Los cardenales también odian

El reciente libro de Hernando López Yepes. Círculo de las ranas cantoras, La Virginia, Risaralda, Colombia.

Julián Chica Cardona

Con el sugestivo título de “Los cardenales también odian y otros cuentos”, irrumpe en el ambiente literario el avezado poeta y narrador Hernando López Yepes quien con su afinada sensibilidad nos concede la oportunidad, en el último cuento de la serie, de ser testigos de los móviles por los cuales un Cardenal italiano, víctima de una ofensa personal ocasionada por un colega suyo, pone en marcha una campaña de propaganda sucia contra éste para invalidarlo en su aspiración como nuevo sucesor del Vaticano e indisponiendo, al momento del escrutinio, el voto de los Cardenales electores en el cónclave. El prelado ofendido no quería quedar en evidencia y para ello acude a un tercero para que compre el silencio de juristas canónigos, secretarios privados, escrutadores y funcionarios en un juego de poderes de profundas repercusiones para el mundo católico. 

Como en un cortometraje policíaco el autor le aporta a su lector un móvil de los hechos y lo hace testigo de excepción de pruebas irrefutables que se encuentran más allá de toda duda y cuyas agujas se desplazan en un tic tac de cuenta regresiva como una bomba que no se habrá de detener. Con una serie de documentos privados, fotografías de pederastia y audios (para que no se crea que la propaganda negra solo se realiza con información falsa o calumniosa), garantiza destruir la imagen y el prestigio de un poderoso Cardenal Obispo que podría lesionar gravemente los intereses del pontificado si tal acervo llegara a caer en manos de la prensa sensacionalista porque suscitarían un gran escándalo. La edad madura y la probidad mental de los prelados aspirantes son el requisito “sine qua non” para que el gorrito cardenalicio conocido como solideo pueda adornarle la cabeza. 

Si fuere designado antes de los 71, solo a partir de los 71 podrá tener poder de voto que es también poder político y con ello llevar sobre sus hombros la enorme responsabilidad piramidal de una comunidad política. A los 80 perderá ese estatus de elector como Guardini, quien renuncia a la tranquilidad de su palacio para enfilar baterías y hacer caer en desgracia a su ofensor en el más excelso filtro de los purpurados. En contraposición a esta élite de 241 refinados y eruditos longevos en el mundo católico actual (porque el cuento es de un episodio del período actual) donde 130 son los electores, existe un mundo intelectual real, una legión de pensadores y humanistas dedicados a la búsqueda de la verdad sin fingir falsas poses de pobreza y de moralidad. La verdad como el único camino que confiere libertad en el pensar y a la cual se llega cuando se descorre el velo de la retórica de los sistemas y criban el lenguaje en las diferentes formas de la literatura como partículas de oro que reposan en el fondo de la arena de aluvión de las playas del río Cauca. 

Con la edad

Ahí está entre líneas la esencia de ese Dante que 700 años después solo se ha hecho manifiesto ante unos pocos como un logro personal o una iniciación de sorbo obtenido de la mejor cosecha en la centenaria cava de los vinos. El poeta, ensayista y crítico literario inglés estadounidense T.S. Eliot, premio nobel de literatura en 1948, quien vivió hasta sus 77 años confiesa en uno de sus ensayos que: “Con la edad, con el tiempo, uno va más allá de los poemas y sobrevive, tal como uno va más allá de las pasiones y sobrevive: en cuanto a Dante, uno sólo puede aspirar a llegar a su poesía, si acaso, al final de la vida” (Eliot, 1959). Saber llegar hasta el final del ciclo cronológico en medio de la literatura para hallar la esencia de la poesía de Alighieri, padre de la lengua que transformó el toscano en italiano y que los conocedores ponen al lado de Homero, Cervantes y de Shakespeare en lo más granado de la literatura.

