Un compromiso aún pendiente

A 14 años de la declaratoria, el verdadero reto sigue siendo cumplir con la promesa que se le hizo al mundo de proteger el paisaje, no con palabras o denominaciones, sino con hechos.
El 25 de junio de 2011, la UNESCO declaró al Paisaje Cultural Cafetero (PCC) como Patrimonio Mundial de la Humanidad. Fue un reconocimiento a la forma en que generaciones de caficultores moldearon la geografía montañosa del centro-occidente colombiano, integrando cultura, tradición y sostenibilidad en un territorio de enorme valor. Pero la declaratoria no fue solo una distinción simbólica, fue, ante todo, un compromiso.
Desde entonces, este reconocimiento ha traído beneficios importantes, sobre todo en términos de turismo, visibilidad internacional y sentido de pertenencia regional. Se ha promovido el rescate de la arquitectura nativa, el turismo rural y la divulgación de las costumbres cafeteras. Municipios como Marsella, Apía, Santa Rosa o Pereira han sabido sacar provecho de esta marca mundial.
Sin embargo, catorce años después, es hora de hacer un balance objetivo y entender que muchos de los compromisos adquiridos con la comunidad internacional y con la misma región, están lejos de cumplirse. Una de las principales responsabilidades era garantizar la sostenibilidad del paisaje, tanto ambiental como cultural y no se está logrando.
La presión urbanística y turística, la fragmentación del territorio, la expansión de cultivos no cafeteros y la pérdida de prácticas tradicionales están debilitando el corazón mismo del PCC. La arquitectura típica se ve cada vez más alterada por construcciones ajenas a su identidad. El relevo generacional en el campo es débil y no se ha fortalecido suficientemente el arraigo ni la educación rural. Y, sobre todo, no hay una estrategia clara de desarrollo sostenible que equilibre conservación con bienestar.
Otro compromiso esencial era fortalecer la institucionalidad y la participación comunitaria. Los dirigentes regionales han tenido escasa capacidad de liderazgo, sus planes de acción no siempre se han traducido en hechos y muchos municipios incluidos en el PCC no reciben ni recursos ni orientación.
A catorce años, el reto es pasar del orgullo al compromiso. Preservar el PCC exige fortalecer la asociatividad campesina, incentivar buenas prácticas agrícolas, proteger el patrimonio construido y garantizar recursos para la formación cultural de las nuevas generaciones.
La declaratoria de la UNESCO no fue un premio, sino una tarea permanente. Convertirla en motor de desarrollo sostenible sigue siendo una deuda pendiente con los campesinos que construyeron este paisaje a pulso, y con los hijos de esta tierra que merecen heredar algo más que un recuerdo turístico.

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