El mejor de los trabajos se vuelve paisaje

La belleza característica del Paisaje Cultural Cafetero estaría verdaderamente incompleta sin las flores y matas que todas las señoras cuelgan en pasillos y balcones.

Quienes tenemos el privilegio de vivir y haber nacido en esta región, muchas veces pasamos por alto la hermosura de un balcón florecido, la vida que otorgan los follajes a las casas y el trabajo silencioso pero constante de las mujeres cafeteras que se encargan de mantener viva, literalmente, una tradición de abuelas y madres que han entregado, robado piecitos y hasta comprado en situaciones extremas, alguna especie que les faltaba entre las suyas.

El trabajo de Ángela

Un día cualquiera de 2016, durante sus recorridos habituales para su tesis de Maestría en Estudios Culturales, cómo la investigadora social y cultural Ángela Molina, reparó en la infaltable belleza de balcones florecidos y la tarea constante y silenciosas de muchas mujeres quitando hojitas secas.

Molina estaba centrada en las prácticas afectivas en el contexto cafetero de Santuario, Risaralda. Durante los desplazamientos a este municipio fue que tuvo orígen el proyecto de lo que ahora es su tesis posdoctoral ‘Jardines Montañeros’, pues notó la invisibilización del trabajo femenino en la Declaratoria del Paisaje Cultural Cafetero (PCC).

“Mi motivación personal se remonta a mi mamá y mi abuela, que eran de origen campesino. Mi mamá siempre contaba que nunca vio muestras de afecto entre sus padres ni de ellos hacia los hijos. Ella sentía que para sus papás tener hijos era como tener animales (gallinas, marranos, vacas) en la finca, que los veían desde lo productivo, pero no desde el cariño. Sentí dolor y mucha tristeza con ese relato toda la vida, pues ella no los vio nunca darse un abrazo, un beso, ni siquiera cogerse de la mano”.

Jardines Montañeros

La investigadora se propuso documentar las historias de vida de las mujeres campesinas, revelando cómo sus creaciones artísticas (los jardines) y su aporte económico son a menudo ignorados, una omisión que, según el estudio, perpetúa la violencia económica y la soledad en la ruralidad.

Para la investigadora y su equipo es muy significativo estar allí y emocionarse con las historias, entre los inflatables anturios y orquídeas.

En su investigación, usted encontró un ‘ruido’ al estudiar la Declaratoria del Paisaje Cultural Cafetero (PCC). ¿Qué aspecto de esta declaratoria le generó incomodidad? “Me hizo ruido que uno de los valores excepcionales de la declaratoria es el esfuerzo humano, familiar, generacional e histórico por producir un café de alta calidad. Lo que me incomodó fue que este mensaje cultural lo que hace es perpetuar algo que me parece muy cruel, que en esta cultura lo que se apreciaba, se valoraba y se pagaba era el trabajo de los hombres, no el de las mujeres”.

¿Cuándo y cómo descubrió que los jardines eran el vehículo para visibilizar el aporte de estas mujeres? “La idea surgió por una serendipia. Estando en Santuario haciendo el trabajo de campo, me metí con una corporación cultural para ayudarles a dirigir un festival. Decidimos invitar a gente de los municipios relacionados con el Parque Nacional Natural Tatamá, y ahí estaba La Celia, para ir a La Celia hay que pasar por Balboa, en el camino vi unos jardines en la carretera. Inmediatamente pensé: ‘esto no está dentro de la Declaratoria’”.

Entre flores

Ángela explica que la Declaratoria habla de los trazados del café, el cultivo, la arquitectura y cómo están emplazadas las casas, pero en ningún momento se mencionan los jardines. “Sentí que los jardines eran invisibles, lo mismo que el trabajo de las mujeres. Empecé a concebir la idea de hacer un proyecto sobre ‘Jardines Montañeros’ porque nadie estaba visibilizando que las mujeres campesinas hacen un aporte creativo en la construcción del paisaje”.

Si el trabajo era visibilizar, ¿por qué cambió la idea inicial de hacer concursos de jardines? “Inicialmente imaginé unos concursos de jardines o maratones fotográficos, pero luego me puse a pensar que no era chévere ponerlas a competir, que ese no era el espíritu del proyecto. Entonces cambié el enfoque y decidí que lo que había que hacer era visibilizar a cada señora con sus historias de vida, para que mostraran por qué están haciendo un aporte creativo en la construcción del paisaje a través de los jardines. Así tomamos la decisión de armar el proyecto con las entrevistas a las señoras”.

Sara, Valentina, Ángela, doña Carmen y Daniela.

El resultado no pudo ser mejor. Ver cada video en YouTube es escuchar en las voces de las protagonistas con total naturalidad y humildad cómo llegaron a consolidar jardines dignos en verdad de competencia que ya no caben en las casas, o cómo continúan con el trabajo de sus madres, qué ha pasado cuando les piden alguna y cómo hay que poner ‘mano dura’, cuando no quieren pelechar o florecer.

El proyecto concebido en 2016, quedó en stand-by porque se fue a hacer el doctorado en México. Regresó en 2019, lo presentó en 2020 y fue aprobado. Pese a la pandemia pudieron ejecutarlo manteniendo la distancia, ya que las señoras estaban aisladas en sus fincas.

“Después de cinco años registrándolas, conversando e investigando, llegamos a una conclusión: no basta con visibilizarlas, muchas de ellas han sufrido de múltiples tipos de violencia que inician con la violencia económica”.

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