Los piques, otra vez

Nuevamente los llamados piques ilegales cobraron el fin de semana pasado la vida de dos personas. Esta vez una pareja de jóvenes motociclistas murieron al chocar violentamente contra un camión en la variante La Romelia – El Pollo cuando con un grupo de motociclistas se dirigían, según voces de sus mismos integrantes, a realizar esta peligrosa práctica.

No es la primera vez que unos motociclistas pierden la vida en medio de la imprudencia, la temeridad y la irresponsabilidad de una práctica que desafía todas las normas, no solamente de tránsito sino de convivencia ciudadana. Cada vez son más las personas, especialmente jóvenes, que mueren en medio del desenfreno y la locura de los piques.

Los piques son verdaderas jaurías humanas que no solamente desafían la ley, sino que alteran el orden publico, atemorizan a quienes se topan en su loco camino y le quitan la tranquilidad y el sosiego a los habitantes de los sectores donde practican sus peligrosas maniobras y sus desaforadas carreras.

Lo más grave de todo esto es que las autoridades todas, las de tránsito y las de policía, parecen haber perdido definitivamente la batalla contra esta práctica ilegal o por lo menos están resignadas a saber que sus acciones están limitadas a tratar de evitar que la presencia de los motociclistas ponga en peligro la vida de las comunidades donde se hacen los piques.

No de otra manera se explica que estos grupos de motociclistas se citen públicamente por las redes sociales, tengan unos días escogidos para sus prácticas y se conozcan los horarios y los sectores donde regularmente se encuentran para realizar sus andanzas, y a pesar de esto no aparece un solo guarda de tránsito o un solo policía a poner orden, y cuando lo hacen llegan cuando la comunidad ya ha soportado todos los desmanes y excesos de los inamistosos visitantes.

Mientras tanto muchachos y muchachas jóvenes y con una existencia por delante, siguen perdiendo la vida producto de una práctica extrema que es una verdadera trampa mortal para quienes la ejercitan sin control alguno y un motivo de terror para los sectores de la Ciudad donde se realiza.

Esto sin tener en cuenta que estos regulares y temerarios encuentros se han vuelto también focos de tráfico y consumo de estupefacientes y de toda clase de sustancias alucinógenas, amen de que el combustible corriente que alimenta tanta barbarie y tanto desenfreno, suele ser el licor.

Es hora, pues, de que alguna autoridad le ponga mano a un problema que no porque se ha salido de madre, deba dejarse avanzar más, máxime cuando su presencia cada semana cobra nuevas víctimas y cuando su práctica se ha vuelto insoportable para sectores muy populosos de Pereira y de Dosquebradas. 

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