Por: John Jairo Posada Castaño
Especial para EL Diario
El más grande, Charles Chaplin; la mejor del teatro en Pereira, Antonieta Mercury, de quien fui su alumno “mimado”, y la que me transformó en un actor de carácter, a finales de la década de los años setenta, en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Tecnológica de Pereira, ubicada en el Lago Uribe. Luego conocimos y visitamos, hasta el sol de hoy, a nuestro siempre maestro del Cine Germán Ossa. Por aquellos años, yo, con 17 años de edad, lo íbamos a escuchar con sus sabias y estupendas introducciones antes de cada película, porque sin duda alguna él es quien más sabe de cine en Pereira. Eran los ciclos del cine Universitario de Comfamiliar antes o después de los ensayos del grupo de Teatro los juglares, y la directora ‘Toña’ siempre nos pagaba los boletos a los actores de entonces. Ellos todos fueron los culpables directos de que este cronista amara el séptimo arte.
Pero, al ‘echar’ para atrás la ‘película’ de mi vida, debo escribir que mi padre, Antonio Posada Suárez, alias el Amplio, asesinado en 1964 en Marsella, Risaralda, Colombia, por ‘pájaros’ liberales, casado con doña Carolina Castaño Jaramillo, denominada por mi abuela, Clara Jaramillo, “relámpago”, fue dueño de medio teatro en Marsella, en la década de los sesenta. Desde niño me decían en el pueblo, de apodo, ‘Jairo Treinta’. Eso pedía a mi madre y a mis 12 hermanos para ir al cine. Esa ha sido nuestra pasión toda la vida, y sigo ahora, con mis 62 años de edad, yendo dos veces por semana, a mediodía, después del almuerzo cotidiano, a las salas de cine de Ciudad Victoria en Pereira, al lado del Canal Telecafé, donde ahora laboro como cronista. Estoy muy feliz, puesto que cuento con el mejor equipo periodístico y técnico de nuestro poderoso Canal Regional. Donde, entre otras noticias del día, realizo crónicas de televisión, que es mi mejor sello personal hoy, como profesional y graduado con honores en 1985 en la Universidad Nacional de Panamá, como Comunicador Social, país donde conocí, en el primer año de estudiante de periodismo, en un viaje al Caribe, y como premio a los más destacados del semestre, a uno de los más grandes generales que ha dado la Historia de América Latina: Omar Torrijos Herrera. Su muerte, registrada por la televisión panameña y americana como “accidente aéreo” en el Cerro Marta el 31 de julio de 1981, fue, en realidad, un crimen de Estado, estoy casi seguro.
En un libro que hoy escribo en silencio y con disciplina, narraré cómo no fue un “accidente aéreo” y supuestamente, el autor intelectual y material de su muerte. Ese siniestro personaje ya murió, y fue un sanguinario dictador panameño. Luego contaré el resto para que se venda mi libro, ‘Cabaret Panamá’, que está ya casi listo, pero madurando despacio, y que estoy seguro agotará ediciones. Mientras estudiaba mi carrera, fui inicialmente mensajero, luego portero del cine, y logré el ascenso a periodista del Grupo Experimental Del Cine Universitario, GECU. Ahí conocí al más brillante crítico panameño, Edgar Soberón Torchía; al escritor panameño Pedro Rivera; también al poeta ‘Chuchú’, José de Jesús Martínez, asesor privado y escolta del General Torrijos, quien murió el 27 de enero de 1991. Él me contó varios secretos, pronto los revelaré.
Fui por cinco años corresponsal permanente de la Cadena Caracol de Colombia, periodista de la Agencia Española de Noticias EFE, jefe de Redacción de la Radio Nacional de Panamá, corresponsal de varios noticieros de TV. He laborado durante 42 años en este duro oficio que “es la forma más divertida de ser pobre”. Desde 1990 trabajé como cronista de El Diario del Otún, fui jefe de redacción de La Crónica del Quindío, y he sido reportero y cronista de 16 noticieros de televisión en el Eje Cafetero. Y siempre he ido al cine. Mi más grande maestro es Yamid Amat, con quien también trabajé cinco años en el Eje Cafetero como corresponsal de CM&. En Pereira, mi mejor amigo y colega es Óscar Osorio Ospina, “Grande”, el que mejor escribe en esta ciudad, y el “único que me regaña”.
