Las vicentinas le dicen adiós a Santa Rosa

Tras 127 años de labor en beneficio de los más necesitados, las Hijas de La Caridad se van del Municipio de las Araucarias por varias razones, una de ellas y tal vez la de más peso, es la falta de vocaciones religiosas que hagan posible que el servicio continúe, pues antes de que la Casa Provincial en Cali tomara la decisión, solo cinco religiosas permanecían en la sede ubicada en la calle 7 #12 -50, contigua al Instituto Técnico Marillac, cuando en su historia se llegaron a albergar entre 20 y 25 religiosas quienes llenaban de vida el lugar y atendían a todo aquel que llamaba a su puerta.

Llegada y partida

La ubicación de las vicentinas a su llegada a Colombia estuvo marcada por el río Cauca, que propició el establecimiento de las sedes en el país, así: “Nuestra provincia abarcaba la margen izquierda del río y ahora se une a la margen derecha que es Bogotá, pero esta sede ya se había anexado con Venezuela. Entonces ahora quedamos juntas las de Venezuela, Bogotá y Cali en una sola provincia”, explica sor Luz Mariela Loaiza Giraldo, religiosa vicentina por  51 años y la única santarrosana de nacimiento, pero afirma que del municipio salieron muchas vocaciones, unas están mayores y otras en el cielo. Ella deberá ir a vivir al hogar que tienen en Pereira, ubicado en la calle 31 con carrera 7. Las otras cuatro serán distribuidas en otros lugares de la provincia.

La capilla dedicada a San José, es la más antigua de Santa Rosa, según el padre Naranjo, quien fue ordenado diácono allí hace 49 años.

La compañía de las Hijas de La Caridad a nivel mundial empezó un proceso de reconfiguración en todos los continentes. “En España había aproximadamente 1.000 hermanas, pero al envejecer la mayoría y no tener relevo, se tomó la decisión de reagrupar provincias, no es un procedimiento acelerado, pero se hace en todos los países”.

En el último tiempo solo estuvieron como ‘vinculadas’ al servicio social en las actividades de la Iglesia, “hacer presencia entre los enfermos, consolándolos, llevando la sagrada comunión, visitamos las escuelas sede del Instituto bajo el carisma ‘servir a Jesucristo en la persona de los pobres’, a quienes visitamos en su domicilio y encontramos realidades demasiado dolorosas, no excluimos a nadie sino que lo ayudamos a conectarse con las entidades”.

Historia

En 1897, llegaron las primeras cuatro hermanas, entre ellas una francesa, a petición del párroco del templo de Las Victorias, para lo que habló con el padre vicentino Juan Floro, porque la Congregación de la Misión (padres vicentinos) les llevaban unos pocos años de ventaja en estar establecidos en Santa Rosa. Sor Mariela no recuerda con claridad si era que Caldas todavía pertenecía a la Diócesis de Medellín, pero el obispo de allá fue quien finalmente concedió el permiso para esta llegada, las hermanas se instalaron finalmente en una de las casas de la calle real.

¿Qué suerte irá correr esta preciosa casa?

La obra empezó a crecer y se ubicaron en el espacio que hoy ocupa el colegio Labouré. Ellas empezaron una escuela con 150 niñas, el bachillerato llegó con los años.  En Santa Rosa de Cabal nunca hubo noviciado. Ellas educaron y estuvieron pendientes de que todo marchara al pie de la letra en la Casa Apostólica de los padres vicentinos, cuando el trabajo allá era como atender a un batallón. Otra de sus obras, ‘La casa del pobre’, ahora es dirigida por laicos.

Trabajaron sin descanso por la salud

El Hospital lleva el nombre de San Vicente de Paul, quien en compañía de Santa Luisa de Marillac fundaron las Hijas de la Caridad. Sobre la fundación de este centro médico no se pudo conocer la fecha exacta. Aparte de las vicentinas que había pedido el sacerdote, el director del Hospital, el doctor Jaime Isaza, también hizo un pedido de hermanas colaboradoras, quienes a bien también tuvieron el montaje y puesta en funcionamiento de uno de los primeros hospitales infantiles del viejo Caldas.

Los santarrosanos más ancianos pueden recordar todavía a sor Alicia Domínguez, sor Matilde Vega, sor Bertha Fernández, sor Celina Moncada y antes de ellas, las hermanas sor Arboleda, sor Córdoba, sor Londoño, sor Cabrera, quienes hicieron suturas y ayudaron a traer niños al mundo sin tanto requisito profesional como exigen hoy. Las vicentinas fueron alma y vida de esta Institución, antes de que se convirtiera como sucedió en casi todo Colombia, en bastión político y las ‘monjitas’ empezaran a estorbar.

1956, un año crucial

Lo que los santarrosanos de ahora conocen como el Instituto, arriba en el parque de Los Fundadores, inició como un orfanato, son tres edificaciones juntas: el colegio, la capilla de San José y la casa de habitación de las hermanas.

“Los niños del orfanato empezaron a crecer y la comunidad vicentina entendió que debían implementar una escuela de artes. Llegó a ser también un Instituto de promoción social para la mujer y como yo lo veo, según las exigencias de los tiempos modernos se instauró el bachillerato técnico. La edificación ha soportado diferentes modalidades”, rememora sor Mariela.

Las vicentinas se reconocen por su presencia y obras como comunidad, no les gusta figurar individualmente, su trabajo se hizo notar en las diferentes rectorías que tuvieron los colegios. Además, reconocen que la ayuda que han recibido por parte de los laicos comprometidos ayudó a que su permanencia fuera más larga y en ellos depositan su legado ahora que deben marcharse.

El barrio

La Milagrosa, como es conocida la medalla que la Virgen María le mandó a acuñar a santa Catalina Labouré, fue el nombre escogido para el barrio que ayudaron a organizar y autogestionar hace 40 años, fueron dos hermanas a través del grupo ‘Familia y comunidad’, para los santarrosanos más necesitados.

“Los jóvenes ya no tienen ese interés, han perdido formación cristiana, entonces ¿qué puede salir en este momento en que no hay familia?”.

El director vicentino

El padre Gabriel Naranjo, superior de La casa Apostólica de los padres vicentinos que son la misma familia, expresó: “Nosotros no hacíamos obras sin contar con las hermanas, el colegio Labouré y la Apostólica siempre fueron parejitos. Aquí nadie ha alcanzado a calibrar lo que significa la salida de estas hermanas de la ciudad. Ellas configuraron el ser de Santa Rosa”.

Dato

Ninguna de las hermanas trabajaba ya en el colegio y así la comunidad es la que debe asumir los gastos de cada una de ellas.

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