Andrés Castañeda
Hay libros que son un golpe en la frente, libros que, al leerlos, te hacen cuestionarte,
preguntarte qué estás leyendo, que te obligan a volver sobre la marcha, a repasar
palabra por palabra para saber si algo se te ha escapado para descubrir que no, que
la historia ha dado un vuelco con la naturalidad de un gato que gira en el aire antes
de caer de pie.
Hace falta una pluma brutal para eso. Brutal en el mejor sentido: de contundencia,
de poderío, de precisión.
La pluma de Paola Esteban es brutal. Es poderosa, es rítmica, atrapa con la solidez
de un laberinto. Y Una vida perfecta (El Libro Total, 2024), su primer libro, es la
prueba definitiva.
En este libro hay un Universo palpable. Uno puede ver las redes de pescadores, las
embarcaciones hechas de madera, las playas, y hasta una cámara fotográfica. Y
también las calles, las bolsas de reciclaje, las multitudes y la cornisa. De este libro
surgen imágenes poderosas pero sobre todo voces que se escuchan y se quedan.
En 13 cuentos, Paola logra condensar el mundo: uno aterrador, desolador, triste,
despiadado, pero también, uno en el que hay lugar para el amor, para la esperanza
que pasa por las grietas de los muros en los que nos encierra el capitalismo con sus
deber ser, sus deber acumular, deber parecer y deber sentir, todo porque en el
fondo se trata de eso: de deber algo, de estar siempre en deuda. ¿Con quien? Con
quienes levantaron esos muros hace tanto.
En Una vida perfecta, Paola -periodista cultural, una que se ha atrevido a poner en
el papel temas de los que antes quizás nadie se atrevía a hablar y sabe que las
palabras y las obras sirven para darle poder a las personas invisibles y por eso ha
hablado de la diversidad, de las disidencias, de esas formas de existir y habitar el
mundo- hace a un lado los deber ser y deja que sus personajes, simplemente, sean,
es decir, existan, sin deberle nada a nadie.
Así, de paso, le planta cara a los deber escribir, esos muros (siempre, siempre
muros) en los que nos quisieran encerrar unos cuantos señores que esperan que se
pidan premios para escribir y, sobre todo, para publicar.
Este libro, acompañado con ilustraciones de Zulay Rueda y con un prólogo
hermosísimo de Paloma Bahamón Serrano (tanto que al releerlo siento vergüenza
por esta tímida reseña), es fantástico y brutal. Lo es porque lo habitan criaturas
fantásticas que devoran niños y porque esa brutalidad trasciende y se cuela en lo
cotidiano, volviéndose real, tanto como el silencio, como la tristeza, como la locura,
como el suicidio y las ansias de dejar de existir.
Si los libros sirven para algo, ese algo, creo, debe ser para que alguien, al otro lado
de la historia, pueda ver su rostro, escuchar su voz, secar sus lágrimas, recorrer sus
calles, sentir el lomo de su perro o caminar bajo el desamparo de la noche. Seguro
que cualquier persona que lea Una vida perfecta, se encontrará a sí misma en
alguna página.
@quesediceandres



