieza como termina: con el relato sobre el momento en que el guerrillero Raúl Reyes es dado de baja por el ejército en un campamento ubicado en la frontera con el Ecuador. En una técnica circular, un narrador omnisciente cuenta que en un vehículo de la ONU viajan por una trocha cerca al municipio de Ataco dos guerrilleros que se van a entregar a las autoridades. Uno es “un mulato corpulento que cubre su cabeza con una gorra de béisbol”. El otro, “un hombre de rasgos indígenas y cabello largo recogido en una trenza”. Se quejan porque viajan sin escolta, expuestos a ser emboscados. Uno de ellos es Juan Taype. Como el carro es atacado con bombas, tres de sus ocupantes mueren. Taype, que estuvo en Cuba, sobrevive. Una médica recién egresada le salva la vida.
Esta escena es similar a la que se narra al final de la novela. Gunther Vallejo, acompañado de hombres armados, después de matar a la familia de Juan Taype ataca el vehículo en que este se moviliza cuando, cansado de la vida en el monte, quería acogerse a un proceso de paz. Había jurado vengarse de él porque fue quien mató a su papá y a su hermano en una de las fincas al resistirse a que lo siguieran extorsionando. El mismo que, en el cementerio, mientras la mamá ponía un ramo de flores en la tumba de su padre, la asesinó de tres disparos. Gunther Vallejo conformó un grupo paramilitar. Quería vengarse porque, en Ciudad de México, una mujer lo quiso obligar a que le informara a su familia que si nos les pagaban una extorsión secuestrarían al papá. Él se negó a hacerlo.
Las águilas retornan en abril no es una aventura de la imaginación. Es, más que eso, una reconstrucción del pasado violento que vivió el Tolima. Habla del dolor de esas familias que ven morir a sus seres queridos sin poder hacer nada para evitarlo, del sufrimiento de miles de personas que para salvar la vida se ven obligadas a abandonar sus tierras, de la incertidumbre que llena la existencia de quienes sufren el desplazamiento forzado. También de un sacerdote, Marcos Ríos, que ingresó a la guerrilla para luchar contra las injusticias sociales, pero al final de desencanta de la lucha armada, y se retira; la guerrilla no se lo perdona, y lo mata. Las crudas escenas que Páez Caro narra en esta novela no son fruto de la imaginación. Son historias reales, que miles de colombianos han vivido.




