Crónica ortodóntica y teológica. Con María del Carmen nunca se interrumpieron los besos, porque después de lo vivido con María Luz, tuve que perderle el miedo a la mirada inquisidora del sagrado corazón.
José Fernando Ruiz
Era un cuadro en el que el sagrado corazón de Jesús impartía la bendición. Su corazón llameante estaba señalado con el dedo índice de su mano izquierda, y con la derecha, bendecía a quienes le miraban. Sus ojos tenían la capacidad de mirar fijamente desde cualquier ángulo a quien fijara sus ojos en los del él. Era de gran tamaño y aunque estaba protegido por un vidrio, esa misma mirada traspasaba el alma. Me daba miedo ese cuadro. Pensaba que en esa mirada había reproche y juicio. Ese Jesús sabía todo sobre mí, como las cosas buenas y malas que hacía y pensaba. Como la noche en que mi abuela estaba en misa de Pentecostés y estando solo, una amiga llegó a pedir un favor pendejo sobre una tarea tonta. Debo confesar que me gustaba mucho esa jovencita, pero era demasiado tímido y no me había atrevido a dirigirle la palabra por temor a un rechazo. Tenía por esos años mis dientes atrapados por la ortodoncia que mi padre me había regalado (creo que fui el primer jovencito de la ciudad que tuvo ese tratamiento dental), pues bien, la gente preguntaba extrañada que, si eso dolía, que qué era eso tan raro y las niñitas del barrio se reían de mi. La jovencita a la que llamaré María Luz, entró en casa para solicitar una ayuda con algo del Quijote. Claro, yo fui siempre ratón de biblioteca y sabía más de lo que se supone debía saber un jovencito de esa edad, tenía 14.
La niña se sentó en el sofá de la sala dando la espalda al enorme cuadro del sagrado corazón de Jesús mientras parloteaba sin cesar sobre lo difícil que era leer a don Miguel de Cervantes Saavedra. Me senté a su lado, la chica cruzó sus piernas y pude apreciar el perfume que emanaba de su cuello, el color de su cabello, la tersa piel de su rostro y la carnosidad de sus labios sin colorete, el volar ágil de sus manos como palomas (perdonen la cursilería), el satín brillante de sus muslos. Tenía el corazón a diez mil por hora y me ahogaba con mis palabras. Trataba de escuchar de qué se trataba la consulta académica, pero me zumbaban los oídos y mi vista se nublaba. María Luz se detuvo en su palabrería para mirarme fijamente y sin darme tiempo de reaccionar me atenazó con sus brazos y puso sus labios en los míos, mientras su abundante busto se apretujaba sobre mi escuálido pecho. Su lengua tropezó con los malditos fierros de mis dientes y sentí el sabor del hierro en mi boca. Abrí lo ojos y vi detrás de nosotros al Jesús Nazareno mirándome con reproche. Ella se dio cuenta de que algo estaba pasando y abrió los suyos. Miró al mismo sitio donde yo miraba y vio los ojos azules del Jesús, entonces, deshizo el abrazo, arregló la falda que se había subido más de lo permitido, pero yo al menos, logré ver por primera vez en mi vida los calzones de una chica, y la hermosa curva de un seno a punto de ser libre.
—Creo que me corté con esos fierros que tienes en los dientes — dijo poniéndose en pie y dando por finalizada la sesión.
—Espera… ¿y la tarea del Quijote?
—Otro día… Cuando no esté… ese cuadro. —dijo, y fue a la puerta que abrió sin ayuda.
La puerta se cerró frente al cuadro en el que Jesús me miraba desde arriba.
—¿Por qué tenías que mirarla a ella? —Pregunté muerto de la ira.
—Porque usted está muy chiquito todavía para meterse en esos líos de faldas. —contestó Jesús con una voz muy familiar y sin mover los labios.
—¡Jesús! ¿Acaso quieres que dedique mi vida a tu servicio? —pregunté en shock, pensando que se estaba obrando un milagro.
—Hijo mío, busca en tu corazón si deseas servirme por el resto de tu vida o si deseas construir una vida como casado. Tener hijos o ser padre de muchos fieles en una iglesia.
Santo Dios. El mismo hijo del hombre me hablaba desde un cuadro. Por supuesto que estaba arrepentido de todos los pecados cometidos. Pero una sombra de duda me rodeaba, porque la voz de Jesús me era reconocible.
—Jesús, ¿por qué hablas como mi primo Jaimico?
—Porque soy tu primo gran güevón…
La risa de mi primo rompió el encanto del supuesto milagro y aunque lo perseguí por toda la casa, al final tuvimos que sentarnos y reírnos a mandíbula batiente. Muy adentro de mí, me prometí que algún día se la cobraría con creces. Todos se habían ido a misa de Pentecostés, pero Jaimico se había quedado. Fue casualidad que no me diera cuenta y que María Luz viniera a casa en busca de una tarea.
Desde ese día hice hasta lo imposible por ignorar el bendito cuadro del sagrado corazón de Jesús, hasta que un día mi padre lo regaló a un convento nuevo que las hermanitas de la caridad del sagrado corazón de Jesús establecieron en Pereira.
Ese cuadro me debe muchos momentos malos de mi vida. Una tarde después que el bendito estaba reposando en un saloncito del nuevo convento, me encontré con María Luz quién desvío su mirada de la mía. La alcancé y le dije que el cuadro ya se lo habían llevado.
—Es que el problema no es el cuadro… es eso que tienes en la boca. Cuando te quiten eso, hablamos.
Pues me quitaron la ortodoncia casi un año después y nunca me volvió a hablar. La vi de la mano con un chico del barrio. Le sonreí para que viera cómo habían quedado mis dientes, pero en respuesta, besó al chico que la llevaba del brazo. Bajé la cabeza algo avergonzado y tropecé con María del Carmen, una chica hermosa de cabello crespo y piel canela con andar de gacela (disculpen nuevamente la cursilería) que llevaban varios libros en los brazos que cayeron desparramándose en el piso. Con palabras torpes de disculpas intenté levantar los libros, pero deslumbrado por su hermosura solo balbuceaba tonterías. Como pude, ayudé a recobrar los tomos y me ofrecí a acompañarla a su casa. Por fortuna no era lejos. Me invitó a entrar, y al hacerlo, descubrí que en su sala había un cuadro del sagrado corazón de Jesús más pequeño, pero con la misma mirada inquisidora.
Con María del Carmen nunca se interrumpieron los besos, porque después de lo vivido con María Luz, tuve que perderle el miedo a la mirada inquisidora del sagrado corazón.
- Comunicador social.



