El mensaje que tantas veces repitió el Papa Francisco, insistiendo en una fe que se viva con misericordia y compromiso social, cobra especial vigencia en tiempos de incertidumbre.
El inicio de la Cuaresma, marcado por la imposición de la ceniza el miércoles pasado, es mucho más que un rito litúrgico de la Iglesia Católica. Es una invitación a detener el paso acelerado de la vida cotidiana para mirar hacia adentro y reconocer las faltas, las omisiones y las heridas causadas a otros.
La ceniza recuerda que somos frágiles, que la soberbia y el egoísmo son polvo, y que solo la humildad abre el camino de la reconciliación. Cada Miércoles de Ceniza renueva el llamado a la conversión, no como gesto superficial, sino como compromiso concreto con la justicia, la verdad y la solidaridad.
La Iglesia ha insistido en que este tiempo sea ocasión de reconciliación y perdón, de sanar rencores enquistados en los hogares, en la política y en la vida social. En una sociedad crispada, donde la violencia verbal y la polarización parecen ser el pan de cada día, esta temporada propone la difícil arte de pedir perdón y concederlo.
El tiempo cuaresmal es también una oportunidad para revisar las prioridades. En medio de la prisa, el consumo desbordado y la tentación del poder sin límites, la ceniza recuerda que nada material es eterno. Lo que permanece es la bondad que se siembra, el consuelo que se brinda y la verdad que se defiende.
La reflexión personal que inspira la Cuaresma debe traducirse en acciones concretas en la familia, el trabajo y la vida pública, en tender la mano al vecino, en escuchar al que piensa distinto. El mensaje que tantas veces repitió el Papa Francisco, insistiendo en una fe que se viva con misericordia y compromiso social, cobra especial vigencia en tiempos de incertidumbre.
La Cuaresma invita a vencer la indiferencia, a dar limosna en forma de apoyo a quien sufre y a orar para recuperar el sentido de comunidad. Pero convertirse no es solo rezar más, sino amar mejor, cuidar al débil y rechazar la injusticia. El verdadero ayuno consiste en compartir el pan, en escuchar al otro, en renunciar al odio que divide y en tender puentes donde antes hubo muros, empezando por las propias palabras.
En este inicio de Cuaresma, la ceniza sobre la frente debe ser más que un símbolo pasajero. Debe ser semilla de cambio personal y colectivo. Porque la ceniza recuerda que somos polvo, sí, pero también que estamos llamados a renacer en la esperanza, a transformar la indiferencia en compromiso y a asumir, con serenidad y firmeza, la responsabilidad de ser mejores seres humanos.
Que el llamado a la reconciliación no se quede en homilías, sino que inspire acuerdos, gestos de perdón y una renovada voluntad de convivencia que tanta falta hace en el país. Si la reflexión se convierte en servicio y la penitencia en solidaridad, esta época habrá cumplido su propósito.