Y es precisamente ese país mediterráneo el escenario geográfico donde se desarrolla el texto del maestro López que le da título a la serie de diez cuentos, el cual, de entrada, ya suena a provocación, a la idea de caminar por los pasillos casquivanos de la Santa Sede y quitarse la venda de que los huéspedes del cardenalato son un ejemplo de desprendimiento, templanza, sabiduría teológica, sensibilidad humana y comprensión. Por lo menos deberían serlo porque no en vano cada uno de ellos ha trasegado décadas de doctorados en teología y ética, latín, griego, lenguas muertas, oratoria religiosa, filosofía política, austeridad y vida célibe. 

Su severidad y don de mando sobre los arzobispos, obispos, sacerdotes y seminaristas, al igual que una grey absorta en la brillantez de sus ascensos que los acerca cada vez más hacia del Altísimo, les infunde esa impresión de ser modelos de honorabilidad y vida recta, aunque el Infierno de Dante estaba lleno de ellos. 

El pueblo raso desconoce que cuando se involucran en la censura de la sociedad, coartan libertades civiles y bendicen a los señores de la guerra, sus decisiones son políticas y frente al hambre y la pobreza interponen la codicia de sus cargos y el actuar inconfesable de sus cuerpos en la penumbra de los aposentos. Con el paso de los años un Borges al igual que un Saramago (único premio nobel en lengua portuguesa en 1998), quienes llegaron a los 87 en sus propias latitudes, fueron el más claro referente del paulatino trascender en las trincheras de la resistencia, el refinamiento crítico de sus propias utopías y el olfato analítico del pensamiento humano frente al papel deshumanizador de todos los sistemas. De esa sapiencia que enaltece el otoño de los mayores está hecho el maestro Hernando López Yepes, autor del libro al que hacemos referencia. Una sapiencia que solo es dada al ser humano que se ha debatido en medio de la austeridad persiguiendo el designio del poema, en la creación de mundos narrativos, en formularse la pregunta filosófica.

Auscultar la profundidad humana que lo habita a él para plasmarla en el lenguaje de los otros porque por encima del conocimiento está el saber de la constatación fáctica y la vida dedicada a la depuración del pensamiento, la disciplina intelectual, todo ello en concordancia con lo que dice Séneca que no nacimos nada más para nosotros mismos. De ahí que suene novedoso que los cardenales odien porque siendo que el odio también es alimento al interior de cada uno termina destilando y bebiendo de su propia pócima. Las palabras llevan el poder de iluminar la caja oscura del cerebro cuando existe magia en ellas y logran ser escritas muy adentro en el mural de la memoria para desafiar el olvido, y de eso hay mucho en el trasfondo de este libro. Se insertan en el alma como una vivencia sin que por ello dejen de ser originarias de quien las produjo y nos iluminó el camino como un lazarillo hasta el lugar donde se encuentran las respuestas. 

Sus inicios

El cuento inicia con un Doménico Guardini en primera persona y en presente, vestido de paisano que se sube a un bus de pasajeros, escena ésta que se anuncia como una muestra de la doble vida que suelen llevar los más encumbrados personajes y que se desarrolla bajo la tensión cinematográfica porque se trata de la figura de un cardenal. El frío lacera los huesos mientras al interior del automotor voces indistintas expresan su dolor por la renuncia del papa Benedicto las cuales lo previenen para que continúe ignorándolos. Se abstiene de interactuar con los demás. Sus preocupaciones sobre la crisis cristológica generada por Euitiques en el siglo V en Constantinopla son mayores a la realidad de ese presente y de esta forma se refugia en la evasión. Su disquisición insubstancial le sirve de ola para surfear en la tabla teológica del siglo V de espaldas a su deber presente. Cuestiones de intelecto. 

