Con la traducción de María Mercedes Correa, las ilustraciones de Iván Pérez, Panamericana Editorial rinde un homenaje sincero y lúcido a esta profecía inmortal hecha novela.
Jeferson Echeverría
Pensar en un mundo devastado por una profunda crisis de poder y desesperanza a partir de la ficción, es el resultado inmediato de esbozar una visión compleja hecha obra magistral. De ninguna manera resulta fácil ubicar el estilo del británico George Orwell solamente dentro de un alcance literario sin antes profundizar cuál ha sido realmente su verdadera intención, producto de una prosa sutil y un arduo enfoque crítico. Es cierto que una novela en sí misma algunas veces implica elementos fantásticos y desproporcionados de toda realidad, cuyos sucesos tienden a relacionarse íntimamente con la sensibilidad de un público singular. Pero, ¿qué ocurre cuando una obra se escribe con una precisión tan convincente, que bien puede acaparar su contenido no solamente a una mera invención narrativa sino también perfila un modelo de texto tanto premonitorio como adelantado a su época?
Mientras muchos toman a Nostradamus como un modelo profético; otros, quizás los más acérrimos admiradores orwellianos, se arriesgan a desafiar toda razón al ubicar dentro de las dimensiones predictivas la gran novela 1984. Esta obra, que da a luz en pleno furor de los años cuarenta, sigue teniendo un alcance tan representativo en su panorama, que hoy por hoy se alude como un ejemplar indiscutible sobre las dinámicas del progreso a nivel mundial. La bruma constante que rodea el paisaje imaginario enmarca la sordidez sin vida dentro de un contexto materializado por el control excesivo, el culto a la personalidad promovido por un régimen opresor cuyo líder impone una verdad sesgada y la desesperanza cotidiana asimilada como un destino sin libertad, son algunos de los rasgos más característicos que comprueban la audacia de Orwell por preservar en esta, su gran obra, una vigencia sutil con el paso de los años.
Autoritarismo radical
Ubicada en la Zona Aérea Uno, anteriormente conocida como Reino Unido, esta distopía da lugar a la brutalidad y a la represión a través de un autoritarismo radical, liderado continuamente por la máxima figura del Gran Hermano. La sociedad, que ha sufrido un cambio inevitable a lo largo del tiempo, se ve obligada a someterse a un objetivo aparentemente noble, dispuesto al cuidado y a la protección de la sociedad. No obstante, dicha concepción pierde rotundamente su horizonte y ahora un nuevo orden está diseñando una especie de control que consiste en reformar el pasado, manipular el presente y establecer un futuro inamovible.
Cada capítulo configura ante todo una radiografía precisa de poder, cuya estructura inicialmente trasluce una faceta generosa ante las necesidades comunes, pero, transcurrido un eterno periodo, su versión cruel y despiadada no deja de magnificar prácticas inusuales que distan de toda condición humana. Es así que su consigna emitida en todos los medios posibles logra una trascendencia influyente dentro de las mentes de una masa temerosa y enceguecida por las ideologías de su salvador, que a cada individuo no le queda otra alternativa que someterse a este sistema por más perverso y arbitrario que parezca.
La guerra es la paz, la libertad es esclavitud, la ignorancia es la fuerza, resumen la identidad promovida por una vasta organización a merced de la censura y la represión. Dentro de este sistema sin alma ni autonomía debe convivir el héroe de esta historia, Winston Smith, un modesto funcionario del Ministerio de la Verdad, quien experimenta diariamente todas y cada una de las atrocidades sin poseer aún ese instinto de rebeldía que gravita en el interior de los inconformes. Winston asiente a todo lo que sus superiores le ordenan, redacta con diligencia largos informes de historia manipulada, asiste sin falta a los Dos Minutos de Odio impuestos por el Estado, se asegura de cumplir a cabalidad las obligaciones dirigidas al Partido y de paso sigue siendo esa pieza ejemplar en el amplio imperio al que todos deben rendir tributo, más por miedo a ser penalizados en la horrorosa habitación 101 que por una auténtica convicción.
