Sara Valencia Jiménez **
“¿Cómo escapar de ello? ¿Cómo evitarlo? ¿Por qué?”. Estas preguntas recorren mi mente y no descansan un segundo. Ayer reía con mis amigos y hoy todos mis sueños han quedado olvidados, simplemente luchando por sobrevivir, dejando todo atrás, hasta a mis más amados y mi corazón, en una nación que rápidamente se rompe.
Esta es la triste realidad de millones de ucranianos que desde hace más de un año han pasado noches sin dormir, intentando hallar un futuro en paz; algunos de ellos lo han encontrado en una república en el centro de Europa.
Aunque República Checa es un país pequeño, este se ha solidarizado de manera importante con Ucrania, al rememorar y recordar el pasado bajo la sombra que dejó la Unión Soviética en la historia de su país. Pocas libertades y muchos miedos como, por ejemplo, la incertidumbre de no saber cuándo, como sociedad, lograrían tomar el control.
La República Checa es un país bastante estable, con Praga siendo la décima capital más segura y hermosa del mundo, como dicen algunos. A pesar de esto, en agosto de 1968 el país fue invadido por la Unión Soviética debido a que diversas reformas políticas hicieron sentir que el poder que tenía el Partido Comunista sobre varios países en Europa central se podría perder.
El recién elegido presidente de la Unión Soviética en Checoslovaquia, Alexander Dubček, empezó una protesta masiva gracias a que el pueblo se sintió identificado con sus propuestas de liberación sobre el régimen. Esta duró alrededor de ocho meses con el propósito de cambiar algunas restricciones que se tenían en el momento, como la libertad de expresión, la facilidad de desplazamiento, las limitaciones con los medios de comunicación y la división entre Eslovaquia y República Checa (la única que se logró ejecutar varios años más tarde).
El régimen estuvo en el país hasta 1989, por lo cual es un evento histórico muy reciente que llenó las memorias de muchos.
Los recuerdos de Miloš Stibal, mi padre anfitrión en este país, narran lo difícil que era conseguir carros: “Ponías tu nombre en una lista y podrían demorarse hasta diez años en entregártelo”.
En un bosque cerca de la ciudad de Tábor, jóvenes encontraron un lugar escondido para lograr sincronizar la radio alemana simplemente para escuchar música extranjera, mientras que en los colegios eran forzados a aprender a hablar ruso.
La liberación del país se logró de la misma manera en la que todo comenzó. Una protesta política en la que participaron más de 500 mil protestantes, que costó muchas vidas e incertidumbre, aunque finalmente valió la pena.
Hoy en día se pueden distinguir notoriamente los edificios comunistas de las hermosas construcciones antiguas.
Desde que comenzaron las amenazas de Rusia hacia Ucrania, el país se vistió con azul y amarillo, incluso en los lugares más importantes, para hacer sentir su apoyo y dar visibilidad a lo que está sucediendo.
En la República Checa, donde antes de la guerra había legalmente más de 165 mil ucranianos, se han concedido visados especiales a 340 mil personas que huyen de la invasión, en su mayoría mujeres y niños (Monge, 2022).
Además de esto, desde la invasión el Gobierno checo contribuyó con armas y tanques para la defensa ucraniana.
Sin embargo, como es ley en la vida, cada cosa que sucede afecta a todo lo demás.
Claramente, los precios de todos los productos y servicios han subido, haciendo que el precio de vida también haya aumentado: recuerdo que la membresía de mi gimnasio costaba 800 coronas checas y pocos meses después costaba 1.000. El valor de la gasolina está sobre el cielo, al igual que la comida, la luz y el gas. Por esta razón, algunas familias checas están optando por hacer cambios significativos como, por ejemplo, poner páneles solares en sus casas, utilizar mayormente las chimeneas en lugar de calentadores o caminar un poco más para evitar el consumo innecesario de gasolina.
El Estado ha pasado por situaciones difíciles, bajo las cuales la población no desea volver a vivir, y es por esto que se ha sentido una gran empatía por la dolorosa realidad que enfrenta Ucrania en este momento: recibiendo a niños en sus colegios, intentando enseñar su idioma, dando trabajos y, en ocasiones, saliendo de su zona de confort para poder ayudar a otros. Estas han sido decisiones muy nobles que Chequia ha tomado.
Nunca imaginé que vería con mis propios ojos los actos de nobleza que este país ha tenido y la solidaridad que se siente. Pero tampoco pensé que, después de la historia que ha vivido el continente Europeo y de todos los aprendizajes que ha dejado, aún fuera posible que sucedieran estas devastadoras situaciones.
** Sara Valencia Jiménez es estudiante del Liceo Taller San Miguel y reside en República Checa desde hace un año como estudiante de intercambio del Club Rotario Pereira del Café. Esta experiencia ha significado para ella grandes aprendizajes y, entre ellos, la posibilidad de experimentar en carne propia cómo se ha vivido en el corazón de Europa la guerra que actualmente sucede entre Ucrania y Rusia.



