Por José Bernardo Arcila Alzate
La búsqueda de la verdad como fuerza liberadora es una de las funciones de los historiadores. En esta oportunidad, no me referiré a temas tan profundos, como si existieron dos Bolívares: uno demócrata y otro dictador; si fue amigo de la masonería o si la prohibió; si sus triunfos fueron más de obras extrañas que de sus propias manos, como dijo Carlos Marx en 1858, o cuál fue el real pensamiento político del Libertador en medio de sus eventuales flagrantes contradicciones. Trataré el curioso asunto del uso de gafas por el general, quien dijera en una de sus múltiples renuncias al poder:
“Mi primer día de paz será el último del poder”.
Recordemos que ni en la iconografía del Libertador, ni en los elementos personales que se observan en la Quinta de San Pedro Alejandrino en Santa Marta, ni en la Mansión de la Magdalena en Lima, ni en la Quinta de Bolívar en Bogotá, se han encontrado ni siquiera huellas de que el Libertador usara antiparras.
Sin embargo, sobre ese aspecto nos cuenta un gran escritor colombiano:
“José Palacios le dio las antiparras de cristales con un armazón de plata fina que llevaba para él en el bolsillo del chaleco. El general se las puso y se afeitó, gobernando la navaja con igual destreza de la mano izquierda como de la derecha, pues era ambidiestro natural”.
De José Palacios se sabe que era seis años menor que Bolívar, había nacido esclavo en la casa del general por un mal paso de una africana con un español, tenía el guardarropa más surtido y costoso del séquito de Bolívar, iba siempre de civil, nunca admitió el derecho de vestir ropa militar y murió alcohólico a los 76 años en Cartagena.
Se dice que no sabía leer ni escribir, pero hay una leyenda en el sentido de que Bolívar le enseñó, debiendo su servidor decir que era analfabeta como una estrategia del Libertador para obtener más información de sus lugartenientes.
Luego, en la obra que luego citaré, se lee:
“Cuando terminaron los saludos, después de la reunión, recibió un pliego firmado por numerosos granadinos que le expresaban el reconocimiento del país por sus años de servicios. Fingió leerlo ante el silencio de todos, pues no hubiera podido ver sin lentes ni una caligrafía aun más grande”.
Posteriormente dice:
“La fiebre había cesado por completo y se sentía con tantos ánimos que le pidió pluma y papel a José Palacios, se puso los lentes y escribió de su puño y letra una carta de seis líneas para Manuela Sáenz”.
En otro pasaje dice el laureado escritor costeño:
“Una noche, una esquela sin membrete pasó de mano en mano y nadie supo cómo llegó hasta la hamaca del general. Él la leyó sin los lentes a la distancia del brazo y luego la puso en la llama de la vela hasta que se acabó de consumirse”.
Investigando dentro de las cartas del Libertador a Manuela Sáenz, encontré la siguiente:
“Ortuzco, mediados de abril de 1824. Me dices que no te gustan mis cartas porque escribo con unas letras tan grandotas, ahora verás que chiquito te escribo para complacerte”.
La presbicia, dicen los médicos, significa literalmente “ojo envejecido”, condición ocular relacionada con la edad que dificulta ver de cerca. Después de los cincuenta años de edad, el cristalino se vuelve más rígido, por ello, actividades como la lectura o ver cosas a corta distancia se hacen más difíciles.
Contribuye a verificar esa condición en el Libertador este pasaje:
“De entre los bienes de Bolívar, se encontró en un antiguo cajón ropa de cama muy usada, dos libros que pertenecieron a Napoleón: El contrato social de Rousseau y El arte militar de Montecuccoli, regalo de sir Robert Wilson; una espada con brillantes y una escopeta inservible. Varios pares de espejuelos en desuso con graduaciones progresivas desde que el general descubrió su presbicia incipiente en la dificultad para afeitarse a los 39 años, hasta que la distancia del brazo no le alcanzó para leer a sus 47 años”.
Particularmente, creo que los muchos pintores del Libertador, como Pedro José Figueroa, Jaime Joaquín Santibáñez, José María Burbano, José María Espinosa, Pío Domínguez del Castillo, François Désiré Roulin, Antonio Meucci, el también coronel Luis Perú de Lacroix, Rita Matilde de la Peñuela, Epifanio Garay y Emilio Meurisse, no retrataron al general con la faceta que ahora les presento. Por ello, estimo que es un “Bolívar diferente”. Lo elaboré en acrílico sobre lienzo, con base en una obra del médico, filósofo y pintor, profesor también de anatomía, el francés François Désiré Roulin.
La obra a la cual hago referencia es la del insigne escritor de Aracataca, Gabriel García Márquez, El general en su laberinto, Editorial Oveja Negra, Bogotá, 1989, y textos de internet.
Agradezco a mi hermano Duván, médico, su búsqueda de las gafas, antiparras o lentes de la época del Libertador de cinco repúblicas y las críticas constructivas de mi hermano Marino, abogado y filósofo.