En las capas más profundas de su alma otros hilos y resortes que le dan el móvil lo empujan a la maquinación. Sus  verdaderas motivaciones han tomado posesión de su voluntad al igual que su poder de destrucción como quiera que el instinto y la codicia son también fuerzas que desestabilizan a los hombres. Cuando llega a su destino desciende del autobús entre el tumulto de peregrinos y turistas de los que ninguno se interesa por la vida ajena. Camina de largo hasta un establecimiento donde ordena una doble ración de carne de ternera y una botella de vino Pinot Noir, indicativo de su hedonista vocación y su respetable y espacioso estómago. Mientras ordena el almuerzo se crea un momento de tensión e intriga cuando el prelado llama de manera repentina al abogado que tiene agregado en sus contactos y da paso a una escena de espionaje en el que dos sujetos del bajo mundo conversan aprehensivos, se cercioran de que no haya allí testigos y pactan una conspiración entre paganos.

Con sigilo y de soslayo, el paquete pasa de una mano malévola a la otra junto con una gruesa suma de dinero que se constituye en el anticipo sin que el invitado se dé el tiempo de contarlo. El desengaño amoroso de Guardini tocó a la puerta en el momento en que le entregaron un escrito y un paquete de fotografías de procedencia anónima en las que su amante Giovannino aparecía desnudo en una playa del Caribe “y unida a él, en un abrazo obsceno, la desnudez de morsa putrefacta del Cardenal Florencio Rosso”. Esto sugiere que Rosso también tenía sus poderosos enemigos. El ofendido agradeció que “en cada paraíso también existiera una serpiente” y encontró en estos elementos el arma perfecta para su desquite. La desnudez de morsa putrefacta es una clara expresión del odio entre teólogos. El desprecio se hizo mutuo pero silencioso cuando el personaje se enteró del hecho. El dolor hizo nido en sus vísceras tan pronto reconoció la felonía en esas fotos que le destruyeron la luna de miel de aquel amor con un “abrazo obsceno”. 

La retaliación

El deseo de retaliación ocupó el espacio principal de sus cavilaciones a partir de entonces hasta que, de manera repentina, se difundió la noticia de la renuncia del Papa Benedicto porque su objetivo era el más opcionado a sucederlo. Se apresuró a actuar con la sutil capacidad de su gran inteligencia y el acicate del honor herido. 

Por interpuesta persona depositaria de toda idoneidad Guardini echó a rodar el cabildeo al interior Vaticano (con secreto de confesión como recurso), con los encargados de prensa incluidos en la nómina. El proceso debería ser transparente y cristalino, solo digno de la hipocresía purpurada con el juramento de que no se permitiría filtrar las fotografías obscenas ni se referiría a la pederastia ya que ésta se podía resolver con el arrepentimiento y la expiación. El único propósito del plan era que se le sirviera a manteles al prelado Rosso y a puerta cerrada el exquisito plato frío del humo negro saliendo por la chimenea desde el interior del cónclave.

Del horrendo acto de traición el adolescente estaba exento. No había sido su intención porque fue manipulado ante la buena mesa, los lujos y el poder. En su alma no existían alcances de ese tipo como para causarle daño al ser que lo había conducido por los caminos del amor. Sin embargo, en el caso del causante, por su mayor nivel de responsabilidad, conocimiento y premeditación, como los que le cabían, más grave era su falta y mayor el dolo por seducir y apropiarse para sí de los secretos íntimos de la pareja del Cardenal para humillarlo. En ambos personajes el poder de manipulación sobre los demás define el éxito de la anulación del otro. A Guardini lo torturaba el coletazo de imaginar los episodios de sadomasoquismo que entre ellos se había vuelto natural cuando sabían prestar oídos sordos a los “gemidos de cordero atado de los muchachos púberes” ya que era inevitable esa dominación erótica, ese ritmo y esa presión sobre el sujeto dominado. 

Por mucho menos que esto el poeta Alighieri sentenció al Papa Bonifacio VIII hasta el Noveno Círculo del Infierno (Canto XIX), (en vida de éste), al igual que al Papa Nicolás III y a Clemente V por el pecado de simonía, y suerte parecida corrieron los traidores condenados a lo más profundo del abismo, junto a Bruto, Casio y Judas.

