Julián Cárdenas Correa
Es tal el deterioro intelectual que vivimos, que personas que tildan a otros como “hp”, “malp…”, o “gono…” en redes sociales, con la grosería escrita de manera completa, sin reducir su redacción como lo hago en esta columna, son hoy calificados como líderes de opinión.
Lo que antes era vulgar, lo que antes eran gamines, lo que antes era ofensa y grosería, hoy es simplemente una manera de comunicarse.
Se ha vuelto clasista expresarse de manera decente. Basta con ver cómo “molieron” en redes a la hija de María Corina Machado que se expresó de manera tan decente, tan superlativa, al recibir el Nobel en nombre de su madre. A esos extremos llegamos. Ser decente es ser de derecha o de clase social excluyente.
El nivel de bajeza es tal, que ya no es sólo la música la que habla de “ponerse en cuatro”, el espectro del discurso en general, se ha tornado tan ruin, que ya nadie se sonroja ante expresiones de odio y grosería que hace sólo unos lustros ponían a quien las expresaba en la picota pública.
En la actualidad al que atacan, al que cancelan y al que censuran, es el que se manifiesta suavemente, el que respeta el tiempo del otro, el que mira con respeto y espera prudentemente.
Confundimos la invitación a ser sencillos en la expresión, a ser cercanos al pueblo, a la gente sencilla, con ser groseros, ofensivos y ruines.
Y nos lo han dicho desde Viktor Frankl, hasta Byung-Chul Han, pasando por Hannah Arendt: Las palabras hacen daño, las palabras ofenden, dañan, lesionan, hieren y, muchas veces, esas palabras y ese daño que provocan, se quedan ahí cual cicatrices.
Por increíble que nos parezca hasta en esto parece que nos obligan a tomar partido y ahí no nos podemos equivocar. Es mejor ser tachado de clasista, de derecha, de “riquitos”, que nivelarnos por lo bajo. El nivel es bajísimo para llegar a eso.
Ayudar a Colombia, apoyar a la gente sencilla y decente, promover el progreso de todos, abogar por la tolerancia, no es, y no puede ser, sinónimo de chabacanería, de ordinariez y mucho menos de lenguaje hostil y cargado de ofensas y groserías hacia quien no piense como uno.
Ser decente, calmado, tener un lenguaje más rico, no es sinónimo de exclusión, son más bien el reflejo de mentes cultivadas y, sobre todo, de espíritus y almas más cercanas de la paz consigo mismas.
Se nos vienen meses de contienda política que, infortunadamente en nuestro país, son también equivalentes de lenguaje en extremo y en exceso ofensivo. Nada ofende y nada le duele más a personas de este tipo, de esta índole, que la serenidad y la decencia en el otro.
El dominio de sí mismos, será, quién lo creyera, una ventaja en 2026. Siempre lo ha sido y desde Sócrates hasta Jordan Peterson, nos lo han resaltado, pero en el nivel de bajeza y ordinariez que en la actualidad se muestran, esa ventaja cobra una relevancia que luce ya como determinante.

