La cultura y la resiliencia en una artesanía

Haber nacido en un lugar lleno de naturaleza diversa, de variedad de climas y de personas hábiles con sus manos, hace que quizá la labor del artesano pase desapercibida y se vuelva precisamente parte del paisaje. Esta época invita a no perder la capacidad de asombro que tienen los niños y eso incluye admirar y maravillarse ante el trabajo de estas personas, felicitarlos por sus capacidades y hacerse a alguno de los objetos que ofrecen, porque significa la posibilidad de mantener su economía familiar y por último, no les pregunte que porqué tan caro, que en otro país usted ha pagado o pagaría mucho por algo similar.

Crochet por cinco generaciones

Olga Fanny Urrea Aristizábal es natal de La Virginia, en ella se resume parte de la idiosincrasia del ‘puerto’. Ella, su hija y su nieta mantienen una tradición familiar que ya alcanza los 20 años. Pero la historia se remonta a la madre y la abuela de doña Olga, de quienes aprendieron el crochet, con la diferencia que no lo explotaron económicamente. La herencia familiar empezó a dar ganancias cuando Andrea, la hija de Olga empezó a fabricar sandalias tejidas con esta aguja, nada fuera de lo común para ella hasta ese momento.

“Hacemos toda clase de accesorios, todo tejido y completamente a mano”. Lo mejor de todo esto es la perfección y atención al detalle, por mucho que se busque un remate, un punto salido, una línea inconclusa, será una búsqueda infructuosa.

Las verdes y las maduras

“Mi familia se ha sostenido 20 años por medio de productos crochet, porque siempre ha sido alternativa. Cuando mi esposo se accidentó y no tenía trabajo, así nos sostuvimos. Algunos amigos nos encargaban productos para España y Estados Unidos, pero últimamente he perdido los contactos que tenía antes, porque a uno se le daña el celular y así. Ahora hemos salido más adelante por el programa de ‘Artesanías de Risaralda’, porque nos conocen, después nos contactan y le hacen el pedidito a uno”.

Una hermana de doña Olga estudió en Caucasia, vino y le enseñó a la sobrina nuevas técnicas, después ella se capacitó más por medio del Sena, cada día aprende algo más, explica la señora. Pero no todo siempre ha sido color rosa, esta artesana y su familia son la muestra del poder de la resiliencia del colombiano puro.

“Como nosotros nos inundábamos en La Virginia, porque vivíamos en la orilla del río en el barrio Las Américas, entonces la casita se nos fue deteriorando de tantas inundaciones y hace 11 años nos tumbaron las casitas para hacer los jarillones, nos fuimos para el albergue por tres años, allá hubo hasta dos incendios. Entonces nos dieron un plante para un proyecto de vida para que pudiéramos desalojar el albergue, nosotros pedimos pegantes, terlenca, todo para las sandalias y nunca lo dejamos acabar. Desde el año pasado tenemos un local físico en Caimalito centro, lo pusimos creaciones tejidas Andreas, por los nombres de mi hija y mi nieta”.

Pasaron a innovar la producción con los ‘amigurumis’, que son muñecos sin boca cuando la Pandemia. “Mi esposo era el sepulturero de La Virginia, se enfermó en mayo de 2021, estuvo 36 días intubado en Los Rosales, nunca lo pudimos volver a ver ni nada (su voz se corta y me hace acongojar). Mi hija desahogó mucha parte de la tristeza que sintió por lo del papá en estos muñecos, porque investigó y se dio cuenta que eran los confidentes de los niños, pues muchas veces uno cuenta algo, puede ser a la mamá y se da cuenta el resto de la familia, mientras que ellos no pueden decir nada”.

La hija de doña Olga es madre cabeza de familia y con el crochet los sacó adelante, ahora son dos jóvenes de 18 y 20 años. “Gloria a Dios con esto hemos salido mucho adelante”, finaliza la artesana.

Naturaleza en fieltro.

Por aquí es pa’llá

Hay muchos más artesanos en este programa de la Sociedad de Mejoras ProRisaralda, otro que destacaba en la feria era el fieltro que un par de hermanas domina con maestría, al punto que se dan el lujo de personalizar fotografías y convertirlas a este material asombrosamente. ‘El taller de Lilito’, es el nombre que le dieron para homenajear a la madre de ambas.

Natalia Usma Isaza, se dedica a rememorar la técnica de las abuelas de hacer figuras con trozos de tela muy pequeños, pero a los que ella y su hermana les impregnan maestría, no es sino ver la representación de la vajilla que cuelga en uno de los lados del coroteo en los yipaos. “Era empleada, la Pandemia me dejó sin trabajo, todos los planes cambiaron, mi hermana vivía en Guatemala, ella experimentaba allá y yo acá, pero cuando ella se devolvió arrancamos en firme. El fieltro es un material compuesto por la compresión de varias fibras hay natural y sintético”.

En su taller tienen una línea dedicada al Paisaje Cultural Cafetero, “tenemos prendedores, imanes y llaveros de las aves de la Región, como barranqueros, Azulejo común, Carriquí, Águila real de montaña, turpiales, por medio de las fotos mi hermana hace los moldes”. También se pueden apreciar osos de anteojos, osos perezosos, frailejones y monos aulladores. Otras líneas son la religiosa (pesebre cafetero la Virgen vestida de chapolera y san José con poncho) y la personalizada.

Engalle su yip

Cada uno de los 22 artesanos entre quienes estaban las protagonistas de las historias de hoy recibieron un carrito en madera, el cual debían decorar con su técnica o producto y en alguna temática como naturaleza, Paisaje Cultural Cafetero o Navidad. Quien se quedara con el primer puesto se llevaba: un fin de semana en el tambo Privilegio, un día dedicado en la tienda, una ancheta con productos, un desayuno y mil tarjetas de publicidad. El engallado ganador fue el hecho con bisutería de Claudia Azucena Batero de Quinchía, en segundo lugar quedó Natalia Usma (de la segunda historia) y en tercer lugar, Cristian Rendón.

Primer puesto de ‘Engalle su jeep’.

Cifra

500 años de tradición tiene el tejido con aguja crochet.

“El primer día vendí un llavero y un Hombre araña, el segundo un par de colitas y un llavero, ayer una elefantica y otro llavero. No se va uno sin vender nada”.

Dato

En crochet se pueden encontrar Principitos y Merlinas a las que se les cambia la ropa, como las muñecas comerciales, pero también hay pescadores y piñeras de La Virginia.

El  programa

“Esta es la línea base de artesanos más grande con la que cuenta el departamento que suman 898 artesanos y artesanas que con su oficio ponen el valor, la cultura, la competitividad y la creatividad de Risaralda. Invitamos a la comunidad a apoyar a los artesanos, quienes con sus manos y conocimiento nos conectan con nuestras raíces. Comprar artesanías es un acto de solidaridad y amor por lo nuestro, apoyar la economía de los artesanos y cerrar el 2024 con un gesto que exalte la cultura risaraldense”, expresó Lorenza Suárez Gaviria, directora del programa Artesanías de Risaralda.

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