En el mundo propio y artificial que hemos construido, nosotros hacemos las reglas. Las reglas que hacen posible nuestra existencia compartida e interdependiente; y las reglas a veces absurdas de la costumbre. Sosteniendo ese universo de cosas con el que recubrimos y escondemos una naturaleza que jamás podremos dominar -incluyendo algo tan mundano como la ropa planchada- hay siempre, entre lo artificial y lo natural, un tipo intermedio de actividades que pedalean y mantienen el ciclo de sus procesos vitales a flote. Un semblante absorto en el ir y venir, prender y apagar, lavar, colgar, descolgar y doblar. Es el vaivén de la labor -quizás absurda- que se oculta tras el brillo de una pasarela, la pulcritud de una camisa planchada a las ocho de la mañana, la engañosa facilidad con la que una prenda ondea al caminar, sin recordar el trajín de su última postura. Facilidad que quiere engañar, pero que traiciona en la perfección aparente una labor tan ardua como efímera.
Todo ese brillo falso, esa compulsión por lo superfluo, que es también un empeño por conservar el hábitat humano donde nos resguardamos de los elementos, se descascara en el desuso. Cuando la labor se abandona, cuando todos esos objetos absurdos pierden su vínculo con la vida, su decrepitud muestra otra cara, más genuina, del artificio humano. Aparecen entonces las cosas extraviadas, sin lugar. Una pelotica en el cajón de la mesa de noche; un llavero roto que nadie botó, pero que nadie usa; una vaca de plástico que fue alguna vez parte de un juego de niños; los fragmentos de un tesorito de joyas de la abuela, que duermen durante décadas en un cofre de lata olvidado: fragmentos de vida, un universo de objetos personales que conforman nuestro entorno construido, todas esas cosas regaladas, compradas, encontradas… acumuladas.
Esta exposición contiene historias de la vida cotidiana, que evocan a través de los legados de su decadencia una labor particular que la sostiene. Es una propuesta de fotomontaje, que interviene objetos a través de imágenes que rebasan el marco de la obra y su bidimensionalidad. Se ofrecen como símbolos de una época de contradicciones y extremos, en la que lo permanente de nuestros artificios coincide también con su caducidad.



