Las salvajes trampas del corazón

Jaiber Ladino Guapacha
La jungla -asevera el poeta Rómulo Bustos Aguirre- no está solo en el corazón del tigre o en su garra. Después de describir el modus operandi de ese magnífico felino que es el tigre bajo las sombras de los árboles, el bate nos dice que así mismo acontece en el propio corazón. Por eso nos advierte que Un día cualquiera te asomarás al espejo y pudieras ser la próxima víctima.
Me resulta inevitable no evocar estos versos al momento de esbozar una reseña sobre La intacta materia de otros días (Alfaguara, 2023), una edición conmemorativa elaborada a partir de textos cortos de Manuel Mejía Vallejo y Álvaro Mutis, cuyo nacimiento, hace cien años, son la ocasión de una efeméride que nos invita a volver sobre su poesía y su narrativa. Este volumen de prosas resulta imprescindible para iniciarse en los temas, estilo y sintaxis que caracterizan sus trabajos. La selección es una invitación a extrañarse con lo cotidiano y a habituarse con lo extraordinario, es decir, a meterse en la jungla donde somos cazadores y presas. Dicha alquimia es posible por el trabajo respetuoso y constante de ambos escritores, que hacen de la palabra un conjuro para materializar la hondura del ser.
Juan Luis Mejía, autor del prólogo de la citada antología propone que Álvaro y Manuel abordaron el ejercicio literario como “un intento de permanencia, de sobrevivir en la memoria de otros”. Lo que corrobora el epígrafe de La casa de las dos palmas, tomado del poema Amén, con una pequeña alteración. Donde Mutis escribe: “Que te acoja la muerte”, Mejía transcribe “Que nos acoja la muerte, con todos los sueños intactos”.
Y es que la amistad de estos dos escritores daría lugar a un libro para ensanchar el corazón. Juan Luis recupera la siguiente apreciación dirigida a Manuel, de parte de Álvaro: “un abrazo de quien te quiere bien y te admira de verdad y que al estrecharte siente que tiene en sus brazos la mitad de su sangre por la que guarda veneración sin reservas y amor filial que no cesa”.

Viaje interior
Si bien pareciera que a este par los distancia la topografía en la que se desenvuelven sus personajes, lo cierto es que la única geografía que están recorriendo es la del interior humano. Es la sensación que nos queda después de recorrer las 150 páginas de este pequeño libro.
La prosa poética de Mejía Vallejo condensa el potens de la épica, es decir, en su interior está la semilla del relato de una gesta en la que héroes y dioses participan. En sus páginas reside el relato mítico, y por ende, filosofía y teología son hilos de la misma madeja. Místico y profano, el antioqueño de Jardín y Jericó, construye una prosa salpicada de poesía, en la que bien se deleita el forastero -o dígase lector-, quien al salir “se llevaba el pueblo en su mirada”.
Como si fuese rescatada de un libro sagrado, Balandú, el pueblo protagonista de Mejía Vallejo, aparece rodeado de un aura sobrecogedora: “el páramo era el eco de un estado del alma, todo se concentraba para la necesidad del regreso, para otra fuga de la fuga, cuando también es regreso la recuperación del sueño o de la pesadilla”.

Viaje literario
Después de la visita a Balandú, de las entrevistas con el silencio en el caserón de las dos palmas, el lector comienza el descenso en el camión destartalado de Mutis. Pero antes de abandonar el reino de la niebla, es necesario entrar por una cerveza al corralón de la Nieve del Almirante. Allí nos topamos con Maqroll, El Gaviero, experto en los vientos huracanados del mar y la cordillera. Después de brindar por la hospitalidad y preparándonos para el viaje, es necesario aligerar la carga yendo al mingitorio al que van “a orinar los viajeros, con minuciosa paciencia, sin lograr oír nunca la caída del líquido, que se perdía en el vértigo neblinoso y vegetal del barranco”.
Las arrugas, la carretera, la niebla, el abandono. Cierta melancolía se apodera de nosotros y nos adormecen las lágrimas contenidas. De pronto, mientras nos subimos la cremallera leemos en la pared de madera:
“Sigue a los navíos. Sigue las rutas que surcan las gastadas y tristes embarcaciones. No te detengas. Evita hasta el más humilde fondeadero. Remonta los ríos. Desciende por los ríos. Confúndete en las lluvias que inundan las sabanas. Niega toda orilla”.

Un ángel invisible espera
Inicié esta invitación a repasar la obra de Mutis y Mejía Vallejo invocando un poema de Bustos Aguirre para recordar que somos nosotros mismos los que nos hacemos la zancadilla y nos empujamos a un foso que hemos cavado, llevados por una ambición, una codicia. Nuestro destino no está en otras manos que no sean las propias. Los personajes de ambos autores están para recordarnos esa premisa y ayudarnos con el perdón o la locura que sólo se consigue en los hospitales de Ultramar.
Por eso cierro esta reseña con la ruta que ofrece Mutis para dar con ubicar nuestra breve dicha sobre la tierra:
[…] A la vuelta de la esquina te seguirá esperando vanamente ese que no fuiste, ese que murió de tanto ser tú mismo lo que eres […]

SUSCRÍBETE A NUESTRO BOLETÍN INFORMATIVO

Para estar bien informado, recibe en tu correo noticias e información relevante.

 
- Publicidad -

LO ÚLTIMO

- publicidad -