Esta es una pequeña parte de la historia de cómo árabes y alemanes escogieron convivir con el ancestro caucano para echar raíces y hacer de un pueblito, una gran ciudad.
Punto Final quiere exaltar la vida y esencia de doña Patricia Roa Drews y doña Manira Chujfi Ospina, quienes en una rica conversación, transportan al interlocutor a la Pereira de antaño, un pueblito sin luz ni acueducto. Ellas, hijas de los pioneros, desean mostrar el papel fundamental de las mujeres de sus familias que llegaron a estas montañas para demostrar que la amistad y el compartir son el verdadero legado ancestral.
Estas pereiranas no solo abren el corazón, sino que abrieron las puertas de sus recuerdos y parte de la intimidad para contar cómo se fusionaron las culturas árabe y alemana para la gestación de una villa querendona que nos acogió a todos.
De Siria a la Plaza Bolívar
Doña Manira, descendiente de la familia Chujfi, revela que la presencia árabe en el interior, lejos de la costa Atlántica donde solían desembarcar, fue excepcional. La pionera de su familia fue doña Sofía Chujfi, quien llegó a Colombia en 1904, después de que su esposo viniera primero a establecerse. “Imaginen la valentía de Sofía, una mujer joven y bonita, llegando desde Siria a un país totalmente desconocido, sin saber el idioma. Ellos pensaban que este era un país pequeño, como el que dejaban atrás, y traían algunos encargos para familiares de amigos, pero se encontraron realmente con la entrada a todo un continente y esos conocidos podían estar en Perú o Chile”.
Se adaptaron poco a poco a un Pereira supremamente pequeño, no había agua, no había luz, y el ferrocarril aún no existía. “Para conseguir agua, dependían de una fuente que existía en la Plaza Bolívar. Un detalle crucial en la adaptación se facilitó porque no eran musulmanes, eran católicos ortodoxos, una diferencia muy importante, sobre todo en un entorno tan católico como el de la época. Sin embargo, la comida sí tuvo que fusionarse, pues al no encontrar los ingredientes típicos, mezclaron sus recetas”.
Estas mujeres fueron unas pioneras, nobles y resignadas, vinieron huyendo de la separación del Imperio Otomano y las revoluciones que le siguieron, especialmente en lo que se conocía como la Gran Siria. A pesar de las dificultades iniciales, doña Manira recuerda que sus ancestros siempre dijeron: ‘el mejor país del mundo es Colombia’.
Desde Hamburgo a San Salvador y Pereira
Por el lado del linaje alemán, doña Patricia, hija del fundador de la UTP, nos lleva a través de la historia de los Drews. Su abuela, Tulia Castro, una antioqueña que fue enviada a Europa a estudiar en 1896 (dos años en París y dos en Inglaterra), con el estallido de la Guerra de los Mil Días se vio obligada a regresar y la llevaron a El Salvador, donde vivía la familia de su madre. Fue en San Salvador donde conoció a su abuelo, Enrique Drews, director de la Orquesta de Hamburgo, quien había sido traído a El Salvador por el presidente de ese país.
“Se casaron y llegaron a Pereira en 1903, cuando la guerra ya había terminado y las tierras de su abuelo habían sido recuperadas (desde Cerritos hasta La Virginia). El matrimonio Drews-Castro fundó una casa de banca, la cual más tarde se convertiría en el Banco del Ruiz. La familia era muy unida, siete hijos (tres hombres y cuatro mujeres), mantenían costumbres singulares como reunirse todos los días a las 11 de la mañana a tomar tinto donde la abuela y a las 5 de la tarde, el té y hablaban muy pasito. La tía Edith (la más social), se dedicó a la Sociedad de Mejoras Públicas y obras sociales”.
Amistad sin fin
Las jóvenes Patricia y Manira entraron a estudiar en el Gimnasio Pereira, una casa estaba frente a la otra, si no era que se encontraban en ballet y pintura, como recuerda doña Manira: “La Navidad en casa de los Drews era una fusión encantadora: natilla y buñuelos, junto con pavo, Santa Claus y el árbol de Navidad (tradición alemana)”.
Lo más ejemplar de estas historias es saber que a pesar de los diferentes orígenes geográficos y culturales, las familias se unieron. “Se compartía la comida: la mamá de Manira, siendo antioqueña, se adaptó a las costumbres árabes y enviaba comida árabe deliciosa”, comenta doña Patricia.
Doña Manira conoció la pólvora por don Jorge Roa, el ‘polvorero número uno’, “era el encargado de traer y manipular los fuegos artificiales (volcanes, papeletas, velitas romanas) que todos disfrutábamos desde el balcón”.
Ambas lanzan un llamado a retomar el espíritu de comunidad y unión familiar que vivieron en aquella época. “Es que debe ser y tiene que ser, porque nos vamos a acabar si nadie acepta a nadie y nadie comparte nada con nadie”.
Manira Chujfi Ospina y Patricia Roa Drews, dignas representantes de las familias pioneras que fusionaron sus costumbres para crear nuevos sabores y una comunidad fuerte, amable y abierta al mundo como es la pereirana, son esencia de la mujer contemporánea que se enriquece cuando comparte su legado en lugar del aislamiento.



