En Colombia es necesario hacer una agenda pública de memoria

Invitado por la Universidad Católica de Pereira, el historiador e investigador argentino residenciado en México, Mario Rufer dictó una conferencia titulada “Cultura, patrimonio y memoria: relaciones tensas” como parte del seminario sobre Patrimonio y Memoria de la Maestría en Estudios Culturales. Rufer es licenciado en historia por la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina), maestro y doctor en estudios de Asia y África con especialidad en historia y antropología de El Colegio de México, profesor e investigador titular de la Universidad Autónoma Metropolitana de México y director del doctorado en Humanidades de la UAM – Xochimilco. Con él hablamos sobre su visión sobre estos temas y su mirada en el contexto de la realidad sociopolítica que hoy está viviendo Colombia en esta etapa de postconflicto.

Para poner el tema en contexto ¿cómo define cultura?

En la noción de cultura hay un problema que tenemos empezar a superar, es una noción que nos ha sido impuesta por algunos discursos disciplinares (la antropología, la sociología) que tienden a ver a la cultura como ese conjunto de normas, hábitos, costumbres que nos hacen ser un pueblo en sociedad y creo que nos hemos olvidado de dos cosas fundamentales: primero, la noción conflictiva de ese concepto: no existe cultura sin una expresión conflictiva, sin que estemos todo el tiempo disputando qué queremos decir con eso que es nuestro. Y de otro lado, donde hay conflicto hay poder. La dimensión de poder tiene necesariamente la noción de cultura. En ese sentido me parece que la cultura tenemos que pensarla como prácticas sociales que están atravesadas por dinámicas de conflicto y de poder.

¿Y cómo define patrimonio?

Cuando pensamos en patrimonio, las definiciones más canónicas y establecidas tienen que ver con aquello que nos distingue, de alguna manera, de otros espacios y de lo cual tenemos que enorgullecernos y conservarlo. La idea de patrimonio está muy ligada a la noción de conservación, aquello que es patrimonio es conservable, mantenible y puesto en exhibición y en disposición para los demás. El problema en nuestros espacios, me refiero a América Latina y a países que han pasado por dimensiones históricas de guerras y de conflictos, es que la noción de patrimonio tiene que estar pensada siempre en términos de quién enuncia ese concepto, quién decide qué se patrimonializa y qué no. Y esa disputa es por quién es quien decide lo que es motivo de orgullo, de exhibición o de identidad.

¿Se podría decir que la memoria no puede pertenecer a determinados grupos de poder?

Ahí distinguiría dos ideas de memoria que a veces se confunden. Una, es la idea de memoria como facultad psicológica que individualmente todos tenemos, todos podemos recordar de la misma manera que todos debemos olvidar. Pero muchas veces eso se confunde con una idea de memoria que tiene que ver con un trabajo colectivo, con recuperar, recordar y trabajar sobre aquello que ha querido permanecer deliberadamente en el olvido. Ahí, entonces, esa definición no tiene que ver con una facultad individual sino con una decisión política. En este punto creo que estamos en un momento crucial que tiene que ver con cuáles son las decisiones políticas que nos permiten, como pueblo, recordar y olvidar.

¿Después de 50 años de conflicto, cómo se conjuga el concepto de memoria con el de verdad?

Diría que hay un denominador común que nos une, y en Colombia está muy claro, el cual tiene que ver con la presión desde abajo, es decir las organizaciones civiles, para que se instale la idea de que hay que hacer una agenda pública de memoria. Eso tiene que ver con una noción fundamental: muchas veces el Estado, y en el caso de Colombia hay que delimitar sus diferentes brazos (militares, paramilitares y distintos espacios de acción), ha participado activamente, pero secretamente, en el conflicto y en la producción y la diseminación de la violencia y del terrorismo. Me parece fundamental exigir a ese Estado una acción de revisión, de exposición y de esclarecimiento sobre el pasado. Y hay muchos actores que preferirían que no se sepa y que eso permanezca en el silencio y en el olvido.

¿Cómo encaja en este escenario el concepto de olvido?

