Semillas, guardianes ancestrales y comunitarios

La vida de Manuel José Luján es un sin fin de vivencias y aprendizajes, pasó de reportero gráfico a docente y es un conversador como pocos. En años recientes su ser consciente se dedica a la agroecología y desde su comunidad en la vereda Ribera alta de Dosquebradas, a cinco kilómetros de Bosques de la acuarela, trabaja en la asociatividad y el intercambio de semillas autóctonas.

¿Qué semillas tiene en su poder y cuál puede ser su uso más apropiado? “Son semillas criollas que no han tenido ningún proceso de transformación, cultivadas sin química sintética, es un rescate que estamos haciendo, por ejemplo, hay muchas clases de fríjol, el pallar que es prehispánico o el frijol mucuna que es traído del valle del Sibundoy en el Putumayo, tiene usos medicinales y agrícolas”.

Más despacio

Todo esto se trae a esta tierra, pero ¿se puede sembrar y nace sin problema? “Cuando nosotros intercambiamos semillas, lo que hacemos es que las adaptamos durante un año al clima y a la altitud, el mucuna es traído de un clima cálido a 400 metros sobre el nivel del mar y nosotros lo estamos sembrando a 1.750 metros, la variedad del clima hace que produzca menos, pero produce”.

Está bien, sale la cosecha, ¿cómo nos va con el sabor, qué le han dicho? “Ese es un proceso nuestro, por ejemplo el pallar, mucuna y el risueño no dan la tinta oscura tradicional del cargamanto o bola roja, sino blanca, como si fuera blanquillo y el sabor es similar a este. Uno tiene que adaptar el cerebro a eso. Cuando hablamos de agroecología, no es solo la siembra, sino una cuestión cultural y la transformación de esas semillas en alimentos”.

 

Procesos

Don Manuel, nos esperó con gran variedad de semillas organizadas en círculo, entre ellas llaman la atención unas piedras planas en color tierra y dos que parecen un par de aretes. ¿Qué son? “Esto es muy hermoso, (las planas) es de un árbol que se nos desapareció aquí en el eje cafetero, se llama tambor, una leucaena frondosa de 30 o 40 metros de alto, no es comestible, se utiliza para hacer artesanías y además cuando florece hay muchas abejas, cae el follaje al suelo y abundan las bacterias, hongos, protistos para que las otras plantas que están alrededor se nutran, es una simbiosis. Los que parecen aretes los abuelos lo utilizaban para hacer camándulas, se llama lágrima de san Pedro.

Aparte de las semillas, sobresale algo que parece una arracacha sin cáscara, pero el señor Luján aclara que no es tubérculo sino raíz, más bien familia del jengibre, se llama sagú. “Los Quimbayas utilizaban el sagú, en el hallazgo de la UTP, se encontraron unas vasijas y dentro de ellas restos de sagú de 6.500 años y en este momento en esta región se desconoce. Este nos lo trajeron del Cauca, la adaptamos, ya hay una gente que está produciendo en La Bella y nosotros en la granja agroecológica Kumara, hacemos harinas que son ricas en hierro y calcio, su propiedad medicinal recubre el tracto digestivo y evita las úlceras”.

Cada 15 días bajan al mercado campesino de Dosquebradas, hay que preguntar por el ‘profe Manu’.

Los Guardianes de las semillas, se asociaron y se llaman Asopremerca, primero fue un proyecto pedagógico de la I.E. Cartagena, sede La Ribera. Eran 5.000 metros cuadrados desperdiciados, empezaron por enseñarle a los chicos a hacer la huerta y “al aprender agricultura aprenden la historia de la humanidad”.

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