No obstante, la drasticidad condenatoria del poeta, profeta y pensador, esto no ha impedido que siga siendo el único autor al que se le han dedicado cuatro encíclicas papales. Guarnini estaba convencido de que su ser amado era tan feliz como lo era él mientras duró su compañía y el timador debió haber elaborado un plan meticuloso, premeditado y tan discreto que ni el enamorado pudo detectar esas señales. Por eso, de mayor tamaño era su culpa al igual que la humillación ocasionada ante los más cercanos lo que atrajo como el desenlace que no aparece explícito en el cuento. Para el lector experimentado el humo negro planteado sigue siendo conjetura porque para él queda  por sentada desde su deseo. En el cuento no está como un final explícito. La cadena de eventos que puedan derivarse está supuesta a la manipulación humana lo que la hace ser cambiante. Dinámica, dirían los políticos. 

Cardenal víctima

El espectador que simpatice con el Cardenal-víctima sentirá que ésta es su más inteligente forma de reivindicación. Habrá quienes encuentren en el aspirante a sucesor el prototipo de ese lobo Alfa que debe haber en la manada de los purpurados, consciente de que el poder es para “poder”, como darse el desparpajo de posar su abultada desnudez en unas vacaciones en el trópico y que esa clase de privilegios y prerrogativas son las que un líder espiritual moderno merece ocupar el solio papal. Otros anhelarán que por cuenta de la prensa amarillista las fotos obscenas y demás acervo probatorio estallen como una ojiva nuclear en la plaza de San Pedro, y que en un acto de dignidad la sociedad los linche a todos. Célibes castos, célibes heteros y célibes pederastas. Un conjunto de alternativas que el autor deja en suspenso para que el guion de cine las resuelva. 

En cualquiera de los casos el lector abandona su papel pasivo y se sumerge también en ese círculo de la maldad. En la particularísima idea que el protagonista tiene del deseo, su amado era inocente del daño ocasionado porque “en las afrentas del amor no es la rosa la que sabe del dolor que han causado sus espinas”, una hermosa forma de poetizar ese sublime sentimiento en el que se fusionan el placer con el dolor y del que en su reciprocidad no pueden deshacerse. Giovannino era merecedor de la reivindicación y por lo tanto del perdón total porque de la pureza del sentimiento que se profesa al otro la comprensión enseña que en las cosas de la intimidad todo se perdona, incluso la tradición. En cuanto al Cardenal Rosso estaba visto que en su papel había olvidado el precepto de que en la relación entre ladrones, por sobre todo, debería existir honestidad. 

La enseñanza shakesperiana indica que el amor al poder es lo mismo que el amor a la maldad, y si acaso, siendo seres imperfectos podamos ser alguna vez una chispa de luz en el momento más sublime del espíritu, igual y mayormente seguiremos siendo seres que navegan torpemente en la oscuridad. De ahí que “Los cardenales también odian” sea un cuento bien logrado, cinematográfico, de ribetes policíacos, cargado de poesía y erotismo que, como Cortázar afirma, corresponde a un “género poco encasillable” porque no existen leyes que lo rijan y a las cuales deba sujetarse, y es diferente a la novela como quiera que es un: “(…) género de [difícil definición,] huidizo en sus múltiples y antagónicos aspectos, y en última instancia secreto y replegado hacia adentro de sí mismo, hermano misterioso de la poesía en otra dimensión del tiempo literario”. 

Lo que se advierte en la vocación narrativa del maestro Hernando López porque a cada tanto preña con delicadas perlas cada uno de sus relatos. Para Cortázar el cuento en su expresión estricta y rigurosa se asimila con “ (…) algo que tiene un ciclo perfecto e implacable; que empieza y termina satisfactoriamente como la esfera en que ninguna molécula puede estar fuera de sus límites precisos”. De ahí que el poeta argentino Saúl Yurkievich considere que en este autor prima una “función preeminentemente artística”, de donde, si el cuento es esfera autónoma, el cuento representa la literatura literaria, celosa de su dominio, aquella que no se abre a su entorno sino para asimilarlo a su propia entidad, para transmutarlo en signo estético mediante una suspensión formal que lo desliga del autor y del referente, que lo inserta en un contexto aparte cuya función por sobre todo es estética. 

