Pero al hablar de nuestra tierra, del paisaje del Eje Cafetero, Drews el arquitecto se despoja de sus títulos y un poeta presuroso corre en auxilio de su voz.
John Jairo Vera Ospina*
Por estos días me he dado a la tarea de leer el libro “Mi vida y otros recuerdos” (Bogotá, 2023), del arquitecto y escritor pereirano Willy Drews, miembro de la distinguida familia que conformaran Carlos Drews Castro y Ana Arango Restrepo en esta bella ciudad y a la que también pertenecieron sus hermanos Gretel, Hans, Lissy y Henrique.
Willy Drews, quien ya ha escrito varios libros y ha dejado huella como profesor de varias universidades en Colombia y Alemania, contrajo matrimonio con Stella Casas, con quien tuvo tres hijos: Carlos, biólogo y residente en Vancouver (Canadá); Mónica, administradora de Empresas, radicada en Costa Rica; y Diana, artista plástica, quien vive en Bogotá. Hijos que se hayan presentes a todo lo largo de este libro, quienes, como su esposa (ya fallecida), han sido testigos de todas las peripecias profesionales y deportivas que emprendió.
Comienza el arquitecto Drews haciendo un recuento de la Pereira en la que nació y creció, del Liceo De Croli y el Colegio de la Salle, de la casa de la 17, en donde habitaban tres generaciones de Drews: su abuela Tulia, su tía Edith y su primo Aurelio, quien con otros dos primos, Álvaro y Marjorie, hicieron parte de sus juegos infantiles y de los “montajes” teatrales que hacían para deleite de quienes visitaban esa bien recordada casa.
Su sello
Como arquitecto le ha imprimido su sello a numerosas casas particulares en Colombia y algunos países de Centroamérica, así mismo diseñó el aeropuerto “Matecaña”, el Puente Aéreo en Bogotá y el aeropuerto de San Andrés, los terminales de transporte de Pereira y Popayán, los centros comerciales Alcides Arévalo en Pereira, y Ciudad Tunal, Plaza de las Américas y Porto Alegre en Bogotá, y los edificios para el Banco Popular en Pereira y Bucaramanga, entre muchos otros.
Pero al hablar de nuestra tierra, del paisaje del Eje Cafetero, Drews se despoja de sus títulos y un poeta presuroso corre en auxilio de su voz: “(…) El paisaje cafetero fue obra del hombre. La naturaleza aportaba solamente la geografía y el hombre cubría el terreno ondulado con arbustos verdes de pepas rojas, formados en filas y columnas como soldados, debajo de un bosque que suministraba la sombra que los cafetos necesitaban. Era un bosque principalmente de guamos acompañados de guayabos, yarumos y tal cual acacia.
El paisaje cafetero no era para mirarlo. Era para vivirlo con su olor a tierra removida y fruta madura, y revivirlo con sus distintos verdes salpicados de punticos aleatorios rojo toche su contraste de luces y sombras que cambiaban continuamente; la caricia sobre la piel del sol de clima templado filtrado por los arboles; el trino de los pájaros y el canto de las cigarras cansadas del silencio de un año de entierro.
(…) El paisaje cafetero ya no es el mismo. El bosque de guamos desapareció con la llegada de nuevos tipos de café que no necesitan sombrío. Se fueron los toches, ya no cantan los canarios y desaparecieron los azulejos. Sus trinos fueron derrotados por el silencio y las cigarras se enterraron para siempre con su canto. Ya no huele a tierra y guayabo, la vida efímera de las mariposas se cumplió, y la alfombra de luces y sombras desapareció…”.
Bicicleta
Pero si el poeta se hunde en su nostalgia y nos arrastra también con sus recuerdos “para tratar de reconstruir el paisaje cafetero del País Paisa”, no menos emocionante es su evocación de la geografía patria sobre una bicicleta, como cuando planearon ir desde Pereira hasta la costa, y luego a Tunja, la laguna de Tota y, también, a los llanos. Willy el ciclista vuelve a hundirse en sus recuerdos: “(…) Soy ajeno a veleros y trineos y nunca tuve complejo de Ícaro, pero si disfruté durante largos años los placeres del ciclismo, inicialmente competitivo y posteriormente, cuando el cansancio venció la vanidad, el recreativo”.
Para Willy el ciclista, escalar la montaña y sentirse sobre ella lo llena de emoción, no importa que tan cansado pueda estar allí: “En la cima las nubes se han convertido en una neblina que lame el piso, y se me antoja pensar que las nubes no han bajado. He sido yo quien ha conquistado el cielo, y de paso he derrotado las matemáticas al demostrar que mil curvas de veintitrés metros no es lo mismo que veintitrés kilómetros de curvas.
No olvido ese momento, ni mi cuerpo cansado que no puede con el ego, ni los bocadillos con amor, ni el agua de vida ni esos pequeños empujoncitos que más que moverme el cuerpo, me empujaban el corazón…”.
Luego, como demostrándose que los muchos años lejos de la tierra que lo vio nacer no han podido hacerle olvidar la nostalgia que siente por ella, agrega: “(…) El escenario de este otro recuerdo es un camino veredal de la zona cafetera. Son las once de la mañana, hora en que las cigarras ya han calentado instrumentos y se dedican a aportar su canto a la música del clima medio.
Yipao
De pronto se oye el ruido de un motor que pareciera a punto de explotar por el esfuerzo, y pasa lentamente un viejo Jeep Willys que sube y baja incansable las ondulaciones propias de la región, forrado en racimos de plátanos –un «yipao»– o apabullado por un trasteo de muebles viejos y colchones.
A ambos lados se ven y se huelen los cafetales, con sus arbolitos verdes y redondos cargados de flores blancas y valiosas pepas rojas y verdes, alineados en estricta formación… y me paro a contemplarla como sencillo homenaje a una escena que nunca volveré a ver”.
Este libro de Drews nos lleva y trae entre sus recuerdos de infancia, su profesión, su esposa y los logros de sus hijos, y, desde luego, la bicicleta, en fin, todo lo que lo ha hecho un hombre feliz: “No sé si el hecho de haber sido ciclista me hizo un arquitecto diferente, y viceversa. Pero en todo caso fue una linda relación que disfruté toda la vida”.
*Escritor. Miembro de la Academia Pereirana de Historia



