El Bali de mi recuerdo

Crónica a la imprudencia

Andrea Ruiz Manrique

Había buscado mucho y no encontraba, subía y bajaba por las calles tranquilas de Canggu, calles que no olían a una sola cosa, a una mezcla entre sahumerios, pescado, arena y sudor. Exhibidas, había de todos los colores, tamaños, modelos y precios, pero sabía que necesitaba una pequeña, liviana y barata, así que desde el primer momento en que la vi, supe que sobreviviría y que sería un viaje que no dejaría de sorprenderme.

Dila es de esas personas que sonríen con los ojos, joven, simpática y con un inglés mejor que el mío y que el de la mayoría de los balineses. Me dijo: “¿Sabes manejar?” y yo contesté entre los dientes: “Sí”, así, seco y sin mucho adorno, para que no me descubriera la media mentira. Yo sí sabía, aprendí cuando tenía 14 años en Caucasia, allá en límites entre Antioquia y Córdoba; tengo marcas de gasolina que lo demuestran, pero no manejaba desde hacía 18 años. Dila sonrió, me pidió el pasaporte y me entregó las llaves. Yo las metí en el hueco que tienen todas las motos, giré la perilla, pero no prendió. Dila me miró incrédula: “¿No la sabes prender?” y yo le dije: “¡Claro! Lo que pasa es que en mi país se prenden diferente.” Ella volvió a sonreír y me enseñó cómo encenderla y otros trucos rápidos.

Cuando me sentí medianamente lista, arranqué. Recuerdo escuchar a Dila gritando: “Be safe.” Yo temblaba todo el cuerpo y hacía temblar la moto con mi movimiento; afortunadamente, eran casi las 9:00 p.m. y no había tanto tráfico. Al final de todo, las emociones son como las luces de otros carros que nos atraviesan: encandelillan, pasan y se van.

Llegué al hostal, no dormí nada por la ansiedad, por el susto y la locura. Estaba consciente de la imprudencia que iba a cometer por mi deseo de conocer el Pura Lempuyang, un templo levantado al Dios de la Paz, al que solo se llega pagando un tour costoso o encaramada en una moto. Oré mucho, le escribí a mi prima la Polocha y ella, que casi pierde el pie izquierdo en un accidente de moto, me dio un consejo ganador: “Manténgase bien en la orilla de la vía y siempre frene con las dos manos.”

Pensé mucho en no hacerlo, en abortar la misión. Google Maps pronosticaba que serían casi cinco horas manejando de ida y otras cinco de regreso por una carretera que no tenía ni idea de cómo sería. Pasadas las cuatro de la mañana, por un impulso de adrenalina, me paré, me bañé rico con agua caliente en ese baño que olía a berrinche, me puse la pinta motera que incluía camisa manga larga para no quemarme los brazos, me encomendé a todos los santos a los que le reza mi abuela y arranqué, convencida de que era una hora perfecta sin tráfico para los novatos como yo. Salí… ¡el tráfico era monumental!, como las seis de la tarde por toda la Ferrocarril, sentido Pereira – Dosquebradas.

Me mantuve en la orilla, siempre bien a la izquierda, frenando con las dos manos y me relajé un poquito. Invoqué la terquedad de mi papá combinada con la sensatez de mi mamá, respiré y me concentré: “Usted es capaz, Andrea, usted es capaz. Tranquila, tranquila.” Después de unos kilómetros y algunos semáforos que me enseñaron a parar bajando los pies y a volver a arrancar sin temblar, el miedo se fue, y empecé a disfrutar. Despacio, sin necesidad de pasármele a nadie; mientras más rápido vamos, menos podemos percibir y más fácil es perdernos del asombro de las cosas simples, de la vida. Vi amanecer, la claridad trajo el caos, la bulla, más personas, más motos, todas lindas, antiguas y modernas.

Fueron cuatro horas sabrosas en una carretera que tenía de todo: tráfico lento, autopista, curvas en subida con camiones, trochas, monte, huecos, gente sonriendo, micos atravesados, vendedores, caseríos, ruinas, piedras en forma de dragón, puertas abiertas que conducían a la nada. 

Siempre con mi familia en la mente, llegué a tiempo al templo. Aquí tuve la sensación profunda de estar detenida en el tiempo o suspendida en él, sentía que en este rincón del mundo lo imposible se revestía de fe, todo estaba tan vivo en medio de la nada, en medio de la calma, todo esperando a ser descubierto por quien se atreviera a ir más allá de las fronteras conocidas.

Descubrí que muy pocos llegamos hasta aquí en moto, quizás por desconocimiento, por comodidad o porque la mayoría puede darse la extravagancia de los tours. Me sentí afortunada por mi austeridad, pero también por el privilegio que me permite andar el mundo. Arrodillada en un templo hinduistas, le pedí a la Virgen María y a Dios muchas cosas, porque así somos de agalludos e insaciables. Pedí para que mantengamos el impulso humano por aprender, cuestionar, soñar con otras formas posibles, la capacidad de estar presentes sin apresurarnos, de ver con claridad, con respeto, empatía y amor, de descubrir que el viaje hacia lo desconocido, el viaje hacia el interior, nos da la libertad para movernos sin prejuicios, con esperanza, con miedo, pero siempre confiando en la abundancia del universo y en la inmensidad de todos. La paz del lugar me dio el aliento y la fuerza necesaria para seguir adelante.

El regreso fue mucho mejor, ya con más confianza. Ajusté los espejos, la velocidad aumentó, no me aguanté detrás de los camiones y evitaba frenar del todo cuando se acercaba un semáforo para no verme obligada a ladearme y bajar los pies que me quedaban colgando. Regresé casi a las 9:00 p.m., llegué a la tienda de vestidos de Dila, ahí estaba, tranquila como la noche anterior. Ella me vio sorprendida y sonrió aliviada. Yo me despedí feliz y orgullosa.

Después de ese día estuve poseída por el espíritu moto-ratón durante una semana más, conocí todo lo que quise y todo lo que el tiempo me permitió en este lugar mágico al que las fotos, las historias y las expectativas no le hacen justicia por lo increíble de sus paisajes, la grandeza de su espiritualidad y la hermosura de sus personas, serenas, simples y solidarias.

Un lugar de contrastes, locales mezclados con turistas, hinduistas, mochileros, cristianos, veganos, exhibicionistas, budistas, extravagantes, perritos playeros, “personas hasta de un solo ojo”, la mayoría con una tranquilidad contagiada por el mismo lugar, todos intentando desafiar las exigencias de la actualidad que nos impulsan a la rapidez, al disfrute momentáneo. 

Entonces, pienso nuevamente que la verdadera recompensa del viaje siempre es modesta: se trata de los momentos que no retratamos, los que no podemos colgar en una pared o en un estado de redes sociales. Se trata de descubrir algo nuevo, algo que no sabíamos, algo que no teníamos, algo que no se encuentra en las guías impresas de viajes.

 

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