Los jóvenes santuareños han decidido dejar atrás la idea de emigrar y han convertido su municipio en un atractivo productivo y turístico que crece cada vez más.
Santuario, ubicado en el occidente de Risaralda, es el segundo municipio del departamento cuyos principales ingresos provienen del café. Con 5.800 hectáreas cultivadas, 1.090 caficultores y 1.381 fincas, la caficultura no solo sostiene la economía local, sino que también constituye una parte esencial de la identidad de la comunidad. Sin embargo, este municipio, al igual que otros del Eje Cafetero, enfrenta dos desafíos que amenazan la continuidad de esta tradición: la falta de mano de obra en el campo y la migración de sus jóvenes.
La preocupación es compartida por autoridades y productores. “Santuario tiene una gran particularidad: posee una economía cafetera bastante amplia y en expansión, no solo a nivel municipal, departamental y nacional, sino también internacional”, afirmó Miguel Bedoya, alcalde de este municipio.
De acuerdo con el mandatario, ese crecimiento ha motivado a los jóvenes a interesarse en aprender sobre el café y en darle valor agregado al grano. “Muchos se forman académicamente y en temas de café para incursionar en el sector, fortalecer el producto y garantizar la economía. Esto se refleja en un relevo generacional decidido a continuar con la tradición cafetera, parte de nuestra historia y que queremos preservar”, añadió.
Turismo de inmersión
Uno de los ejemplos de este relevo es José Abel Montes Sierra, caficultor de Santuario que, además de trabajar en los cafetales, ha encontrado en el turismo un motor económico complementario. Con 15 años de experiencia en el sector cafetero y cuatro como empresario, lidera el proyecto Entremonte y Cafetales Glamping, que ofrece hospedaje, recorridos cafeteros, paseos en cuatrimoto, senderismo y avistamiento de aves.
El origen de su iniciativa se remonta a la pandemia, cuando el encierro despertó en muchas personas el deseo de visitar pueblos y zonas rurales. “La gente preguntaba qué había para hacer y no teníamos mucho que ofrecer. Organicé la finca y creé la marca turística. Hoy llevamos cuatro años de crecimiento y cada vez nos visitan más”, explicó. Además, señaló que cada vez más hoteles y restaurantes se suman a la experiencia de dinamizar la economía del municipio.

No obstante, Montes advierte que la caficultura atraviesa una crisis silenciosa: la falta de mano de obra. “Antes los indígenas apoyaban en la recolección, pero ahora muchos prefieren no hacerlo por los auxilios del Gobierno. Eso nos ha afectado porque no hay quién reemplace a los mayores que aún trabajan en el campo. Si esto continúa, en 10 o 12 años la caficultura podría desaparecer en Colombia”, alertó.
Innovación y marca propia
Frente a este panorama, Montes resalta el papel de las nuevas generaciones. Para él, el cambio de enfoque en la producción es clave: “Ya no solo vendemos a la Federación; ahora los jóvenes hacemos fermentaciones, tostamos nuestro propio café y creamos marcas. Esa es la diferencia con nuestros ancestros. Queremos exportar y posicionar nuestro café”.
Su visión coincide con la de otros caficultores jóvenes de la región, quienes ven en el valor agregado y en la construcción de marcas propias una alternativa para mejorar la rentabilidad y garantizar el futuro del sector.
Café: un negocio internacional
Otra voz que representa a la juventud santuareña es Daniel Castaño Bedoya, de 20 años, coordinador de Asocafé Tatamá. Hijo de caficultores, creció en el campo y desde los 15 años se vinculó a la asociación en labores administrativas y técnicas. Hoy lidera el comercio exterior de la organización, que ya suma más de 100 exportaciones hacia destinos como Emiratos Árabes, Reino Unido, Estados Unidos, Francia, Alemania y Chile.

Para Castaño, la decisión de emigrar o quedarse es uno de los dilemas más frecuentes entre los jóvenes santuareños. “En Santuario un joven que se gradúa tiene dos opciones: quedarse sin saber qué hacer o irse al exterior. Lo que buscamos en Asocafé es que, si van a emigrar, lo hagan con conocimiento de su tierra y del café, porque en cualquier país del mundo se necesitan baristas, catadores y tostadores formados en origen. Eso les abre puertas”, afirmó.
Industrializar el campo
Castaño considera que, para que los jóvenes se enamoren del campo, es necesario transformarlo: “Hoy toca hacer procesamiento en finca, industrializar el campo. Con lo mismo que se hacía hace 100 años no vamos a salir adelante. Los jóvenes debemos enamorarnos del café a partir de la innovación y el valor agregado”.

La estrategia ha dado resultado en Asocafé, donde la juventud juega un papel protagónico. “El 80% del equipo de trabajo son menores de 25 años. En la bodega, en la tienda y en los procesos de industrialización, la mayoría son hijos de productores. Incluso hay jóvenes que se habían ido y regresaron a trabajar en la finca para darle valor agregado al café de sus familias”, destacó Castaño.
Este relevo generacional ha dinamizado la asociación, fortalecido su presencia en mercados internacionales y consolidado una red de jóvenes comprometidos con el desarrollo local.
Migración juvenil: una cultura difícil de romper
Pese a los avances, la migración sigue marcando a Santuario. Según Montes, “es un pueblo de migrantes. Muchos jóvenes prefieren irse a Estados Unidos o Europa porque tienen familiares allá. La cultura es salir del país apenas se gradúan. No es fácil romper eso”. El reto, entonces, consiste en que el municipio pueda ofrecer oportunidades atractivas para que los jóvenes permanezcan. “Queremos que encuentren aquí trabajo, que aprendan inglés para atender turistas y no tengan que decir ‘me voy porque aquí no hay nada’”, comentó el caficultor.



