Última llamada para salvar un ecosistema que da vida
Conservar Los Nevados es mucho más que proteger un paisaje. Es defender el derecho al agua de millones de personas, el refugio de cientos de especies y la memoria viva de las montañas andinas.
El páramo de Los Nevados, en el corazón de Colombia, enfrenta su hora más crítica. Mientras el glaciar Santa Isabel se derrite lentamente debido al implacable cambio climático, las autoridades ambientales y científicas advierten que se agota el tiempo para salvar este ecosistema estratégico. La extinción de su hielo es inevitable, pero el páramo y el bosque altoandino que lo rodean todavía resisten. Esta podría ser la última oportunidad para conservar lo que aún nos queda.
Según el IDEAM, entre 2022 y 2024 el glaciar Santa Isabel perdió cerca del 45% de su superficie, pasando de 0,29 a apenas 0,16 kilómetros cuadrados. A este ritmo, desaparecerá en menos de cinco años. Lo que para muchos es solo un paisaje pintoresco, para los científicos es una señal de alarma: estamos presenciando en tiempo real la extinción de un glaciar.
La pérdida de Santa Isabel no es solo un drama visual. Estos glaciares actúan como reguladores del ciclo hídrico, liberando agua fría y pura durante los meses secos. Su desaparición amenaza con alterar el equilibrio hídrico de cuencas clave como la del río Otún, que abastece a Pereira, Santa Rosa de Cabal y buena parte del Eje Cafetero. Cuando el hielo se vaya, también lo hará ese aporte silencioso que ha sostenido a millones de personas.
El glaciólogo Jorge Luis Ceballos lo resume con crudeza: “estamos registrando la extinción de un glaciar. Es parte del registro histórico que toda sociedad humana debe hacer”. El cambio climático —con sus veranos más intensos, inviernos erráticos y fenómenos extremos como El Niño— está acelerando un proceso que parecía lejano, pero que hoy se cuenta en años, no en décadas.
Un ecosistema vital que aún resiste
Más allá del glaciar moribundo, el complejo de páramo Los Nevados —que se extiende por cuatro departamentos y 17 municipios— sigue siendo un bastión de vida. Abarca más de 133.000 hectáreas de páramo, superpáramo y bosque de niebla, formando una gigantesca esponja natural que captura agua de la atmósfera y la libera lentamente hacia los ríos andinos. Se estima que cerca del 70% de la población andina de Colombia depende de ecosistemas como este para el suministro de agua.
Los Nevados son también un santuario de biodiversidad. Aquí sobreviven especies emblemáticas y amenazadas como el oso andino, el puma, la danta de montaña y el cóndor de los Andes. La reciente reaparición de osos con crías y de dantas en cámaras trampa ha sido celebrada como una señal esperanzadora: cuando se reduce la presión humana, la naturaleza responde.
El Parque Nacional Natural Los Nevados, creado en 1973 con 38.000 hectáreas, hoy protege más de 61.000. Sin embargo, la conservación no se limita a los linderos del parque. La Ley 1930 de 2018 obliga a gestionar los páramos de manera conjunta, y por eso las corporaciones ambientales de Risaralda (Cárder), Caldas (Corpocaldas), Quindío (CRQ) y Tolima (Cortolima) trabajan de la mano con Parques Nacionales bajo una secretaría técnica común. Una sentencia judicial de 2020, además, declaró al Parque Los Nevados como “sujeto de derechos”, obligando al Estado a garantizar su protección y restauración.
Este entramado institucional busca hacer frente a amenazas persistentes: la expansión agropecuaria, el turismo desordenado y la basura dejada por visitantes que no comprenden la fragilidad de este territorio sagrado. Como señala la Cárder, “proteger Los Nevados es garantizar agua, biodiversidad y memoria para las generaciones futuras”.
Reconversión: devolverle el páramo a la naturaleza
Una de las acciones más contundentes ha ocurrido en Santa Rosa de Cabal, donde la Cárder lidera un proceso de reconversión ganadera. Durante décadas, el páramo fue invadido por potreros y vacas que compactaron el suelo y degradaron los nacimientos de agua. Hoy, esa historia está cambiando: de las 4.449 hectáreas con presencia ganadera, solo 644 siguen en pastoreo. De 35 predios, apenas cuatro continúan habitados y uno más está en proceso de compra para su liberación definitiva.
El plan no es solo retirar el ganado, sino restaurar el ecosistema. En alianza con la universidad UNISARC, se implementa un modelo para recuperar suelos degradados mediante la siembra de especies nativas —frailejones, romero de páramo, chusques— y el cercado de áreas sensibles para permitir la regeneración natural. Un proyecto piloto, en cooperación con Parques Nacionales, el Instituto Humboldt y WCS Colombia, ya ha logrado restaurar 258 hectáreas y sembrar más de 9.000 plántulas con una tasa de supervivencia superior al 90%.
El paisaje comienza a transformarse: donde antes había pastizales erosionados, ahora brotan arbustos de páramo y vuelven los insectos, las aves y los mamíferos. Es un proceso lento, pero vital para recuperar la funcionalidad ecológica de estos suelos que actúan como gigantescas esponjas, almacenando agua en tiempos de lluvia y liberándola en las sequías.
Voluntad política
Desde la Gobernación de Risaralda se anunció recientemente una inversión de 5.000 millones de pesos para comprar nuevos predios en la zona de amortiguación del parque. Estas adquisiciones buscan crear corredores ecológicos y proteger nacimientos de agua que abastecen a poblaciones enteras. No es un esfuerzo aislado: el 47% del territorio de Risaralda ya cuenta con alguna figura de protección ambiental, un porcentaje que coloca al departamento entre los líderes del país en materia de conservación.
Sin embargo, los retos siguen siendo enormes. La protección del páramo no puede depender solo de decretos o compras de tierra: requiere vigilancia constante, financiamiento sostenido y, sobre todo, la participación activa de las comunidades locales. Sin campesinos y empresarios comprometidos con transformar sus prácticas, cualquier plan quedará en el papel. “La conservación es también un asunto de cultura y de memoria”, recuerdan desde la Cárder.



