La clave para evitar la procrastinación no es el manejo del tiempo, es el manejo de las emociones. Acá, seis consejos para no terminar haciendo las cosas bajo altos niveles de estrés. Procrastinación es una palabra que en pocos años ha pasado de ser usada por especialistas a ser un fenómeno ampliamente comentado por cientos de miles de personas. Esto no es de extrañar. Después de todo, con la cantidad de estímulos que existen en el mundo contemporáneo, es usual que las personas opten por dejar de lado una responsabilidad importante y decidan dedicar su tiempo y esfuerzo a tareas menos urgentes. Cabe mencionar que la procrastinación no solo ocurre cuando una persona opta por dedicar su tiempo al ocio, sino también cuando decide realizar tareas que, aunque sean productivas (como organizar archivos viejos o limpiar su hogar), no son las más urgentes. El tema es explicado a fondo por Adriana Vergara, psicóloga y docente del programa de Psicología de la Fundación Universitaria del Área Andina.
¿Qué significa, exactamente, ésta expresión?
El término tiene sus orígenes en la palabra latina procrastinare y, usualmente, implica que una persona posponga una responsabilidad hasta pocas horas o días antes a la fecha límite de entrega. Para entonces, deberá trabajar con altas dosis de estrés si quiere cumplir con su compromiso. Lo que se debe entender es que esta conducta no es, sencillamente, la incapacidad de gestionar bien el uso del tiempo. A ojos de expertos de la salud mental, parece una conducta irracional, puesto que una persona que procrastina sabe que al evadir sus responsabilidades más inmediatas puede tener problemas a futuro y, sin embargo, decide hacerlo.
¿A qué obedece ese estado del ser humano?
La procrastinación se debe a una incapacidad individual de manejar estados de ánimo negativos en torno a una tarea. La naturaleza de la aversión dependerá de lo que se deba hacer. Por eso, sus causas pueden ser diversas como que la responsabilidad que se evita sea poco placentera o que haga sentir a la persona baja autoestima, ansiedad, aburrimiento, inseguridad, frustración, resentimiento o inseguridad. Entonces, la solución a esta conducta no se limita a encontrar estrategias para gestionar el tiempo o utilizar aplicaciones. Lo que se debe hacer es aprender a manejar las emociones de una manera diferente. Esto solo se puede dar con el paso del tiempo y un trabajo consciente. La procrastinación tiene afectaciones medibles en la salud mental y física, manifestándose como estrés crónico, baja satisfacción, sintromas de depresion y ansiedad.
¿Qué consejos se pueden poner en práctica para combatir este fenómeno?
Para trabajar aquellas acciones que ayuden a no procrastinar hay que tener en cuenta los siguientes consejos:
- Dividir los grandes objetivos en partes pequeñas y concentrarse en una de ellas a la vez.
- Fijarse plazos razonables.
- Elaborar un checklist con las tareas a realizar y sus tiempos de entrega.
- Tener todas las herramientas de trabajo al alcance. Esto ayudará a evitar distracciones y ahorrará tiempo.
- Es de suma importancia establecer rutinas para ejercer mayor control en lo que hay que hacer para poder crear hábitos productivos.
- Establecer una recompensa para cuando se termine la tarea a la que tanto se resiste.
¿Pero, ante todo, es necesario saber cuál es el origen o las situaciones que derivan en esta condición?
Reconocer cuáles son las causas emocionales que están detrás de la procrastinación es fundamental para poder enfrentarla. De lo contrario, será muy difícil que las personas encuentren la disposición y motivación necesarias para afrontar sus compromisos y no aplazarlos hasta el último momento.
El origen de la palabra
Gabriel Zaid, en un artículo publicado en el sitio Letraslibres.com, afirma:
En inglés se usa mucho la palabra procrastinate: dejar para mañana. Se traduce a veces por aplazar, diferir, posponer, postergar o relegar, que no dan la idea de hábito. Por otra parte, posponer, postergar y relegar implican, en primer lugar, ‘dar menos importancia’ (a una de las personas o cuestiones que esperan, por ejemplo); y secundariamente ‘dejar para después’. Aplazar y diferir significan ‘dejar para otra fecha (definida o no)’, pero no necesariamente como un hábito personal. A la persona que lo tiene, se le llama en inglés procrastinator, y a su inacción procrastination.
Las tres palabras derivan del latín procrastinare, procrastinator y procrastinatio con los mismos significados. Están formadas a partir del prefijo pro ‘hacia’ y el adverbio cras ‘mañana’; no ‘la mañana’, sino ‘el mañana’, y en particular ‘el día siguiente a hoy’. El anuncio jocoso que todavía se ve en algunas tienditas: “Hoy no fío, mañana sí” viene del Imperio romano: “Crascredo, hodie nihil”, o sea “Mañana fío, hoy nada”.
Los romanos eran muy ejecutivos, y se burlaban de los indecisos. Hay una sátira de Marcial (siglo I) sobre un personaje al que intencionadamente llama Póstumo (nombre que sí existía), como diciéndole: No tendrás vida póstuma (fama) si dejas todo para mañana (Epigramas V, 58):
En el siglo III, en Capadocia, un comandante romano se sintió atraído por la fe cristiana y (diabólicamente, según la leyenda piadosa) era desviado de la conversión por un cuervo que graznaba cras cras, que es la voz del cuervo (de donde viene crascitar), como si le dijera: “Déjalo para mañana”. Pero el centurión, muy ejecutivamente, aplastó al cuervo respondiéndole: hodie hodie (hoy hoy). Se convirtió al cristianismo, fue martirizado y se venera el 19 de abril como San Expedito.
Es de suponerse que el nombre es un apodo, porque el cuervo aparece frecuentemente en su iconografía, como puede verse en Google Imágenes. Se volvió popular desde el siglo XVIII como intercesor de las causas urgentes, y tiene fama de hacer milagros rápidos. Hay páginas de la Wikipedia sobre él en siete idiomas, así como numerosos portales y blogues donde se narran sus milagros.