Siempre es importante aclarar que tenemos el derecho individual a olvidar, eso tiene que existir como premisa, muchas veces para poder existir como una decisión. Pero también tenemos el deber colectivo de recordar, de hacer memoria. Y eso es fundamental entenderlo en un proceso tan difícil como el que vive Colombia. Ese deber colectivo de memoria.

¿Hay una diferencia clara entre memoria y verdad?

La relación entre la memoria y la verdad es conflictiva, porque una cosa es el acontecimiento. Lo que pasó, por ejemplo: hubo una matanza, una masacre, eso es un acontecimiento, y otra cosa es el relato que se hace sobre ese acontecimiento. Y en ese relato entran siempre disputas de poder que son, entre comillas, puntos de vista. Hay que ser muy sensible para que los relatos que no han tenido nunca acceso en los ámbitos del poder, del gobierno, del estado o de la visibilidad de la historia oficial, lo tengan y sean considerados producciones diferentes de historia. Eso es fundamental para que el pasado se vuelva un relato no homogéneo, no único, no unilateral. Ese es el trabajo fundamental de hacer memoria: permitir no solamente la pluralidad del relato y que existan muchos relatos, sino que esos relatos sean visibles y que se les de valoración, se les de valor a enunciadores, pueblos, comunidades y movimientos que nunca han tenido ni visibilidad ni espacio para narrar sus verdades.

¿Hacia dónde va una sociedad que desconozca esa memoria?

Ek filósofo alemán Walter Benjamin dijo en algún momento que la posibilidad de crear relatos diferentes sobre el pasado era la única posibilidad de acceder a un futuro digno, a un futuro decidido por los pueblos. Eso me parece que es una ecuación fundamental de entender con respecto de la relación entre pasado, presente y futuro. No se trata simplemente de decir que es necesario recordar, se trata de plantear que hacer memoria es fundamental para la sobreviviencia como pueblo o como comunidad. Y en ese sentido, con respecto del caso colombiano, me preocupa cuando la memoria empieza a ser fagocitada, comida o tragada por el discurso de la ley y del estado. Eso es una paradoja complicada porque significa seguir reconociendo que hay memorias más valederas de otras y que hay límites hasta donde se puede recordar y hasta donde no. Lo que me parece fundamental es que la memoria sea un trabajo no solemne, no monopolizado por el Estado y no convertido en un discurso que no pueda ser intervenido, profanado y discutido por los distintos actores sociales.

¿Cree usted que en Colombia la paz tendrá futuro?

El problema que veo es que muchas veces se piensa en el discurso de la paz como un dogma instaurado quien sabe de donde, una especie de axioma moral, de dogma moralizante. Es importante instaurar la paz, pero para hacerlo hay que reparar, hay que poder hablar, hacer emerger los discursos disímiles, no solamente reconocer errores y excesos, sino hacer acciones de reparación que son muy costosas por parte del Estado y que no cualquier espacio político se lo permite, porque tiene que ver no solamente con reconocer acciones negativas por parte del poder, sino reconocer que ciertas formas de pensar que se hace en política pueden estar equivocadas. Además creo que hay una diferencia entre la terminación del conflicto y la paz. Son cosas distintas.

¿Existe una visión errónea de lo que es la paz?

La terminación del conflicto es un punto político que tiene que ver con el final de un conflicto armado y donde empieza, de algún modo, la política, la distribución de los sentidos sobre lo que significa ser pueblo y comunidad y manejar el desacuerdo. Hay algo que muchas veces el discurso de la paz no entiende y tiene que ver con que las sociedades, lo que hacen todo el tiempo es administrar el desacuerdo, La política es eso: gestionar el desacuerdo, no es el consenso. Es importante entender que donde existe la noción de que la política es consenso eso implica que hay una imposición de una visión sobre las demás. Gestionar el desacuerdo implica cohabitar un espacio de diferencia absoluta muchas veces, reconocer la diferencia en el otro, la diferencia constante con quien tenemos al frente, la diferencia en condición de vida, en condición de mundo y en condición de estado y en ese sentido yo creo que la paz, la noción de paz, tiene que ver con trabajar sobre ese desacuerdo sin violencia.

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