Obliga al lector a asumir un rol activo dentro de este universo narrativo, de estética noventera: violento por momentos, dramático en otros, y a ratos satírico.
Andrés Galeano
En su obra El mito de Sísifo, Albert Camus abre diciendo: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio.” A grandes rasgos, esta sentencia, hecha de plomo y delirio, apunta a la cuestión más esencial de lo humano: la existencia misma, como cosa entre las cosas. Sin vida dentro del cuerpo, no hay huelga que valga, tampoco noche ni cine. No hay árbol ni nube. Nada puede hacerse ni deshacerse. Por ende —y con el debido respeto al maestro Descartes—: Existo, luego pienso.
Ahora bien, situándonos en el terreno literario y editorial del siglo XX y lo que llevamos del XXI, me asalta otra sentencia de esta estirpe, ahora en clave de pregunta satírica:
¿Cuando el poeta se lanza a la narrativa y, específicamente, a la novela, traiciona o evoluciona?
No existe ni existirá una respuesta unívoca a esta cuestión. Cada quien, desde su ángulo de visión, se encargará de responderla a su modo. En lo que a mí concierne, me atrevo a decir que ni traiciona ni evoluciona: simplemente se amplifica. Salta los cercos y se arriesga a narrar la fábula desde otros campos minados, con otras leyes, otros fondos y otras formas.
Y eso fue precisamente lo que el poeta Hernán Mallama Roux se atrevió a hacer con La muerte llega disfrazada de ella misma: una novela de 155 páginas, editada por Periscopio, en Bogotá, a comienzos del año 2025. El libro destaca por una calidad editorial excelsa y por un circuito de venta y promoción digital envidiable para muchos autores locales que seguimos —de tercos— tocando puertas cada vez más grandes.
Aunque lleva pocos meses en el mercado, esta apuesta literaria ha sido bien recibida en distintos rincones del país. Tal vez por la audacia de abordar un tema
tan recurrente —y a veces agotado— como el conflicto armado, pero narrado esta vez desde una perspectiva más holística. Su ADN integra dos elementos clave:
El código periodístico, encarnado en Antonella, una joven periodista citadina que busca esclarecer la muerte de un niño de doce años en un territorio rural cruzado por las balas, donde —paradójicamente— se reencuentra con un fantasma del pasado.
Y el elemento aforístico, entramado a través de 22 sentencias que coquetean con la poesía y brotan de las bocas de tres figuras arquetípicas: el Anarquista, el Librepensador y el Jerarca. Alter egos polifónicos que, por momentos, evocan la voz de grandes poetas como Héctor Escobar Gutiérrez, nuestro Papa Negro, y José María Vargas Vila.
Otra audacia que encuentro en esta obra, lanzada durante la FILBo 2025, es su estructura narrativa, dividida en tres partes capitulares. De ellas se desprenden monólogos y sucesos protagonizados por distintos personajes, sin una secuencialidad lineal ni anticipatoria, lo que obliga al lector a asumir un rol activo dentro de este universo narrativo, de estética noventera: violento por momentos, dramático en otros, y a ratos satírico.
Cito textual:
“Alguna vez ella había escuchado que en Pereira era fácil encontrar un poeta, no era sino levantar una piedra. Cundían en los bares y cafés, se deleitaban hablando en voz alta, fungiendo como jueces de los versos de los otros. Reían, algunos saludaban con la mirada a las jóvenes que pasaban por los andenes. Recitaban a Baudelaire, a Rimbaud, a Pizarnick, a Borges, a Vallejo y a Pessoa. Presumían su conocimiento literario. Evitaban a Mejía, a López Jaramillo, a González Mejía. Tal vez fu afán literario les impedía entender la belleza de la poética local”
Nacimos en el vientre de la violencia. Como colombianos, estamos atravesados por ella y, en forma ineludible, estamos obligados a abordarla, ya sea de modo figurativo o simbólico. Aquí, Mallama Roux lo hace con maestría, situándonos en un pueblo olvidado, cercano a la Pereira de mediados del siglo XX, en un tiempo en que la guerra en el campo —y en muchas ciudades— era aguda y barbárica, y la corrupción política permeaba todas las esferas del poder, tanto público como privado. Muestra de ello es la presencia del alcalde, en esta novela. Un hombre severo, de hombros anchos y los cuatro estómagos de una vaca, que había logrado ganarse el respeto tanto de la guerrilla como de los paracos.
Cito textual:
—Acá no se van a matar, ¡vergajos! Con el pueblito no se meten o les tiro el ejército en el campamento—vociferaba el alcalce. Un campecino afortunado que, a fuerza de trabajo y sin ningún título, había alcanzado la popularidad del pueblo en las últimas elecciones y derrotado a un candidato sospechoso y desconocido. Lo bedecían a ambos bandos, a tal extremo que habían establecido un acuerdo tácito para entrar al pueblo.
No obstante —y a pesar de lanzarse de bruces contra la bestia de la guerra—, Mallama Roux atenúa esta crudeza bélica amplificando otras facetas de sus personajes, como el componente sexual, desligado de la moral cristiana, y materializado en los apetitos de Antonella. Y el atisbo psicológico, que siempre se mueve en una gama de grises y jamás en blancos y negros. Rasgos como estos alejan la obra de la típica narco-novela y le otorgan un suelo contemporáneo, con momentos que hacen guiños tanto a la ficción como a la No- ficción.
Esta novela es, pues, otro insumo que enriquece la literatura local con miras a un panorama mundial. Una obra esculpida con paciencia, pensada y diseñada con filigrana, para lectores que saben apreciar la buena pluma y reconocer la intrepidez de un autor que se atreve a saltar los charcos y a plantar sus quimeras en otros territorios lingüísticos, jugando con todo lo que tiene en la mesa.
La muerte llega disfrazada de ella misma es una novela que no pasará desapercibida, que ya está haciendo eco en la mente de muchos y que está lista para seguir traspasando fronteras. ¡A buena hora esta obra de Hernán Mallama Roux! Amigo y poeta de la casa, mecenas y soñador a ultranza de castillos en arena.
Pereira, 29 de julio de 2025
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