La reubicación de familias en riesgo, la limpieza de quebradas, el fortalecimiento de los sistemas de drenaje y el llamado a las entidades de gestión del riesgo son tareas impostergables.
Los torrenciales aguaceros que se han presentado en Pereira y Dosquebradas en los últimos días, han puesto nuevamente en evidencia la vulnerabilidad de estas ciudades frente a los desastres naturales. Las intensas lluvias que azotan la región no solo provocan susto y afectaciones puntuales, sino que dejan en el aire la gran pregunta: ¿qué tan preparado se está para enfrentar una temporada de lluvias que apenas comienza?
El Ideam ha advertido que octubre y noviembre traerán precipitaciones más intensas de lo habitual, un ciclo climático que se repite año tras año y que, sin embargo, parece sorprender siempre a las autoridades. Los riesgos no son menores, deslizamientos en zonas de ladera, desbordamiento de quebradas, inundaciones en barrios vulnerables y colapso de vías son amenazas latentes que comprometen la seguridad de miles de familias en el área metropolitana. Basta recordar tragedias recientes para dimensionar lo que está amenazado.
En Pereira, las urbanizaciones levantadas en terrenos inestables siguen siendo una bomba de tiempo; en Dosquebradas, las quebradas y afluentes que atraviesan la ciudad se desbordan con facilidad, inundando calles y avenidas y afectando viviendas levantadas sin planeación ni control. Todo esto revela una mezcla peligrosa de negligencia oficial, falta de planificación urbana y ausencia de cultura ciudadana en torno al manejo de riesgos.
La realidad es que las ciudades han crecido más rápido de lo que las instituciones han podido controlar. Los planes de ordenamiento territorial quedaron en el papel, mientras la necesidad de techo de miles de personas presionaron el crecimiento hacia zonas de alto riesgo. Hoy, cada aguacero recuerda la fragilidad de ese modelo de desarrollo improvisado y poco responsable.
Pero no basta con identificar estas causas. Lo urgente es tomar acciones preventivas y no solo reactivas. La reubicación de familias en riesgo, la limpieza de quebradas, el fortalecimiento de los sistemas de drenaje y la llamada de atención de las entidades de gestión del riesgo son tareas impostergables. No se puede esperar la próxima tragedia para llorar sobre la indiferencia, sino de actuar hoy con responsabilidad y previsión.
Los aguaceros no se pueden evitar ni el crecimiento de los ríos y quebradas, pero los desastres sí. Pereira y Dosquebradas necesitan acciones serias y sostenidas que reduzcan la vulnerabilidad y protejan la vida de sus habitantes. De lo contrario, cada aguacero seguirá siendo un hecho incontrolable que amenaza con convertirse en noticia de dolor y luto.
