Un actor de niebla y río

Me contaba mi madre que en los años ochenta, allí, en la miscelánea de doña Carmen, se podían alquilar las revistas de Memín, El Santo y otros cómics. Nueva novela del autor.

Jaiber Ladino Guapacha

Esta tarde me pasó por la cabeza escribir sobre mi amor, anotó en su cuaderno Constantín Kavafis después de un paseo por la playa. Luego añadió: Y, sin embargo, no voy a hacerlo. Tal es la fuerza de los prejuicios. El alejandrino vertía en su poesía las experiencias que le quedaban después del encuentro con otros varones, sin encriptar las imágenes. Sorprende entonces el tono de su confesión: Yo me he liberado de ellos, pero pienso en quienes todavía son sus esclavos y bajo cuyos ojos podría caer este papel. Una espada de doble filo: desafía la convención e intenta proteger a quien pudiera portar el mensaje. Y me detengo. ¿Por qué, mi amado Kavafis? ¡Qué pusilánime! Tranquilo, Maestro. Lo comprendo. Anotaré con todo, una letra T, como símbolo de este momento. Sí, señor. Es lo que hacemos donde no hay camino: abrimos una Trocha entre los fuertes bejucos y las afiladas zarzamoras tendidas entre una orquídea y otra, arriba, en la copa de los árboles. 

Dice el profesor Alexander Vargas que la grafía T en Kavafis puede leerse como una alusión al poema Muros, cuyo equivalente en griego es: “Theike”. Algunos prefieren llamarlo Prisiones, siguiendo la versión posterior impresa por el mismo poeta: Sin consideración, sin piedad, sin pudor, construyeron sólidos y altos muros en torno mío.

Si así es, si es que la letra T encierra el nombre de lo que amamos y no nombramos, Kavafis, para mí, que sean dos letras T. Una por la Trocha y otra por la Telaraña. La trocha que recorro como teólogo y la telaraña por el teatro que escribo.

Para unificar las versiones sobre Chaikos, el centurión, me dirigí al complejo de edificios que preside el tomo de la Civitas Dei. Mientras deambulaba por el anaquel agustiniano, la yema del índice que me servía de pie en la calzada que formaban los lomos de la Patrística, dio con la cabeza de un soldado. Advertí las huellas de la limpieza de Camilo: un libro al revés, una figura rota.

El soldado pertenecía a la comunidad del pesebre. He considerado que su presencia es necesaria, en el corazón de la Navidad, pues sin ellos la liberación que nace con Jesús pierde sentido. Lo saqué de la caja en la que compartía con ovejas y patos, para fotografiarlo sobre la espalda de Faber y así darle una propuesta al ilustrador para la portada del libro. Ahora tendré que enterrar su cuerpo en una matera. Espero que el agua y la humedad, las raíces y los microorganismos lo vuelvan parte de un precioso jade. 

Es significativo el hallazgo del pequeño soldado de barro. Buscaba el legajo de papeles en los que están reunidas las distintas versiones de mi primera obra de teatro, Chaikos, el centurión. Me han ofrecido publicarla. Eso me emociona. Y pues, ya que me dicen que solo tengo dos semanas para entregar el manuscrito, debo sentarme a reunificar los cuatro guiones en un solo. Resulta agotador. Aprovecho de que hoy es lunes y no tengo clases para sentarme a repasar el álbum fotográfico de este proyecto. Recuerdos, sentimientos. Los actores que le han dado vida a mis personajes. Las lágrimas. La incomprensión. Los teatros vacíos. Los aplausos entusiastas. Tantas experiencias, tanta belleza. Las tablas, las luces, la soledad. El repaso. ¡Uf! Y ahora, mi soldado de barro, decapitado. ¿Un mensaje desde el más allá que me envía el auténtico Chaikos? Quizá su cuerpo nunca hallado me está reclamando una oración. Una lágrima. Una flor. Tendré que viajar. Sí, voy a organizar estos papeles y el fin de semana volveré a San Antonio de Paredes. Quizá esté en pie el revistero de doña Carmen y allí encuentre, entre las estampitas de soldados conversos, la imagen de mi amigo disfrazado de centurión.

Era el local de doña Carmen una sola pieza en la que ella permanecía detrás de la vitrina, contemplando el pasar de las gentes por esa calle llena de comercio. Yo curioseaba la pared en la que hilos de nylon sostenían distintas ediciones de Condorito, abiertas por la mitad, mientras mamá compraba botones, canutillo y lentejuela para las clases de artística.

Me faltaba un año para graduarme cuando llegamos a vivir a San Antonio. Desde el primer domingo que subimos al mercado, ese almacén se apoderó de mi atención. Allí se compraban los libros que debíamos leer para el colegio junto con revistas de modas, de crucigramas y sopas de letras, lanas de toda clase para el croché de mamá y láminas de santos que yo coleccionaba por la influencia de los padres con los que había estudiado antes. 

Me embelesaba mirando la imagen y recordando los apuntes biográficos. Martín de Porres, el mulato peruano, con la escoba, los ratones, los gatos y los perros comiendo del mismo plato: por su condición racial no podía aspirar a ser un dominico como los demás, así que le encargaron la portería, la enfermería y la cocina, en la que lograba que en un traste comiesen un can, un felino y un roedor. En otra estampita, Jesús desclava su brazo de la cruz para acoger a Francisco de Asís. En la oración al Santo Juez, los elementos de la pasión: el gallo, la escalera, la lanza, los dados. Me contaba mi madre que en los años ochenta, allí, en la miscelánea de doña Carmen, se podían alquilar las revistas de Memín, El Santo y otros cómics.

Con la necesidad de contar con una lápida para la tumba de mi centurión, en la que una letra T esconda el nombre de mi primer gran amor, he pensado en la señora Carmen. He querido visitarla, invitarla a una cerveza y decirle que sí, que tiene toda la razón, y que a veces hay que escaparse de la ciudad y esconderse en los pueblos de la cordillera para respirar en el aire de las montañas la presencia de las aguas puras en que se sumerge la piel, triste y cansada, y despierta la eternidad. A veinte años de aquellas compras, como si estuviese buscando en una de esas sopas de letras, he cruzado cuatro palabras alrededor de la T.

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