Que no se tenga que lamentar, en pocos años, la desaparición de un símbolo que pertenece a todos. Cuidar estos arbustos es cuidar la historia, la cultura y la identidad de Santa Rosa.
La reciente tala de una de las doce Araucarias que adornan y dan identidad casi centenaria al parque principal de Santa Rosa de Cabal, que entre otras cosas lleva el nombre de esta conífera, no es un hecho cualquiera, ni puede quedarse con la simple explicación de que el árbol no tenía vida o presentaba un procesos de acronecrosis irreversible.
Esta explicación dada al parecer por ingenieros forestales expertos en el tema y repetida con ligereza por las autoridades, más que despejar dudas genera molestia, amén de muchas inquietudes. Un ejemplar de esta magnitud y longevidad no se deteriora de la noche a la mañana, se enferma por descuido, por falta de seguimiento y, con frecuencia, por intervenciones urbanas que alteran su entorno natural.
Las Araucarias de Santa Rosa no son simples árboles. Se trata de especies longevas, de imponente porte, que han sido testigos silenciosos de generaciones enteras de santarrosanos. Son parte integral del paisaje urbano y, al mismo tiempo, de la memoria afectiva de los habitantes.
Bajo su sombra se han celebrado fiestas patronales, se han dado las conversaciones de amigos, los juegos de los niños y hasta las manifestaciones cívicas y políticas que han marcado la vida municipal. Son símbolos culturales y naturales que le dan al parque un carácter único. Cada tronco es una columna viva de la historia local, y su pérdida, aunque sea parcial, es un golpe al patrimonio natural y cultural.
Lo que ha pasado en Santa Rosa obliga a reflexionar sobre la responsabilidad que tienen las administraciones municipales frente al manejo del arbolado urbano. Por ello, más que aceptar sin reparo la versión de que simplemente la araucaria estaba enferma, es legítimo que los santarrosanos se pregunten si hubo planes de mantenimiento adecuados, revisiones periódicas, tratamientos oportunos y, sobre todo, medidas de protección a las enfermedades.
Las administraciones municipales, presente y pasadas, tienen una enorme responsabilidad en lo ocurrido. Durante años, el arbolado de la plaza principal ha carecido de un plan técnico de manejo y conservación. Se actúa siempre tarde, solo cuando ya no queda otra salida que la tala, como en este caso. Y en medio de la acostumbrada improvisación, se olvida que el deber de un alcalde no es solo inaugurar plazas y pavimentar calles, sino garantizar que lo que hace único al municipio, a su entorno natural y cultural, se preserve.
La tala de la Araucaria en Santa Rosa de Cabal debe servir como llamado de atención para que las once restantes reciban un plan serio y permanente de cuidado. Que no se tenga que lamentar, en pocos años, la desaparición de un símbolo que pertenece a todos. Cuidar estos arbustos es cuidar la historia, la cultura y la identidad de Santa Rosa.
