ELLA
Haymer Orlando González Valencia
hgonzalez11@estudiantes.areandina.edu.co
Mientras vivía con mis padres, pasar la etapa de la niñez el colegio y otros estudios; me dedicaba a ver solamente las niñas que llamaban mi atención; debido a la timidez de la que a veces muchos sufrimos, me guardaba todos los sentimientos de gusto y de cariño por miedo al rechazo y la burla. Veía como los compañeros gustaban de niñas y no tenían que hacer esfuerzo alguno para poder obtener más que una amistad.
La sobreprotección por parte de mi madre, influyó de alguna manera en esta situación puesto que debido al confort con el que permanecía en la casa no veía la necesidad de buscar salir a conseguir amagas o novias. Los videojuegos, jugar fútbol, dormir hasta tarde suplían esa necesidad, tener todo a la mano hacia que las mujeres pasaran a un segundo plano y a la imaginación, no me sentía con la responsabilidad de llevar una relación.
Luego de realizar mis estudios como Auxiliar de Enfermería empecé a trabajar y al ganarse un sueldo, pude empezar a tener amigas con las cuales salía. Tenía una complejidad en la juventud porque nunca tuve dinero para salir con alguna chica; esto me llevó a conocer mujeres mayores y menores, buenas experiencias como malas; llegué a tener diferentes parejas en mi vida, pero ante todo mujeres lindas.
Todos estos cambios me ayudaron a madurar un poco más. Agradecido por la oportunidad de seguir viviendo a pesar de los problemas que trae el día a día. Luego de pasar por esas relaciones, hubo una que me dejó en malas condiciones. Esto fue detonante para no querer seguir en este mundo. Es algo ilógico, pero cuando se esta con el pensamiento en que todo gira alrededor de esa persona, no hay nada más que pueda existir o alguna razón por la cual estar aquí si no es con esa persona. Es un pensamiento de débiles o cobardes, escucho decirlo de algunas personas porque no han estado en esa situación. Cuando no estas entrenado o te enseñan que debe pasar cuando se acaba una relación, la única salida para muchos es morir.
Tenían que pasar 25 años para que llegara sin esperarla. Me producía temor, pero me gustaba verla cada vez que yo llevaba pacientes a cirugía, la veía, la saludaba y salía corriendo, me encontraba en ese momento sin pareja con la desesperanza, me arriesgue a preguntar alguna vez su nombre y la busque por las redes sociales, le escribí pidiendo su número si era posible tenerlo y llegar a ser amigos con posibilidades de salir. Al comienzo estuvo muy rehacía, pero con la insistencia empezamos a salir.
Ella llevaba más de un año sin tener pareja y le daba miedo que yo la ilusionara. Ella notó el empeño que tenía para con ella y decidió darme una oportunidad. Hoy día, ésta relación lleva ocho años y seguirán contando de mi parte. A pesar de los contratiempos la amo y no me imagino estar sin ella.
LA CAMA MEDIO VACÍA
Andrea Yineth Osma Escobar
aosma@estudiantes.areandina.edu.co
Me encontraba en una casa grande; un segundo piso, con una fachada sin pintar, con ventanas que daban hacia un parque casi siempre repleto de niños, con cuatro habitaciones y en una de ellas estaba yo.
Estaba parada en una puerta café ya vieja y gastada que hacia sonidos con sólo el viento moverla, mirando toda la habitación; era grande, tenía cuatro paredes blancas que no despertaban mucha alegría, unas baldosas blancas con algunas ya agrietadas, y un techo de icopor que ya no tenía ni un espacio sin manchas; no era como en los cuentos de hadas, pero estaba bien; dentro de ésta habían dos armarios, uno café con grandes puertas, y el otro más pequeño, blanco y al otro lado de la habitación; en medio de ambos armarios estaban dos mesas de noche, estaban hechas de una madera muy elegante, pero reflejaban cosas diferentes, una era más ordenada, con un libro y unas gafas encima de ella, la otra era más opaca, pero no dejaba de relucir por su sencillez, sólo tenía un reloj y un teléfono muy viejo encima de ella; entre las dos mesas había una cama, de la misma madera y con un colchón que aparentaba ser muy cómodo.
En medio de la cama se encontraba un hombre, que parecía ser robusto, de una piel blanca, con manos grandes que parecían ser fuertes, su cuerpo estaba atravesado en toda la mitad, era tan grande como la cama; estaba recostado allí sin zapatos, con una sudadera negra y una camiseta gris.
Aquel hombre estaba medio dormido, pero cuando me vio parada en la puerta su cara me recibió con una sonrisa, sus ojos estaban medio llorosos, pero se veían entusiasmados. Su mano se elevó hasta extenderla hacía mí, era como si quisiera tocarme, así que me acerqué y me senté al lado de aquel sujeto. Sus labios secos apenas se movieron, tomó mi mano en medio de las de él y yo sólo escuché como decía: “Negra hermosa, ¿dónde habías estado? Hace mucho no te veía”.
Cada palabra que salía de su boca era una melodía para mis oídos, estaba feliz de saber que me conocía, que me estaba hablando a mí. Me preguntó por el colegio, que cómo me estaba yendo con mis hermanos, que si estaba comiendo bien, que por qué no lo había vuelto a visitar, que si todavía lo quería y que si lo había extrañado.
Mi padre murió dos días después de aquella plática, el último día que se acordó de mí, que se acordó de alguien, que sus labios pronunciaron mi nombre y que me recordaron el orgullo que siempre seré para él. Agradezco ese momento y que hubiese sido yo a quien recordara para decirme lo mucho que me amaba.