Característica esencial que debe reunir un cuento plenamente logrado es su esfericidad, su “forma cerrada”, en el que “la situación narrativa por sí misma debe nacer y darse dentro de la esfera”, y el otro rasgo constitutivo que depende del anterior es la brevedad. La noción de economía del lenguaje (que potencia el cuento) se pone en evidencia en la estructura limitada, circular y cerrada del género. El comienzo de cada relato es ya una condensada síntesis de los elementos esenciales de la trama que rematará inevitablemente al final del cuento. Es lo que encontramos en la narrativa del maestro López Yepes quien en primera persona (como el NN muerto que sus parientes buscan), y en tiempo verbal presente, nos deja entrever un intento de denuncia. Los hay también de remembranza como las “Zapatillas de ballet”, en el que nos sorprende con la creíble posibilidad de un episodio autobiográfico cargado de reflexiones filosóficas en torno a cómo percibimos la idea de la realidad. 

Mundo hipócrita

Al autor lo atenaza la intención de desenmascarar la hipocresía del mundo, la indolencia de los estamentos de justicia con las desapariciones y la impunidad de los violentos. Son asuntos que lo afligen como alma de elevada sensibilidad y donde la diatriba de la muerte cobra proporciones filosóficas. El libro empieza con “La muerte no los toca”, referido al atroz ciclo de cadáveres que bajaban por el río Cauca amarrados con “una cuerda de metal” (una forma poética de referirse al alambre de púas de los cercos con el que la mayoría eran inmovilizados) y se convirtieron en paisaje que los niños de finales del pasado siglo XX saludaban desde la orilla con sus gritos mientras corrían a la par que la corriente dando tumbos y avanzando con el muerto. Un cuento hermano de la poesía es este de “La muerte no los toca”. “Me desplazo entre el agua como si el río fuera un gigantesco útero. Al llegar a un remanso giro sobre mí vacilando entre el deseo de detenerme y la inmersión definitiva. El agua juega con mi cuerpo”.

Desde sus primeras líneas se abre a la metáfora de una matriz gigante donde el individuo ha de nacer de nuevo o ya es un renacido que se despoja de su imperfección, y la polisemia de estar definitivamente vivo en muchas formas, ser sabedor de una sensibilidad en la que no se necesitan ojos y entenderse parte de las fuerzas de la naturaleza, despreocupado de su condición consciente como muerto. Pero es la gente la que los aleja de la orilla para que la muerte no los toque, y le da título al cuento. Este acto de deshumanización e indiferencia de común ocurrencia en nuestro medio es la muestra del deterioro social y el resquebrajamiento de los valores y la solidaridad que el autor denuncia de la misma forma que relata el secuestro de un padre de familia en “Correo de guerra”, con las cadenas profundizándose en la piel y en continua evasión por los caminos de las minas quiebrapatas. 

Y sin embargo, el muerto sigue hablando cuando dice: “Alguien tira de la cuerda y mi brazo sale del agua, se alza como pidiendo auxilio”. Bajo el sello del Círculo de las ranas cantoras, cuya parte editorial es iniciativa del colega Jorge Eliecer Calle Naranjo, este novedoso libro promete ser una excelente recomendación como material de lectura en los planteles educativos del eje cafetero, máxime cuando el nombre del autor conoce el lenguaje amoroso de la pedagogía y es un referente de intelectual probo y sencillo, depositario del aprecio y admiración de su comunidad donde la caña de azúcar se extiende como una erizada colcha vegetal sobre el novelesco valle de Risaralda cuyos habitantes son testigos de excepción de lo que el fantasma de la muerte ha sabido hacer sobre Colombia.

Febrero 15 de 2024

*1 Eliot T.S. Sobre la poesía y los poetas, Ed. Sur, Buenos Aires, 1959. Trad. María Raquel Bengolea, 283 p

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