Sobre un fantasma hambriento

La necesidad y la resolución le depararon convertirse en el muchacho del aseo de
un restaurante y ahí sí que comenzó el ascenso de su carrera gastronómica.

Jáiber Ladino Guapacha
Esa idea de que tenemos un niño interior con el que necesitamos conectar para
reparar heridas resulta, cuando menos, macabra. Adentrarse en el desván de la
memoria para abrir armarios y buscar entre los cachivaches un rostro que tendría
que sernos conocido, termina siendo demoledor. Porque es que, si hay que buscar
la tal criatura, es porque ella misma quiere refundirse. Experiencias previas la han
acostumbrado a vivir entre las sombras y para sanar sus arañazos necesitamos
luz. Como sabemos que puede mordernos al extender la mano en la oscuridad, se
junta nuestro temor y su miedo. Sin embargo, seguir aplazando esa cita apoca las
horas de felicidad que aún nos quedan sobre la tierra.
Por esa razón, de un tiempo para acá, el profesor Ignacio lleva un diario en
el que anota sueños y situaciones de la vida cotidiana. La escritura prolonga la
terapia: es su estetoscopio para cuando algo lo anima, su tensiómetro en los
casos de ansiedad, su glucómetro en la melancolía. O tal vez es su bicicleta, sus
pesas, pues así fortalece los músculos y puede escalar los pisos que cada década
le deparan.
Por eso también Nacho viene degustando más los sabores, los colores, los
aromas, las palabras. Reconoce a su niño interior como un fantasma hambriento.
No porque en casa faltara el alimento, al contrario, lo echó a perder porque nunca
se atrevió a preparar. Sí, a veces la pista que tiene para encontrarse consigo
mismo, es la de buscar a un niño disfrazado de chef que quiere jugar a la cocina.
Quizá por eso su ejercicio docente gravita alrededor de la cocina. Como
profesor de lenguaje privilegia el uso de materiales que reemplazan las ollas, los

cuchillos, los fogones. La carta de un restaurante como ejemplo de una infografía.
Una crónica sobre el arroz cultivado en Córdoba. Un cuento con receta para
explicar la diferencia entre un texto narrativo y uno instructivo. Si da con un grupo
afín a su entusiasmo, seguro leerá con ellos Como agua para chocolate, con el
pretexto de tener un banquete mensual.

El fantasma en clase
El pequeño fantasmita asomó a sus ojos hoy, en medio de la jornada escolar,
mientras Diego, su amiguito del colegio, extendía las camas de algas para
envolver el sushi. Nacho lo invitó para la clase de discernimiento vocacional,
aprovechando estos días de vacaciones en los que visita a la familia, a los amigos
del barrio antes de regresarse a Lyon. Diego es la realización de un sueño que
Ignacio quiso para sí. Y eso debe decírselo al niño que se asomó curioso a sus
pupilas. Comenzó a meditar las palabras que escribiría en su libreta. Algo que
sonara más o menos así:

“Uy, Fer, quién iba a pensar que vos sí lo ibas a lograr. Vos, que nunca
mostraste interés por este tema. Mirá, no sé si vos lo sabías: los martes yo salía
del colegio quince minutos antes que ustedes. Tenía permiso para ir a la casa de
una tía de Daniel, a una cuadra de la entrada por la calle de arriba para ver un
programa de cocina internacional. Fer, yo compraba el periódico del Otún, los
primeros miércoles de cada mes, para llevarle a la tía Lua la revista de Mundo
Cocina. Fer, mi prima Olguita, la doctora, me iba a pagar los estudios de una
ingeniería de alimentos. Lo que pasó sí lo conocés: me la jugué y aposté por un
camino que terminó trayéndome aquí. La alquimia de un pan que se hace carne
de Dios me sedujo y la busqué. Tampoco ese milagro fue para mí. No, no me
arrepiento. Sin esos pasos perdidos, sin esa mística, no podría verte con el amor
que lo hago. Que Dios te guarde, mi hermano. Gracias por la comida, chef”.

Mientras Diego Fernando contestaba las preguntas que le hacían los chicos
(¿habla otro idioma? ¿cuánto gana? ¿qué es lo que más le gusta? ¿le va al

PSG?), Nacho fue recomponiendo la biografía de su amigo. Todo apuntaba para
que fuera un futbolista profesional. Sí, la cancha era el cielo prometido para el cual
vivía. El grito del gol y la euforia de la barra constituían el paisaje sonoro de sus
anhelos. Ah, y los vallenatos. Claro, cómo olvidar ese que inicia: “Presiento, con
las brisas del verano, la presencia de un hermano, que, por circunstancias de la
vida, de mi lado un día se fue”. Entonces le llegó el momento de asumir la vida con
seriedad cuando se hizo papá. No habían terminado el colegio y ya, él y Polita,
constituían una familia. Esa responsabilidad lo convirtió en policía, hasta que una
caída le impidió continuar la carrera militar. La necesidad y la resolución le
depararon convertirse en el muchacho del aseo de un restaurante y ahí sí que
comenzó el ascenso de su carrera gastronómica.

En casa
El niño-cocinero quiere experimentar y el hombre maduro que lo contiene está
dispuesto a acompañarlo en esa aventura. Después de dejar a Fernando en su
casa, agradecerle su tiempo y disposición con los estudiantes, programar una
nueva cena antes de partir, Ignacio regresa a casa con un plan en mente. Calcula
el tiempo necesario para cocinarle a Mónica, su esposa, algo en lo que se tiene
confianza: una tortilla española. Piensa en la música. Una canción con un toque
añejo que los lleve a sus primeros días, aquellos en los que todo parecía ser una
fiesta que iniciaba al despedir el sol y solo menguaba cuando amanecía de nuevo.
Quiere ese baile tranquilo que mece a Mónica entre sus brazos hasta hacerla
olvidar de lo agotador que pudieron ser las entrevistas para tal empresa, para tal
otra. Quiere soltarle el cabello, desabotonarle su blusa y su sostén. Aligerar su
traje de ejecutiva para vestirla con su propia camisa, la que se colocará como si él
también se emplatara. Sí, Clap your hands es la canción que necesita. Su niño
interior acepta el canje.

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