Sin embargo, empezaron a pasar los meses y antes de haber avances en cada uno de estos temas, los problemas se siguieron agravando y nada salía bien.
Hoy termina un año especialmente complejo y de muy pobres resultados para el país tanto en lo económico, como en lo político, en lo internacional, en el empleo, en la tranquilidad, en el avance de la anhelada paz, en los anunciados programas sociales, en las relaciones entre las distintas ramas del poder público y en la lucha contra la corrupción.
Fue una calenda que se inició con expectativas por las medidas que el Gobierno pudiera tomar para reactivar la economía, para la generación de empleo, para la reducción de la inflación, para el crecimiento de las exportaciones, para la formalización del trabajo, para consolidar la llamada paz total, para la normalización de las relaciones con los Estados Unidos, para cumpllir las promesas de campaña hasta entonces en deuda y para enfrentar la creciente corrupción que agobia al país.
Sin embargo, empezaron a pasar los meses y antes de haber avances en cada uno de estos temas, los problemas se siguieron agravando, el sector productivo crecía sus cifras en rojo, las negociaciones con los grupos armados lejos de mejorar retrocedían, las reformas propuestas no avanzaban en el Congreso, la situación fiscal empeoraba, la corrupción iba mostrando sus temibles efectos y las relaciones con el norte cada día eran más tirantes.
Todo esto con el ingrediente adicional que en la medida en que corría el tiempo, crecía también la soberbia del presidente, se intensificaban sus amenazas de sacar el pueblo a la calle y acabar con todo si alguien se atrevía a llevarle la contraria o el Congreso no le aprobaba sus funestas reformas, se empeñaba en respaldar a los funcionarios corruptos y se dedicaba en descalificar las Altas Cortes, la Registraduría, la Procuraduría, la Fiscalía y el Congreso.
Nada es rescatable al cierre del año. La economía termina creciendo a un ritmo que no permite su reactivación, el empleo no creció, la inflación bajó un poco pero producto no del esfuerzo del Gobierno sino de la pérdida de ingreso de los hogares, la salud nunca había estado peor, la ejecución presupuestal es lamentable, las negociaciones de paz son el más absoluto fracaso, la corrupción es galopante, el hueco fiscal es cada vez más hondo, la reforma tributaria anterior se esfumó, la inseguridad crece todos los días y la confianza del país en el gobierno está en su punto más bajo en muchos años.
En resumen, el 2025 fue un año perdido en prácticamente todo los aspectos, Doce meses en los que el Gobierno no quiso aceptar que va por el camino equivocado, que con el Congreso hay que concertar, que la justicia no es su empleada, que la paz no se hace soltando los narcotraficantes, los asesinos y los más grandes delincuentes; que la reactivación hay que buscarla de la mano de los empresarios, que el empleo no lo van a generar los sindicatos y que la paz no se consigue entregando el país y las instituciones a los grupos armados.
