Ciclorutas sí, pero…

De qué sirve tener reservado un espacio para las bicicletas en la carrera séptima si permanece lleno de ventas ambulantes, de vehículos estacionados y de cocinas al aire libre.
Casi todas las ciudades del país han venido haciendo esfuerzos importantes para estimular el uso de la bicicleta como medio de transporte y, por supuesto, como elemento que contribuye, de un lado a la preservación del medio ambiente y del otro, al mejoramiento de la salud de los ciudadanos.
En el país hay una legislación amplia no solo sobre las condiciones que se deben tener en cuenta al momento de diseñar y construir los corredores viales para el uso de las bicicletas, sino también los criterios urbanísticos que hay que cumplir para que estos elementos encajen sin problema en el desarrollo físico de las ciudades.
Adicionalmente, hay normas claras que regulan el uso de la bicicleta en los contornos urbanos, que facilitan su movilidad para que puedan cumplir con su misión tanto de transporte como recreativa, que propician su buena utilización dentro de unos parámetros mínimos de seguridad y que garantizan el respeto por parte del resto de los actores viales.
Sin embargo, en la práctica todo esto tiene muy poco valor. Las ciudades simplemente dejan unos espacios, la mayoría de las veces estrechos e insuficientes, sin tener en cuenta las condiciones topográficas o la disponibilidad de espacio, o la interferencia que pueda causar en la circulación de los vehículos tradicionales.
Por eso, es común encontrar ciclorutas como la demarcada en la Ciudad a lo largo de las carreras séptima y octava, o de la calle 21, o la de la llamada Avenida Longitudinal. De qué sirve, por ejemplo, tener reservado un espacio para las bicicletas en la carrera séptima si permanece lleno de ventas ambulantes, de vehículos estacionados y de cocinas al aire libre.
O para qué construir una ciclobanda en la Longitudinal, o en la Avenida Circunvalar, si no conectan con ninguna otra ruta. Nadie que se movilice en bicicleta va a montarse en la Avenida del Ferrocarril y cuando llegue a La Rebeca, donde se acaba la cicloruta, se va a echar al hombro la bicicleta para continuar a pie su recorrido.
Si las ciclorutas no pueden por diversas razones prestar el servicio para el cual fueron ideadas, o las autoridades no están en la capacidad de controlar y garantizar que estos espacios todos los respeten y estén disponibles para sus usuarios, lo mejor y más sensato es acabar con ellos mientras se pueden conseguir estas condiciones.
Que bueno, pues, una ciudad con un espacio para las bicicletas completo, continuo y permanentemente  despejado; pero mientras tanto, mientras esto se pueda, es mejor utilizar el poco espacio vial que tiene la ciudad disponible en unas vías un poco más amplias para los vehículos tradicionales y para lograr una mejor movilidad.

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