Germán Ossa
Nos cuentan que este genio de la imagen que creció en el mundo del video, es obsesivo con la perfección, la meticulosidad, lo bien planteado y obvio, lo bien hecho. Odia de muchos filmes que estuvieron muy cerca de ser grandes, los errores que pudieron evitarse o corregirse, y por ello se cuida de no dejar cabos sueltos, escenas sin completar y personajes sin concretar.
Se da el lujo de hacer una película como jugando, pero un juego que domina a la perfección. Quién sino él, pone a los terroristas y bastardos a perder.
En esta joya del cine, un par de pistoleros del Oeste, interpretados por dos grandes estrellas (Brad Pitt y Leonardo DiCaprio), muy cotizadas por cierto, extraordinariamente puestas en escena, independiente de que una sea la principal y la otra el “doble” (o coprotagonista), porque ambas se sobran en sus roles, sirven de pretexto o colofón para que él se goce de manera un tanto socarrona y pícara a la maldad de ese perverso Charles Mason que en los setentas con ira, pretendió dar muerte al cine insólito e inteligente de un Roman Polanski y al de la acción y La aventura de ese Steve Mc Queenn, que tan hondo llegaron a nuestra memoria. Tarantino toma venganza de la bella Sharon Tate, reviviéndola en más de una forma; mostrándonosla en el cuerpo y la cara y la boca y los dientes de la bella Robbie Margot, en unos primerísimos primeros planos estupendos, repitiendo esa enigmática sensualidad mostrada por ella en “El baile de los vampiros” de 1968 y recalcando su histrionismo en esa refrescante escena que interpreta a la perfección cuando en una sala de cine que proyecta cine mañanero, compartiendo con un puñado de espectadores, su experiencia como público elemental. Secuencia de por sí dificilísima. Mirándose, admirándose, obvio, en silencio.
Don Quentin es meticuloso. La música la cuida, la fotografía la supervisa, es rígido con el montaje, exige actuaciones perfectas, nadie es pastiche, a menos de que un personaje lo requiera. La luz en sus imágenes es la necesaria, lo mismo que la oscuridad. Su violencia es propia, es tarantina. Aun cuando todo está en tinieblas, el brillo de las armas reluce, la sangre es roja y el terror se desborda y curiosamente sin fatigar ni ostigar.
Érase una vez en Hollywood es Play Boy, es Bruce Lee, es Steve McQueen, es Roman Polansky, son los hyppies, es el Oeste (aunque este es más viejo), son los planos americanos (3/4s), es la droga, es esa música que en la película se saborea todo el tiempo, es esa fumadera de los pistoleros, es la violencia de ese dios malvado de nombre Charles Mason, es la juventud rebelde, es la vida, pero también es la muerte.
Es el derroche. Tarantino de sobra todo eso lo sabe y nos lo pone en una extraordinaria película en bandeja de plata.
Tarantino se esconde en su estudio cuando proyecta llevar a cabo una historia a la práctica cinematográfica, le llegan a la memoria sueños y pesadillas y es a estas a las que les hace caso. Para hacerlas cine les pone personajes y a su memoria llegan buenos y malos, reales y ficticios y ahí si no respeta, busca entre los actores los que más se acerquen a sus pretensiones y sin pedirle permiso a nadie, hace cosas como “Tiempos violentos”, “Perros de la calle”, “Asesinos por naturaleza”, “Pulp Fiction”, “Kill Bill”, “Bastardos sin Gloria”, “Django” y obvio, “Erase una vez en América”, sin pedirle permiso a nadie.



