Razón de escribir, poemas reunidos de Isac Velásquez

“Como padre no puedo evitar sentir orgullo, pero más allá de ese orgullo, siento gratitud por poder ser testigo y cómplice de su caminar por las letras y la vida”. 

Michael Velásquez Velásquez 

Escribir estas líneas como padre no es tarea sencilla, porque la emoción tiende a ganarle a la razón. Este es el tercer libro de poesía de Isac Velásquez, mi hijo, y —la verdad— aunque la experiencia debería darme cierta costumbre, me sigue sorprendiendo. Sorprende su disciplina, sorprende su voz y —sobre todo— sorprende la profundidad con la que mira el mundo a sus apenas diecinueve años. 

Desde que era niño, fui testigo de su sensibilidad, una sensibilidad que no se conforma con la apariencia… Isac tiene la rara habilidad de escuchar los silencios, de ver las sombras y las luces con igual atención, y de traducir todo eso en versos que no solo cuentan, sino que conmueven.

Su poesía no se limita a las palabras: es un puente hacia la experiencia humana, un espacio donde caben tanto la ternura como la crudeza, la esperanza como la nostalgia. 

“Razón de escribir” no es solo una colección de poemas, es una ventana abierta al corazón de un joven que aun en su juventud, sabe que la vida está hecha de matices. 

Como padre, no puedo evitar sentir orgullo, pero más allá de ese orgullo, siento gratitud, gratitud por poder ser testigo y cómplice de su caminar por las letras y la vida. 

El autor

(Pereira 2006) Estudiante de Ingeniería de Sistemas y Computación de la Universidad Tecnológica de Pereira. Ha publicado dos libros de poesía: Saco de canicas (2021, editorial STOA) y Librería de fragmentos (2022, Gráficas Buda), con los cuales ha participado en la Feria del Libro de Pereira y el Encuentro de Jóvenes Poetas, en esta misma ciudad.

POEMAS DE ISAC VELÁSQUEZ

LUCIFER

La estrella más bella del alba bañó a la tierra con su cuerpo

no por falta de luz, sino por exceso de realidad,

quiso resplandecer en un cielo que calla y otorga,

y el fuego errante lo nombró: Lucifer.

Sentenciado por querer tocar el límite sagrado de Dios,

fue a arrojado al reino del olvido,

su grito contra el Edén cerrado

se volvió himno de aquellos que quieren ser despertados.

Y en su caída ascendió al palacio de claridades rotas,

creando semillas de pensamientos, dudas sin respuesta, tentaciones,

desde entonces toda mente que pregunte lleva en el pecho su llama hilarante.

El infierno no es un reino,

es una idea que arde,

y aquel que mira la verdad sin temblar ante un Dios vengativo

lo comprende:

el primer ángel fue también el primer hombre.

En la oscuridad del abismo se vio reflejado,

fragmentado, roto, sin gloria ni alas,

pero libre de cadenas.

Nombró su condena: “reino”;

su dolor: “memoria”;

forjó su corona con los restos de luz que aún lo amaban.

Que el infierno, en su verdad más pura, no es castigo, sino conciencia

y Lucifer, el portador de auroras, no cayó:

descendió para que existiera el pensamiento.

Comprendió que su caída no fue castigo,

fue creación,

alguien debe caer para que el mundo aprenda a levantarse.

Porque nadie se opone a Dios sin volverse eterno,

ni cae del cielo sin llevarse un poco de él consigo.

Lucifer no perdió el paraíso,

lo transformó en pregunta para que así toda chispa de duda,

toda mente que sueña,

fuese un fragmento oculto de su incendio.

RAZÓN DE ESCRIBIR

Escribo para no gritar,

el exceso de cordura me quiere asesinar,

siento que ya no me puedo controlar,

no sé si llorar o dejar de intentar,

quizá lo mejor sería no despertar,

así no habría nada que afrontar.

Escribo para decir lo que siento,

para no caer en el tormento

y derramar sobre el papel mi sentimiento.

Vivo, pero estoy muerto por dentro,

camino sin rumbo, sin centro,

sin velo, sin alma, sin templo.

Estoy desecho y putrefacto

arrastrado en cada acto,

encarnizado en la tinta que redacto,

me siento un error, un contrato

firmado con el fracaso exacto.

Nos enseñaron a respirar, no a vivir,

a fingir, a ceder, a no huir,

y escribir fue mi modo de resistir,

la única forma que hallé de seguir,

sin romperme, sin dejarme morir.

Una sombra, un eco, un martirio,

la poesía es mi exilio,

mi trinchera, mi equilibrio,

mi antídoto contra el delirio.

Pero a veces pienso, sinceramente, que lo mejor

sería,

simplemente, cerrar los ojos, dejar de luchar y ahogarme en mis palabras

l-e-n-t-a-m-e-n-t-e.

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