Es hora de empezar
Pero llega un instante, el verdadero instante, en que el anónimo Winston Smith siente que ha llegado la hora de empezar a desafiar la máxima autoridad. Primero lo hace con la sutileza de un pusilánime, es decir, cuestionándolo todo desde el único lugar donde ningún ente perverso como el Ministerio de la Verdad aún no puede penetrar por falta de una herramienta más sofisticada: los pensamientos. Es en este campo de batalla donde Winston encumbra sus planes más ingeniosos, acumula toda una fuerza indescriptible y vence por partida doble al Gran Hermano. Se imagina todas las hazañas posibles mientras se entrega a las intensas jornadas en la oficina, inventa estrategias destinadas a la destrucción de esta tiranía y ejecuta una suerte de libertad añorada por varios que, así como él, deben tragarse entera la rabia y el deseo de transformación con tal de subsistir ante el miedo que corroe sus espíritus.
Las consecuencias posteriores agudizan el ambiente frenético y malogran el criterio de un hombre que, por causa de su rebeldía, debe asumir un destino más perturbador y ruinoso. Es el resultado de vivir en el futuro, ese tiempo tan ajeno a nuestro presente en el que muchos hoy lo codician sólo por el delirio de fantasear sobre los avances tecnológicos, pero no suelen ir más allá, a ese modelo de sociedad y a las formas en las que los gobiernos siguientes serán capaces de imponer un autoritarismo radical disfrazado de un atractivo patriotismo con tal de consolidar sus pérfidas intenciones. Si Orwell escribió 1984 en una época en la que nunca se imaginaron lo que pasaría dentro de casi cinco décadas, cuánto más ha ocurrido a lo largo de este siglo, y cuánto más ocurrirá dentro de los próximos cincuenta años en el momento en que todo, inevitablemente, evolucionará de un modo vertiginoso; incluso la tiranía y las dictaduras.
Conocí el verdadero trasfondo de la ciencia ficción gracias a esta obra durante mis épocas de universidad, justo en una clase de literatura impartida por la maestra Juliana León Suárez. Recuerdo que aquella vez, como una revelación, descubrí el término distopía y de inmediato me di a la tarea de encarnar el rostro y las actitudes del valiente Winston Smith vinculados a los contornos de mi realidad en aquel entonces. No dudé en tejer todas y cada una de las múltiples problemáticas a todo el entramado de sucesos globales que estábamos atravesando. Luego, cuando ejercía como docente en un colegio, una estudiante de nombre Danna una vez me pidió que le prestara el libro. Con cierto aire de inquietud se lo entregué, esperando a que fuera otro arrebato adolescente. Pero pasadas unas cuantas semanas, Danna me entregó el libro con un destello de conmoción reflejada en un par de ojos vivaces; no sólo me habló, presa de una convicción apocalíptica, sobre los sucesos de la obra, sino que, además, para afinar el dramatismo de una lectura juiciosa, se tomó el atrevimiento de escribir debajo del título que enseñaba una portada desteñida, el 2021 con esfero de tinta azul.
En el 2025
Hoy, en pleno año 2025, cuando llega a mis manos una edición de portada lúgubre, situando el rostro implacable del Gran Hermano y a la fila de cuerpos uniformes dirigiendo la mirada hacia una especie de altar, la conmoción no deja de ser innegable al recorrer nuevamente los pasajes y darse uno cuenta que la trama heroica de Winston Smith no ha cambiado después de cuarenta y un años, así como la sociedad distópica en la que estamos viviendo, a lo que uno puede llegar a concluir, sin miedo a caer en el extremismo acérrimo ni en el fanatismo orwelliano que, indudablemente, 1984 es la clase de novelas que nunca envejecerá, antes bien seguirá retratando con exactitud los horrores del mal llamado progreso.
Con la traducción de María Mercedes Correa, las ilustraciones de Iván Pérez, Panamericana Editorial rinde un homenaje sincero y lúcido a esta profecía inmortal hecha novela. Ojalá que quien se aventure a recorrer esta atmósfera cruel y despiadada apropie en su interior los sucesos más cercanos de nuestro tiempo.



