Las lluvias seguirán cayendo, como lo anuncia el Ideam. Lo que no puede ocurrir es que nos sorprendan desprevenidos. La prevención, más que una advertencia, es una prioridad urgente.
El deslizamiento de tierra ocurrido el pasado lunes en la calle 20 con carrera primera, en el mismo sitio donde en el pasado el invierno ha sepultado varias viviendas y enlutado a Pereira y Dosquebradas, así como dos derrumbes graves en el Pital de Combia, al menos quince viviendas anegadas en Caimalito y el súbito crecimiento de los ríos San Eugenio en Santa Rosa de Cabal y San Juan en Mistrató, para no hablar sino de algunos casos; tienen que poner en absoluta alerta a las autoridades de Risaralda y a sus comunidades.
El Ideam ha dicho con toda claridad que la actual ola invernal estará, por lo menos hasta finales del mes de febrero, por encima de los promedios históricos, lo que obliga a encender todas las alarmas y extremar los cuidados. No se trata de generar pánico, sino de asumir con seriedad una amenaza que en el pasado, ha dejado graves consecuencias en el Departamento.
Los deslizamientos de tierra, las crecientes súbitas, las inundaciones y las avalanchas de tierra y lodo no son posibilidades remotas. Son riesgos reales que afectan de manera recurrente a comunidades rurales y urbanas en los distintos municipios de Risaralda, muchas de ellas asentadas en zonas de alta vulnerabilidad. Cada temporada de lluvias vuelve a poner en evidencia las falencias en el tratamiento de los problemas de inestabilidad en la región y en la prevención del riesgo.
Es preocupante que, pese a las advertencias reiteradas de los organismos técnicos, la reacción institucional siga siendo más reactiva que preventiva. La atención de emergencias es necesaria, pero insuficiente si no se acompaña de acciones anticipadas, como la revisión de taludes, el monitoreo permanente, la limpieza de las quebradas y la evacuación oportuna cuando las condiciones así lo exigen.
Las autoridades deben actuar de manera coordinada, sin dilaciones ni excusas de falta de presupuesto. La gestión del riesgo no puede depender del azar ni de la intensidad de la temporada de lluvias. Es ahora, cuando todavía hay margen de acción, que se deben tomar decisiones firmes para proteger la vida y los bienes de los risaraldenses.
Pero la responsabilidad no recae únicamente en las administraciones. La ciudadanía también está llamada a asumir una actitud preventiva, atendiendo las recomendaciones oficiales y evitando prácticas que agravan la situación, como la ocupación de zonas de alto riesgo. La indiferencia colectiva suele convertirse en aliada silenciosa de la tragedia.
Risaralda no puede seguir acostumbrándose a que cada invierno cobre víctimas y deje pérdidas dolorosas. Las lluvias seguirán cayendo, como lo anuncia el Ideam. Lo que no puede ocurrir es que nos sorprendan desprevenidos. La prevención, más que una advertencia, debe convertirse en una prioridad real y urgente.