Pero, al revolcar mi memoria, la primera película que vi fue una de Semana Santa. Era un niño, de cuatro años, asustado. Entré al cine por primera vez en Marsella, a ese único teatro, y no me gustó el filme, porque al final moría dramáticamente el protagonista: Jesús. Entonces las lágrimas no hicieron ruido al caer, puesto que salí de la sala llorando y enojado.
En la década de los setenta, viviendo ya en Pereira, en el barrio Centenario, siempre fui a cine con cuanta novia conseguía. El Teatro Capri, el Cine Consota, el Karka, el Caldas, y otros más, eran la visita feliz los domingos a las 10 de la mañana. Más adelante, vimos todo el cine mexicano y de vaqueros. Cumplidos los 18 años, me gradué de bachiller con el puntaje más alto del ICFES, en el Instituto Comfamiliar de Pereira, cuya sede quedaba en la Circunvalar, donde hoy funciona una clínica.
Ya tenía otras novias, de besos apasionados en cine, y hasta logré ser amado por una profesora de literatura de algún colegio cercano, quien era una fina mujer, separada de su marido, usaba un perfume costoso y ropa interior roja de la mejor calidad, y la que me llevó a su apartamento ubicado por el barrio Los Alpes. Mientras le leía en voz alta ‘Madame Bovary’, novela de Gustave Flaubert, hacíamos, horas después, el amor, en batallas de plumas, que acababan con deliciosos “tres puntos de soldadura”, pero usando el más costoso condón. También, al final de la corta relación, nos despedimos con vino y besitos, desde el pie hasta el alma.
Y fuimos varias veces al cine, de noche. Concurrimos luego donde Olmedo Ospina, al ‘Rincón Clásico’, ubicado en la calle 22 con carrera segunda de Pereira, y ha sido siempre uno de los 50 mejores bares de Colombia. Por su maravillosa música de colección, fui amigo personal de Don Olmedo. Le hice, ya maduro, para el Noticiero 24 Horas de Colombia, varias crónicas de televisión que le dieron la vuelta al mundo y aún las repiten en varios informativos locales.
A ella, la conquisté unos meses solamente, y nos dejamos poco tiempo después, porque esa ‘Diva’ era mayor que yo, pero un ‘caballero no tiene memoria’. Luego, en noches de bohemia pura y sana, entre amigas descubrí otros acertijos del amor: amé y me amaron, dejé y me dejaron. Siempre regalé poemas en servilletas, tuve amigas “pecadoras” y amigos peregrinos, entre rumbas del bachillerato, pero antes concurría siempre al cine.
De adulto, en compañía de mi madre, Carolina, vi la película más larga en mi vida: tres horas y 58 minutos en el Teatro Capri, ‘Lo que el viento se llevó’, un espectacular romance bélico, estrenado el 17 de enero de 1940 en Estados Unidos. Con otras novias vi ‘Terremoto’, con unos novedosos parlantes que hacían el efecto de temblar el Teatro Capri, y no sabía si seguir besando a la novia’ o calmarme.
Cómo extraño esos memorables días inolvidables. Películas como ‘Cabaret’, que es mi favorita, la vi 56 veces. ‘Tiempos modernos’, ‘Pelotón’, ‘La estrategia del caracol’ son, entre miles, las cintas que más recuerdo.
Sigo visitando a Germán Ossa los jueves y viernes en Pereira. Le hago muchas entrevistas y cubro para Telecafé lo que está pasando en el mundo del arte y la cultura en Risaralda.
Hoy domingo, iré con mi familia al cine, después de leer El Diario, mi Diario en Pereira, el mejor.



