Risaralda pierde a sus jóvenes

Cada joven que abandona el colegio no es una estadística, es un futuro que se apaga, es un proyecto de vida truncado, es una oportunidad perdida para el desarrollo del departamento. 
Este año, según datos oficiales de la Secretaría de Educación del Departamento, con corte al 30 de mayo pasado, hay casi 3.000 estudiantes menos matriculados en los colegios del Departamento. Esto significa una disminución de cerca del 6% frente a los registrados en la misma fecha del año pasado.
La deserción escolar no es solo un problema educativo. Es el síntoma más doloroso de un tejido social roto, donde confluyen pobreza, falta de oportunidades, violencia intrafamiliar, desplazamiento, consumo de sustancias psicoactivas, embarazos tempranos y una profunda desconexión entre lo que ofrece el sistema educativo y lo que esperan las nuevas generaciones.
Mientras las voces oficiales insisten en hablar de cobertura, calidad y acceso, las cifras muestran una realidad distinta y mucho más dura, cada vez más niños, niñas y adolescentes abandonan las aulas sin terminar sus estudios y en no pocos casos, sin siquiera haber estado en ellas. Es una tragedia silenciosa que está hipotecando el futuro del Departamento.
No es posible entonces, seguir aceptando explicaciones superficiales, ni diagnósticos incompletos. Mientras la Secretaría de Educación insiste en programas aislados como “1,2,3 a la escuela otra vez”, en los municipios del occidente, cientos de jóvenes desertan cada mes. Muchos lo hacen empujados por la necesidad de trabajar para ayudar a sus familias o, peor aún, arrastrados por economías ilegales que les ofrecen lo que el Estado no ha sido capaz de garantizar, una oportunidad, aunque sea a costa de su dignidad o su vida.
Es preocupante que, a pesar de la palpable realidad y de los múltiples llamados de los distintos actores, las autoridades departamentales hayan reducido el tema de la deserción a una cifra más en sus balances anuales. Hoy no hay una política integral, seria, articulada con el resto de los sectores sociales, ni mucho menos una estrategia decidida para ir al territorio y enfrentar el problema donde realmente se origina.
No basta con ofrecer conexiones a internet o pintar escuelas si no se garantiza alimentación escolar de calidad, transporte para los estudiantes de zonas rurales, atención psicosocial para quienes enfrentan contextos familiares difíciles y, sobre todo, pertinencia educativa. ¿De qué sirve seguir enseñando contenidos desvinculados de la realidad local, mientras el agro y otros sectores claman por mano de obra capacitada?
Risaralda necesita una estrategia urgente, seria y comprometida para mantener a los jóvenes en las aulas de clase. Cada joven que abandona el colegio no es una estadística, es un futuro que se apaga, es un proyecto de vida truncado, es una oportunidad perdida para el desarrollo del departamento. La historia no perdonará seguir siendo espectadores indiferentes ante esta realidad.

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