Señales de humo

Ángel Gómez Giraldo

Lo novedoso es para los ojos calientes de unos cuantos que ven todo lo que hay por donde pasan. Porque no todo el que mira ve. Miradas que penetran. Gotas de agua que terminan pasando la piedra.

La cotidianidad de la ciudad es una venda para los ojos pero por el contrario, los fisgones lo ven todo. Ellos siempre ponen los ojos en hervor para obtener una buena sustancia y es cuando las paredes tienen oídos y hasta ojos.

Y como dicen muchos, hay que ver para creer, y aquella persona que no ve nada habiendo mirado es ciega o lleva los ojos en el bolsillo.

La ciudad tiene antros, no los vemos porque vamos caminando pelando y comiendo mango. No nos interesa sino llegar a nuestro destino.

 

Tedio

El lunes ya no es lunes del zapatero sino la  lunpereza del parcero y por lo mismo el de mayor consumo de yerba y sustancias psicoactivas.

El lunes llega tan pesado porque trae una alta dosis de angustia que sale de adentro, se mete a la cocina  y hace comilona.

Yo, créanme, despellejo el lunes como si fuera carne de gallina para no acumular colesterol malo y la como magra.

De esta manera veo el día lunes como un tigrillo al que no le han crecido los dientes.

El de hoy lo camino, lo sudo, pues está a punto de hacer fuego aquí en el centro de la ciudad donde todavía existe un pasado de bahareque y tapia, sector de la antigua galería, ahora con un edificio en altozano y que funciona como sede del Centro Cultural Lucy Tejada.

Edificio que vemos tirar pasó día y noche con fina línea arquitectónica, muy recto y muy sobrio.

Del mismo se puede mirar y hacer el contraste con lo que permanece de la otra arquitectura, la del bahareque, la tapia y la teja de barro cocido. La  tiene  con lo que le queda de esqueleto.

Se ve tan abandonada y  desmigajada la vieja del bahareque que alguien debe hacerle el favor  restaurando o arrasando.

Se ve toda desaliñada por la carrera 9 entre calles 16 y 17 con pecado y pecaderos.

Frontrispicios de bahareque cual viejas acurrucadas  aguantando tiempo y soportando olor a cebolla, ajo y cilantro en ventas con parasoles de colores, rezagos del mercado cubierto que desapareció de este sitio de la Perla del Otún.

 

Asunción

El ascensor en forma de ángel seductor me sube en brazos hasta el tercer piso del Lucy Tejada, y de parche con los libros de la biblioteca.

Una hora después la abandono “con el dolor de quien tiene que decirle adiós a la persona que no quiere que se vaya”.

Sin embargo no salgo de la edificación, sino que avanzo hasta donde está instalada la escalera metálica. Subo varios escalones casi hasta llegar al cuarto piso y me detengo poniéndole el cuerpo de frente al comercio de la carrera novena.

Posteriormente me acerco lo más a las paredes de cristal que le permiten a uno “fisgoniar” todo el paisaje humano y urbano sin pasar por indiscreto.

Pongo mi mirada de cangrejo sobre la calle y todo parece normal en una vía del centro de la ciudad.

La arrastro hasta la fachada de una de las edificaciones más viejas, y como el hombre araña camino por la pared hasta llegar al tercer piso y saltar a la terraza.

La vieja construcción esta amacizada a la izquierda por una de arquitectura moderna y a la derecha por otra, de dos plantas restaurada y pintada de color rojo.

Descubro desde la distancia donde me encuentro, a tres personas sobre lo que parece techo o terraza de la casa pues se alcanza a ver un espacio abandonado, en desorden y con el color negro de la mugre.

La primera persona es una mujer joven de color, pantalones cortos rosados y un top blanco que le cubría la parte superior del cuerpo. Los hombres, no tan jóvenes  como la muchacha, muy delgados vistiendo yines y camisetas blancas, uno de ellos con gorra de similar color.

Sus cuerpos están cerca pero hay en ellos una ansiedad que los acerca más. Es una ansiedad de bareto, marihuano que fabrican en segundos y dejan ver.

Lo encienden y  soplan intercambiando el cigarrillo para que haya humareda y termine en chicharra.

Son señales de humo a una altura de 40 metros que la gente que camina por la calle no ve.

No pasan el bareto con cigarrillo de nicotina. Secos, y a lo mejor con la risueña, desaparecen de lo que parece ser terraza de la sucia edificación.

Al momento los vuelvo a ver pero ya en la calle dirigiéndose a una venta de frutas y jugos para comilona y amortiguar la traba.

Pónganle cuidado a esta cifra tan cáustica: El 12, 4 por ciento de los colombianos que consumen marihuana la probaron por primera vez antes de cumplir los diez años.

Lo visto fue para mí fue hueso duro de roer,  y pensé: No joda, ahora la marihuana se fuma hasta en las terrazas y los tejados de las casas gracias a la Corte que falló y nuevamente le falla al pueblo colombiano con el argumento ideológico de que actúa en defensa de la libre expresión de la personalidad.

Quizás no han visto cómo han envejecido y enloquecido muchos   de los jóvenes colombianos que se entregan al consumo diario de estupefacientes.

Oído a los psicólogos que apuntan que la droga saca a los jóvenes de la realidad y los pone dentro de un cuadro psiquiátrico.

Para consumir sustancias psicoactivas y sin que afecte la psiquis hay que tener un cerebro de saltamontes y un corazón de toro de casta.

Algunos jóvenes experimentan con la marihuana y no lo vuelven a hacer por taquicardia. Un chapalido del corazón que asusta a algunos salvándolos de la adicción.

No han visto que desde que la Corte volvió añicos el nuevo Código de Policía los viciosos le echan a uno el humo sobre el rostro y los alicorados el  tufo apestoso al topamos con  ellos en la calle, plaza o parque. Señales de humo para un país que va mal y nadie sabe a dónde va a llegar.

El 12, 4 por ciento de los  colombianos que consumen marihuna la probaron por primera vez antes de cumplir los diez años. 

Señales de humo para un país que va mal y nadie  sabe a dónde va a llegar

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